QUINTA SEMANA. DÍA 30. DOMINGO. Joaquín y la fiesta de Tomás.
Esta quinta semana comienza con
numerosos quehaceres…
Mi madre me llamó ayer bastante
alterada. Al parecer, ha habido problemas en la residencia donde los tíos
Benito y Úrsula viven, ha habido varios contagios, uno de los primeros el tío
y, más tarde, lógicamente, la tía Úrsula. No pude entender muy bien lo que me
contó mamá, pero al parecer Jorge le había dicho que en apenas dos días su
padre pasó de estar levemente enfermo a fallecer y su madre… No sabían dónde
estaba su madre, supuestamente la habían sacado de la residencia y la habían
llevado al hospital, pero había tantos enfermos y había habido tantos traslados
que no tenían claro dónde estaba cada uno. Ni siquiera sabían dónde estaba el
cuerpo de Benito…
La situación me parecía dantesca
y bastante surrealista. No podía ser… No podía ser que el tío Benito, tan sano,
tan alegre, tan fuerte, hubiera sido vencido en apenas dos días por esta
maldita enfermedad que, hasta ahora, parecía algo ajeno a mi familia. No podía
ser que no supiéramos dónde estaba tía Úrsula, que no pudiéramos conocer su
estado, que no pudiéramos estar informados de si estaba bien, estaba mal… Mi
madre me atosigó a preguntas que, obviamente, no podían ser respondidas por mí
y que, seguramente, llevaban rondando por su cabeza desde que la llamó Jorge.
“¿Qué será de Úrsula?” “¿Dónde estará Benito?” “¿Cómo se prepara un entierro de
una persona que no sabes dónde está?” “¿Quién podrá acompañarlo estos últimos
momentos…?”
Intenté tranquilizarla como pude,
prometiendo hacer todo lo que estuviera en mi mano para ayudar a aquella
familia que yo consideraba parte de la mía.
Los hijos de Úrsula y de Benito
se habían criado con nosotros. Mi madre, con mi hermana y conmigo tuvo más que
de sobra, pero Úrsula deseaba una familia numerosa y así la tuvo… Por el
trabajo de mi padre, nuestra propia familia no vivía cerca de nosotros y
aquellos cinco y nosotros dos nos convertimos en primos sin darle mayor
importancia: nuestros padres se querían como hermanos, ergo eran nuestros tíos.
De ahí, a nuestra propia relación, no había mucho que pensar, ¿no?
Según colgué, busqué a Lola, que
estaba con los niños. Le indiqué que viniera un momento y dejara a los niños
jugando en el cuarto. Cuando le conté lo que mi madre acababa de explicarme, me
abrazó con ternura. Sabía que aquellas personas eran muy importantes para mí y,
como siempre, el dolor que Jorge había pasado a mi madre y mi madre, aún sin
quererlo, me había pasado a mí, fue a parar a mi mujer, aliviando un poco la
carga de mis hombros.
-
Voy a llamar a mi hermana de inmediato. – Me dijo.
Y yo, me dejé cuidar.
Mi cuñada Feli (de Felicidad, mi
mujer dice que estaba claro quién era la favorita, a ella la llamaron Dolores y
a su hermana Felicidad…) trabajaba de auxiliar de enfermería en un hospital de
la ciudad y su marido era enfermero en una residencia. No era la residencia de
Úrsula y Benito, pero tal vez entre sus contactos pudieran ayudarnos. Una vez
hecha la llamada, sólo nos quedaba esperar que de verdad funcionara esto de la
red de ayuda y que pronto pudiéramos tener noticias, aunque en el fondo yo no
sabía si sería mejor tenerlas o no, porque visto lo visto, cada vez temía más
que lo siguiente que fuéramos a saber de Úrsula fuera que ya no volveríamos a
verla.
Lola me dio tregua aquella mañana
y me dejó a solas a pesar de ser domingo. Se encargó de entretener a los niños,
de hacer la comida y de poner la mesa. Sin embargo, después de comer tuve que
dejar de lamerme las heridas: mi propia familia me reclamaba.
Jugué un rato con Tomás a la
consola y ayudé a Diana a colorear un cuento. Tras la merienda, me encerré en
la cocina para preparar la tarta de Tomás. Mañana es el cumpleaños de mi
pequeño y, dado que a mi mujer la repostería es algo que la pone de los
nervios, hace una semana me comprometí a ser yo el encargado de la tarta y
dejar que ella se encargada de los adornos y demás manualidades caseras para
hacer de este cumpleaños en casa algo igualmente especial.
Terminé la tarta, fondant con
adornos incluidos, y la guardé en la nevera, arriba para que Tomás no la viera
hasta el día siguiente. No le habíamos dicho nada de la fiesta que estábamos
organizando, sólo que este año no podría hacer una fiesta con sus amigos como
habíamos planeado y que tendríamos que merendar juntos en casa como única
celebración; el pobre se había conformado y nos dijo que si había tarta y
regalitos se conformaba; por suerte, su madre y yo teníamos un as en la manga y
habíamos conseguido que sus tíos y primos le grabaran un emotivo vídeo; su
madre había hecho adornos para vestir un castillo entero y pensábamos poner
música a tope para que Tomás disfrutara de su día como si no pasara nada fuera
de casa.
Su madre había pedido los regalos
que le faltaban por Internet y, por lo que había hablado con mi hermana, a casa
llegarían mañana también regalos de su parte y de parte de la abuela.
Sería un día especial y no
pensaba empañarlo. Como padre que era, guardaría mis preocupaciones para que mi
hijo pudiera ser feliz en su día. Después… después ya veríamos…
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