DÍA 29. SÁBADO. Encarnación recibe malas noticias
Estaba revisando el pedido que
hice a Amazon el otro día para mi nieto Tomás, previa clase de cómo hacerlo por
parte de mi hija Isa, cuando sonó el teléfono. Al mirar el número, me extrañó;
era Jorge, uno de los hijos de Úrsula.
La verdad es que no había vuelto
a hablar con ella desde hacía un par de semanas. Ella no había llamado y yo,
las tres veces que intenté contactarla a través del teléfono de la residencia
(el suyo personal no me lo cogía), tampoco conseguí que nadie respondiera a mi
llamada. Sabía que la situación en las residencias estaba bastante complicada,
pero la residencia donde se habían ido mis amigos se supone que era una “buena”
residencia, que, como bien decía siempre Úrsula: “mis cuartos me está
costando…” Realmente, no le había dado mucha importancia, muchas veces Úrsula
dejaba su móvil sin batería por ahí abandonado y ahora seguro que todo el mundo
estaba llamando a las residencias para ver qué tal estaba la cosa y entendía la
saturación del personal como para encima atender las llamadas.
Sin embargo, la llamada de Jorge
me alivió antes de cogerla: seguro que había hablado con su madre y ella le
había comentado que hacía tiempo que no sabía de mí y le pedía que me aclarara
que todo estaba bien.
-
¿Sí? – Contesté.
-
¿Tía Encarni?
Los hijos de Úrsula, al igual que
los míos a ellos, habían desarrollado la curiosa manía de llamarnos tíos, tanto
a mi marido como a mí. Entre ellos también se llamaban primos. Decían que
éramos parte de la familia porque nos queríamos como tales y, de alguna manera,
jamás tuvimos argumentos para quitarles la razón. La amistad entre nosotros era
tan fuerte que, de alguna manera, sí, nuestros corazones habían decidido que
éramos familia y ponerle un título sólo era reafirmar un sentimiento que ya
teníamos.
-
Hijo, ¿qué tal? ¿Cómo va todo por allí?
-
Bien, tía, bien. Y tú, ¿qué tal? Hablé con la
prima Isa el otro día y me dijo que no estabas con ellos.
-
No, ¡ni loca! – Sonreí. Sólo de imaginarme
metida en una casa que no es mía, con una familia que, a pesar de ser ella mi
hija, no es la mía realmente, y con esos tres diablillos de Isabel, en especial
los gemelos, correteando todo el día por ahí, el silencio de mi casa se me
antoja una bendición.
-
Siempre has sido muy independiente, como mi
madre… - De repente, me doy cuenta de que en su tono de voz algo no va del todo
bien.
-
Jorge… ¿están las cosas bien?
-
Sí, mi mujer y mis niños bien. Te llamo por mis
padres…
-
La verdad es que hace varios días que no soy
capaz de dar con ellos, a saber qué ha hecho tu madre con el móvil…
-
Esta vez no ha sido culpa suya…
Y, por primera vez en toda la
llamada, me doy cuenta de lo extraño de la situación. Porque, a pesar de
nuestra relación “familiar”, Jorge nunca me había llamado a mí directamente, su
relación es especialmente estrecha con mi Isa, por ser de la misma edad, y es
con ella con la que mantiene el contacto a menudo. Porque Úrsula y su marido
están en una residencia de esas que salen en las noticias con tantos
infectados; porque no me cogen el teléfono, porque no sé nada de ellos y, es
justo en ese momento, que mi positividad da paso a la realidad y me temo lo
peor.
-
Jorge, ¿qué ha pasado?
-
No lo sé, tía, no lo sé. Cuando conseguí dar
con la residencia el otro día me dijeron que mi padre había tenido fiebre y
algo de tos pero que todo estaba bien; pero dos días después, al llamarme, ya
nada estaba bien, tita…
-
¿Qué le pasa a tu padre?
No contesta inmediatamente. Noto
cómo se derrumba a través del teléfono.
-
A mi padre ya no le puede pasar nada, tía…
Se le quiebra la voz y yo, en esa
frase, lo entiendo todo. La realidad me golpea de nuevo duramente, sin
anestesia, sin tiempo para prepararme. Pero pienso en Jorge, pienso en cómo se
siente él y decido, como el día que murió mi marido, sacar fuerzas por él, por
su hijo, ser yo la que se mantenga firme por si necesita algo a lo que
aferrarse, aunque sea en la distancia, aunque no pueda darle un abrazo…
-
Jorge… lo siento…
-
Lo sé, tita, lo sé…
-
Y… ¿tu madre?
-
Eso es lo peor. El día que me dijeron que mi
padre tenía “tos”; pero nada grave, mi madre estaba bien, de hecho, pude hablar
con ella un poco; estaba nerviosa, preocupada por mi padre, pero poco más. Pero
cuando conseguí de nuevo contactar con la residencia, me dijeron que habían
tenido que ingresar a los dos en el hospital, aunque yo creo a mi padre ya se
lo llevaron medio muerto, porque al día siguiente ya…
-
¿Sabes en qué hospital está?
-
En la residencia no han sabido decirme bien
nada, tienen un lío enorme, un montón de casos, están desbordados y no hay
información, tita. No sé ni dónde está ahora mismo el cuerpo de mi padre, ni si
podremos enterrarle, ni nada. Es que… ¡no sé qué hacer!
Entendí su rabia, su impotencia y
su frustración. Su padre había fallecido de un día para otro y su madre estaba
sola pasando el duelo enferma en un hospital a saber dónde. No podían
visitarla, ni siquiera sabían bien dónde dirigirse para saber de ella. Y, con
el cuerpo aún caliente del gran amigo de mi marido, ni siquiera tenían claro si
podrían darle un último adiós…
-
Jorge, hijo… Tú ahora dedícate a tu duelo. Voy a
llamar a Joaquín, que vive allí en la capital a ver si él tiene algún conocido
que pueda ayudarnos a saber más de tu madre, ¿vale? Yo me encargo, cariño, no
te preocupes…
-
He llamado a Juani y a Luis, que ya sabes que
viven también allí, pero ellos tampoco han conseguido nada, y eso que se han
acercado incluso a la puerta de la residencia, a riesgo de que les pusieran una
multa, a ver si in situ les atendían pero nada, allí al parecer lo único que
había era un lío enorme, hasta los militares estaban allí para echar una mano
pero no podían darles información porque no la tenían…
-
Vale, si mi Joaquín puede ayudarnos te llamo con
lo que sea, ¿de acuerdo?
-
Sí, tita, es que… No sabía a quién más llamar y
creía que debías saberlo.
-
Has hecho bien, mi vida.
-
No me puedo creer que esté pasando nada de esto.
No me lo puedo creer…
Cuando colgué, me di cuenta de
que, en el fondo, yo tampoco podía creérmelo. De alguna manera, en mi cabeza no
entraba que Benito hubiera fallecido, que mi loca Úrsula estuviera ingresada en
un hospital, que mis dos amigos de siempre ya no fueran a verse nunca más, que
Úrsula estuviera sola pasando por aquel dolor, que ni siquiera supiera si ella
estaba bien como para sufrir por ello o si también la perdería a ella…
No fue hasta la noche, al
acostarme, cuando mi mente quiso abrirse a todo lo ocurrido y, al bajar las
defensas, lloré, lloré de nuevo por haber perdido a un ser querido, pidiéndole
a mi marido que le hiciera un hueco en el cielo a su mejor amigo, que pronto
estarían juntos allá donde estuvieran…
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