DÍA 28. VIERNES. Diana y la ausencia de su madre
Qué curioso. Normalmente, cuando
estamos en nuestra vida “diaria”, las vacaciones pasan volando pero, de alguna
manera, suelo ser consciente del devenir de los días pero ahora… No sé, estamos
a viernes, es decir, la Semana Santa está terminando ya y, de alguna manera, se
ha pasado sin que me dé cuenta, sin pena ni gloria, como suele decir mi madre.
Mi madre…
Sí, supongo que sí que ha
ocurrido algo diferente esta semana y ha sido la marcha de casa de mi madre. El
miércoles por la noche se sentó conmigo en el salón y me dijo que, cuando al
día siguiente saliera a trabajar, ya no volvería a casa al terminar su turno.
Que se iba a quedar en un hotel que habían puesto a disposición de los
sanitarios para evitar traer el virus a casa. Que tenía que portarme bien y
encargarme de papá (seguro que a papá le dijo lo mismo sobre mí, la cuestión es
tenernos entretenidos y no preocupados por ella).
No puedo decir que su decisión me
gustara. Siempre he tenido un vínculo especial con mi madre y, aunque estos
días, he ido estrechando lazos con mi padre y he comenzado a contarle muchas
más cosas de las que jamás pensé pudiera hablarle a él, sigue sin ser lo mismo.
Mi madre nunca ha sido una madre
– colega como algunos de mis amigos tienen. No se hace la guay, ni pretende ser
más joven de lo que es, ni finge que podemos tratarnos como iguales. Es mi
madre y realmente eso es lo que necesito que sea ella. Es una persona que me va
a escuchar, diga lo que diga, que me va a aconsejar, me guste o no lo que me
aconseje, y que va a buscar siempre lo mejor para mí, aunque yo en ocasiones no
comparta lo que ella decida o no crea que lo que ella dice es lo que me
conviene en ese momento a mí. También es una persona que me cuida y me defiende
siempre, lo cual no quiere decir que me dé la razón en todos los conflictos de
mi vida; al contrario, si me tiene que criticar lo hace, pero lo hace siempre
con cariño, con amor, con el fin de que yo mejore como persona y no para
hundirme ni hacerme daño.
Estos días, a pesar de su
cansancio, de su tristeza, de todo el dolor que veo que vive día a día en el
hospital y que no consigue quitarse con el agua de la ducha; siempre ha sacado
un ratito para charlar conmigo, para compartir sus momentos más duros y para
darme tiempo a que yo le contara alguna cosa que me pareciera importante.
Ahora, ese tiempo ya no va a existir…
Sí, ha dicho que nos llamará cada
día y, de hecho, estas dos primeras noches hemos cenado “juntos”; ella en su
habitación de hotel y nosotros en el salón, unidos a través de la pantalla del
ordenador y manteniendo, de alguna manera, nuestras conversaciones habituales a
la hora de la cena. Pero no es lo mismo. Nunca seré capaz de decirlo en voz
alta, pero ese beso de buenas noches, ese abrazo cuando salía de la ducha, como
ella decía, ya “limpia”, refiriéndose más a un tema vírico que a limpieza
corporal en sí; para mí eran muy importantes.
Mamá y yo tampoco solemos
decirnos que nos queremos, pero nos lo transmitimos cada día de diferentes
maneras. Y ahora, a través de una pantalla, se me hace bastante complicado.
Papá habló conmigo del tema esta
tarde, primer día después de la marcha de mamá. Quiso saber si estaba bien y
cómo lo llevaba. En sus ojos vi que toda la pena que pudiera darme a mí no era
nada comparado con cómo se sentía él. Papá es una persona sensible y cariñosa,
aunque no todo el mundo sea capaz de verlo. No es una persona que muestre sus
sentimientos en público, pero en su intimidad siempre nos ha demostrado, a mamá
y a mí, sin palabras concretas, que somos toda su vida.
Sé que para él la ausencia de
mamá es algo duro. Ya le costó asimilar que mamá volviera a la primera línea de
batalla y saberla allí sin poder abrazarla luego cada noche, sé que se le
antoja algo insoportable. A veces, alguna noche, cuando se supone que yo ya me
había acostado pero me levantaba para ir al baño, los veía en el sofá, acurrucados,
como si fueran aún novios adolescentes recién enamorados. Otras noches, papá
dormitaba en el sofá mientras mamá terminaba de ver la película, tumbada junto
a él, siendo abrazada como si fuera un peluche de mi padre.
Esos pequeños gestos eran los que
me indicaban que, a pesar de sus discusiones, de sus diferencias y de los años
que ya llevaban juntos, la chispa del amor, esa de la que mi madre siempre me
hablaba cuando compartía con ella mis escarceos amorosos, no se había apagado.
Habrían cambiado los hábitos, se habrían adaptado a las rutinas, habrían
modificado la intensidad, quizás, de algunos sentimientos pero, el amor, la
llama, seguía encendida para ellos.
Y por eso, cuando mi padre me
preguntó cómo estaba le dije que bien, que mamá estaba siendo nuestra heroína
particular y que aunque estaba claro que la íbamos a echar mucho de menos, a
partir de ahora nuestra cuarentena sería ir contando los días que quedaban para
poder volver a darle un abrazo. Mi padre sonrió ante mis palabras y sólo me
dijo: “Creo que has crecido más de la cuenta y yo no me he enterado…”
Así pues, la Semana Santa está
llegando a su fin pero, para nosotros, es sólo una semana más y, desde el
miércoles, un día menos para que mamá vuelva a casa con nosotros. Para que estemos
juntos de nuevo. Para poder volver a abrazarnos como antes hacíamos sin casi
valorar ese gesto…

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