DÍA 27. JUEVES. Raquel pone a salvo a su familia.


Una semana más que pasa de su ecuador y aquí, en las Urgencias, todo sigue igual; pero no puedo quejarme, mis compañeros de las UCI están aún más saturados y ya no sabemos qué hacer para aliviar el dolor de los pacientes, para intentar calmar a los familiares cuando podemos coger el teléfono, que no para de sonar, para acompañar a todos aquellos que, en soledad, se han visto condenados prácticamente a esperar a la muerte.

Dentro de toda esta negrura, empieza a haber también rayos de luz. Personas que desentubamos, personas que son dadas de alta. Algo que parecía casi imposible al comienzo de esta pesadilla, está sucediendo. Hay personas venciendo a esta maldita enfermedad y, aunque aún nos lleva ganada la partida de mano, al menos no somos perdedores absolutos. Estamos plantando cara y estamos logrando resultados.

Lorena es mi ejemplo más cercano y su mejoría, día tras día, me hace pensar que podemos salir de esto, que acabará, que encontraremos el modo de hacer que haya más altas que muertes diarias. Mi joven amiga está viviendo algo que jamás pensé que viviría tan de cerca: ha tenido un bebé sin ser consciente de ello y aún no ha podido tenerla entre sus brazos. Sin embargo, cuando voy a verla y videollamamos a David, ya en casa con la pequeña, su mirada y su sonrisa me hacen ver que ella es feliz, que saber que están bien es suficiente y que esa falta de cercanía no empaña la sensación que tiene de que todo en casa está yendo bien.

No puedo imaginarme cómo habría sido si no me hubieran dado a mi Diana nada más dar a luz. Yo sufrí el parto, no quise siquiera que me pusieran la epidural (ya se sabe, en casa del herrero…), y nada más sentir que la niña abandonaba mi cuerpo algo en mí exigió que me la pusieran encima, aún manchada y sin limpiar. Ese contacto se me antojó imprescindible, de hecho, recuerdo haber extendido los brazos con las escasas fuerzas que me quedaban para hacerme ver. Mi marido siempre me dice que me faltó aire para decir lo que pensaba, que seguramente era: “Dame a mi hija ya.” 
Aquel cuerpo calentito contra el mío, nada más salir de dentro de mí, fue para mí tan necesario como seguir respirando. Había llevado ese pequeño ser conmigo nueve meses y ahora necesitaba algo de tiempo para asumir que ya no formaba parte de mi cuerpo, por lo que poder tenerla entre mis brazos fue una especie de transición necesaria para que no me sintiera vacía.

Lorena, sin embargo, no ha podido vivir nada de eso, pero parece tranquilamente feliz. Haber estado tan enferma, haber tenido tanto miedo, creo que ha hecho que valore todas esas cosas que, a lo largo de nuestra rutina, no valoramos lo más mínimo porque lo damos por hecho.
Su fuerza me ha hecho pensar y esta semana he tomado una decisión algo drástica pero a la que venía dando vuelta varios días.

Todos los días voy al hospital y me expongo al virus. Es más, todos los días salen en las noticias casos de sanitarios infectados y, por desgracia, para que en España es donde más estamos cayendo. No me extraña; no sé cómo lo estarán haciendo en otros países, pero aquí hemos llegado a compartir mascarilla en un momento determinado y a reutilizar EPI, algo totalmente desaconsejado, pero antes que ir sin nada…

Nos falta material, nos faltan medios pero, aún así, no podemos dejar a los pacientes morir en el suelo, así que hacemos de tripas corazón y, con lo que podemos ponernos por encima (he visto compañeros hasta con bolsas de basura industriales colocadas a modo de bata). He sido consciente del riesgo desde el primer día y es verdad que me quito la ropa en el hospital, me ducho allí, me cambio y procuro entrar los más “limpia” posible en mi coche.

Aún así, desde que comenzó todo esto, no dejo que mi marido ni mi hija se acerquen a mí cuando llego, me quito los zapatos, voy a la ducha, meto la ropa en una bolsa que lavo aparte de su ropa y hasta que no estoy cambiada con algo que no ha salido de casa, no dejo que se acerquen a mí.

El Gobierno abrirá 370 hoteles y balnearios para el alojamiento de militares, sanitarios y transportistasPese a todo, cada día he tenido el mismo miedo. Haberme contagiado. Contagiarlos a ellos. Por eso, este lunes, tomando como ejemplo a mi joven amiga Lorena, decidí dejar de exponerlos. Aquí en Barcelona, hace unos días han abierto algunos hoteles para alojar a los médicos, enfermeros y resto de personal sanitario que así lo necesitara y no dudé en solicitar una plaza para mí. Ayer me confirmaron el hotel y habitación que me habían asignado, así que cuando hoy he ido a trabajar, he llevado una maleta con lo básico y me he despedido de mi familia.

Manu no se tomó muy bien la noticia. Le comenté la idea cuando supe lo de los hoteles y me dijo una y mil veces que prefería correr el riesgo y verme cada día que saberme sola en un hotel después de un duro día de trabajo como los que estábamos teniendo. Pero yo no lo prefería. Yo ya llevaba varios días intranquila, pensando que estaba poniendo en riesgo a mi familia y necesitaba saber que estaba haciendo todo lo que estuviera en mi mano por tenerlos a salvo del horror que vivía cada día en el hospital.

Al final, conseguí que entrara en razón, aunque siempre refunfuñando. Él sabía igual que yo que le echaría de menos incluso más que él a mí. Sabía que le llamaría cada día para saber de ellos y para desahogarme de mis penas hospitalarias, como hacía al volver a casa y sentarnos a cenar. Sabía que sería duro para mí estar sola y no verles pero al final comprendió que más duro era pensar que podría verles un día en el hospital por mi causa.

A Diana se lo dije ayer mismo. Le pedí que cuidara de papá y que se portara bien y ella, como casi una mujercita que está ya hecha, me dijo que no me preocupara por ellos y que me cuidara mucho, que igual que yo no deseaba contagiarles a ellos, ella lo único que quería es que yo no dejara de estar sana en ningún momento. Prometimos vernos cada día a través del móvil y contarnos las novedades que pudieran ocurrirnos, a mí en mi trabajo y a ella a través de sus miles de conversaciones por redes sociales o Whatsapp con sus amigos y amigas de clase y, sobre todo, le recordé, tenía que contarme qué tal le iba su historia con ese chico que le tenía robado el corazón…

Y así, hoy, al terminar el turno, no he regresado a casa. He llegado a una habitación de hotel impersonal pero bastante apañada, donde me he duchado tranquila, me he puesto el pijama y he cenado con la Tablet en la mesa, mientras hablaba a través de una pantalla con mi familia, totalmente convencida de que estaba haciendo lo correcto, aunque fuera, seguramente, lo más complicado para todos…

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