DÍA 26. MIÉRCOLES. Patricia. Cuando la realidad nos golpea.
Miércoles santo de una semana en
la que, tanto mi marido como yo, hemos podido desconectar de alguna manera del
trabajo que estos días nos atrapaba las veinticuatro horas del día. No es que
hayamos hecho nada especial, supongo que dentro de casa las cosas especiales
acaban por ser limitadas, pero la relajación se ha notado bastante en nuestro
estado mental.
Hemos dedicado más tiempo a
nosotros, a nuestros pequeños vicios e incluso a cocinar pestiños y torrijas,
algo que no habíamos hecho nunca, porque ya mi suegra se encargaba de servirnos
de ellos y que ahora, a falta de pan… No han quedado exactamente igual,
obviamente, pero el dulce estaba bueno también.
Hoy estaba siendo un día más de
vacaciones, que aunque la mayor parte de la gente piense que llevamos de
vacaciones desde que se cerraron los colegios, bien sabemos todos los que
estamos trabajando en casa más horas de las que antes trabajábamos en el centro
y luego en casa (sí, los maestros seguimos trabajando cuando estamos en casa) hasta
que sonó mi teléfono. Miré la pantalla, mi madre.
Hacía varios días que no
hablábamos por teléfono, mi madre y yo solemos hablar por Whatsapp a diario,
aunque sea solo para compartir fotos de tonterías y reírnos de ellas. Lo cogí.
-
¡Hola, mamá!
-
Hola, ¿qué tal, cómo va todo?
Algo en el tono de voz de mi
madre me alertó. No estaba animada y no era propio de ella estar así. Es verdad
que, como todos, este encierro impuesto habría días que lo pasaría mejor y
otros que estaría peor, pero nunca hubiera podido imaginar ese estado de ánimo
tan triste que percibí a través de tan pocas palabras.
-
Por aquí todo bien, como siempre. ¿Pasa algo?
No contestó de inmediato y
aquello fue un sí en toda regla. No podría haber imaginado jamás las noticias
que me aguardaban detrás de aquel silencio.
-
¿Hace cuánto que no llamas a los abuelos?
Su respuesta, una pregunta que
casi no tenía nada que ver con lo que yo había preguntado, me hizo sospechar
aún más. Además, era un tanto extraña. Yo no solía llamar a nadie, la verdad,
mi madre lo sabía. Cunado todo esto comenzó, me recomendó que los llamara para
ver cómo estaba todo. Mis abuelos viven en el Palencia, de donde mi madre es
también, y solemos ir a verlos una o dos veces al año; vivir a más de 700 kms
unos de otros impide que nos veamos más a menudo. Son los únicos abuelos que me
quedan, los paternos ya fallecieron hacía alguno años.
-
Hace tres semanas… - Los llamé la primera semana
de confinamiento, para ver cómo estaban y cómo lo estaban llevando. Me
comentaron que seguían su vida parecida a siempre (la verdad es que tampoco
salían mucho de casa antes de esto) y que sólo habían intentado reducir la
salida a la compra a una vez por semana, ya que mi abuelo tenía la costumbre de
ir a comprar a diario. – Mamá, ¿ha pasado algo?
-
Tus abuelos están en el hospital…
-
¿Cómo?
-
Pues eso… La última vez que hablé con tu abuela
me dijo que el abuelo estaba algo pachucho, con tos y fiebre así que le dije
que llamara inmediatamente al médico y me comentara enseguida qué le habían
dicho. Se llevaron al abuelo al hospital en cuanto sospecharon que podía ser el
virus… La abuela me ha llamado esta mañana y me ha dicho que se siente igual
que se sentía tu abuelo y que iba a llamar al médico también para ver qué
pasaba. Hace un rato me ha llamado un médico al que ella le ha dado mi teléfono
para decirme que están los dos en el hospital, que al ser pareja les han
permitido estar en la misma habitación y que, teniendo en cuenta que el abuelo
ha dado positivo en la prueba, es posible que ella también esté infectada.
-
Pero… ¿están bien?
-
Ya no sé más…
-
Y, ¿no podemos hacer nada?
-
Pues no. No podemos ir allí, ni siquiera tus
tíos que viven allí pueden ir a verlos al hospital, imagínate nosotras desde
aquí. Sólo podemos esperar y esperar que todo salga bien.
-
¿Y tú, cómo estás?
-
Como puedo…
Eran sus padres. No podía ni
quería imaginarme cómo me sentiría yo si mis dos padres estuvieran ingresados
en el hospital y yo no pudiera ir a verlos ni estar con ellos ni nada. Y
encima, con la edad que ellos tenían, las posibilidades de que todo saliera mal
eran tan altas… No, no podía pensar eso, tenía que quedarme con la idea de que
todo iría bien, de que se pondrían bien y este verano, como todos, mi madre y
yo cuadraríamos días para subir a verlos y echar unos días allí con ellos.
-
Seguro que todo sale bien, mamá. – Le dije,
intentando animarla.
-
Esperemos que sí.
-
Y por allí, ¿vosotros qué tal?
-
Bien, hija, aquí estamos bien.
Tras hablar unos minutos más,
intentando animar a mi madre con alguna de mis anécdotas cocineras aunque en mi
mente sólo estuvieran mis abuelos y su situación, colgué. Mi marido, que había
escuchado atentamente mis respuestas, me preguntó qué pasaba. Al contárselo, ya
no pude guardar más mi dolor. La esperanza y felicidad que había fingido con mi
madre para no preocuparla con más cosas me habían abandonado y las lágrimas que
no había querido compartir con ella asolaron mis ojos entre los brazos
protectores de mi marido, que me dejó acurrucarme contra él y me escuchó sin
decir nada, sólo susurrándome que no me preocupara, que seguro que todo salía
bien.
Pero, de alguna manera, algo me
decía que esta vez no todo sería tan sencillo. Hasta entonces, había vivido
esta pandemia como algo casi ajeno a mí. Sí, estaba encerrada en casa; sí,
estaba dando clases a través del ordenador; sí, mi vida se había parado de
alguna manera. Sin embargo, como ya había dicho antes, nada de esto suponía un
gran drama para mí y, simplemente, parecía estar viviendo en un paréntesis algo
surrealista que ya acabaría, pasaría y se recordaría como una anécdota más que
contar en el futuro. Pero… ahora, ya no era una cuestión surrealista, ahora no
era algo ajeno a mí. La enfermedad se había hecho latente en mi vida, había
tocado a los míos y, de alguna manera, sólo así se había hecho real para mí.
Había algo malo en el aire que
estaba matando a gente y ese algo ahora lo padecían mis abuelos. Unas personas
mayores, frágiles, que entraban dentro de ese grupo de riesgo que tantas
muertes representaban en los números que cada día daban en las noticias y que
hasta hoy habían sido para mí tan sólo eso, números, y que ahora se convertían
en almas, personas, historias y familias enteras.
Tenía miedo, estaba triste y
sentía impotencia. No podía hacer nada. No podía veros ni hablar con ellos.
Estaban allí, solos, aunque, por suerte, juntos en una habitación. Me quedé con
eso, al menos podían estar juntos. Seguro que los médicos y enfermeros los
trataban estupendamente. Seguro que estaban bien.
Tenía que pensar eso. No podía
hundirme antes de tiempo. No podía… pero lo sentía así.
Comentarios
Publicar un comentario