DÍA 25. MARTES. Rebeca y su aniversario de bodas...
Martes, siete de abril. Para el
resto del mundo, sólo un día más. Para algunos, un martes que deberían haber
salido de procesión pero que, con esto del virus, solo es el cuarto martes en
casa sin salir. Para mí, es un día agridulce.
Observo la foto que aparece en la
página del álbum que tengo entre las manos. Hace ya varios años, pero no tantos
como para que mi rostro haya envejecido como lo ha hecho. Dieciocho años, un
traje blanco y una sonrisa radiante. Esa era yo a punto de firmar mi sentencia
de muerte, que en aquel entonces me parecía el comienzo de mi cuento de hadas…
Recuerdos asolan mi mente y,
entre eso y mi actual presente, me sumerjo en las páginas del álbum de fotos y
dejo a mi mente volar al pasado…
Tras aquella primera vez, nuestra
relación se asentó definitivamente. Yo me creía la chica más afortunada del
mundo; salía con un chico mayor que estaba colado por mí y que me trataba como
a una reina. Sí, porque así era él en aquel entonces: estaba pendiente de mí a
todas horas, me llamaba, me escribía y, cuando quedábamos, siempre estaba
pegado a mí. Para mí, tan poco acostumbrada a ciertas muestras de cariño,
aquello era un mundo. Un mundo que me atrapó y no me dejó entrever las señales…
Aquella primera vez que me
comentó, distraídamente, que la falda era demasiado corta y que había
demasiados chicos mirándome. Quise enfadarme, pero su explicación acerca de que
era peligroso, de que se preocupaba de que pensaran cosas que no eran y su
intento de tranquilizarme diciéndome que mientras él estuviera conmigo no
importaba porque le partiría la cara a quién quisiera hacerme daño. No volví a
ponerme aquella falda ni ninguna de esa longitud. No quería que se peleara por
mí y él lo sabía.
Aquella primera noche que me
pidió salir a solas, para intimar algo más. Los siguientes fines de semana que
me confesaba que se lo pasaba genial sólo conmigo y que no necesitaba nada más,
preguntándome si yo necesitaba a alguien más sin dejarme opción a decir que sí,
que empezaba a echar de menos las salidas con mis amigas, que estar con él era
estupendo pero que también quería un poco de mi vida de antes, la que había
empezado a vislumbrar antes de conocerle y que, de repente, se había acabado
casi sin que yo pudiera elegirlo.
El maquillaje que había comenzado
a usar hacía poco con tanta ilusión y que dejé de echarme, porque según él, no
me hacía falta, yo estaba más guapa al natural y así, además, evitaba otras
miradas indiscretas como con las faldas…
Y así, poco a poco, paso a paso,
me fui dejando arrastrar de su mano por la senda de su amor y fui soltando todo
el lastre que me hacía complicado seguirle. Mis amigas, a los cuatro meses de
no verme, dejaron de llamarme y de insistir para que saliera con ellas.
Seguíamos viéndonos en el instituto, pero también eso acabaría cuando, al año
siguiente, cada una tomara caminos diferentes en sus estudios. No me di cuenta
y no le di demasiada importancia, pero me fui quedando sola. Sus besos, sus
caricias, sus palabras… acallaban todos mis miedos cuando algún atisbo de
cordura amenazaba mi mente adolescente.
Estaba totalmente enamorada de él
y mi vida a su lado, una vez se limaron todas las asperezas (es decir, una vez
me moldeó a su antojo sin que yo siquiera lo sospechara), era fantástica.
Luego, me pidió matrimonio, dejé atrás a mi familia, mi ciudad, mi vida… Y, de
nuevo, le perseguí pensando que iba de su mano, a su lado, cuando siempre,
siempre, iba detrás.
Observo las fotos de aquel día.
Tan joven, tan guapa, tan llena de ilusiones… Él también estaba mejor que
ahora, con una sonrisa más sincera, con una calidez en su mirada aún real, En
la última foto del álbum, antes de cerrarlo, estábamos los dos. Yo le miraba a
él, embobada. Él miraba a la cámara, seguro de sí, independiente, marcando,
desde ese momento, quién sería, para siempre, la sumisa en aquella relación.
Cierro el álbum y lo guardo, justo
en el instante en que se abre la puerta del cuarto y entra él. Me mira y en su
mirada ya sólo queda desprecio y asco. No sé por qué sigue conmigo. Yo sigo con
él porque no tengo otra opción, pero ¿y él? Si tanto me odia, ¿por qué seguir
manteniéndome? Quizás solo necesita una mujer en casa que le haga la comida,
que le limpie la ropa y que sea un polvo seguro cuando el resto de sus opciones
fallen.
Sí, sé que ha estado con otras
mujeres, mujeres con las que ligó en un bar o mujeres a las que pagó por sexo,
qué más da. Las primeras veces me dolieron pero luego, simplemente, comenzó a
darme igual. Y, a día de hoy, sus relaciones fuera de mi cama eran la ausencia
de ellas dentro, por lo que, para mí, eran un alivio.
Ahora, con las salidas
restringidas, el animal en busca de sexo vuelve a buscarme cuando se le
despierta el instinto, tal y como ocurre ahora, y yo, tan sólo, me dejo llevar,
recordando, esta vez, aquella noche de bodas de un siete de abril como hoy,
cuando aún parecía haber amor, cuando aún había esperanzas, cuando yo aún era
feliz…

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