DÍA 24. LUNES. David vuelve a casa con su bebé.


Hace dos semanas que mi pequeña nació y hoy, al fin, me la voy a llevar a casa.

Para muchos, los lunes no son el mejor día de la semana pero, para mí, hoy es el mejor día desde hace muchísimas semanas… Mi pequeña se va a venir conmigo a casa. Ya llevaban unos días comentándome que, si todo iba bien, este día llegaría pronto y… aquí está.

Voy a tener un bebé y yo con estos pelos! – Lo Que No Cuentan ...Casi no me lo puedo creer. Antes de ir al hospital, he tenido que acordarme de coger todo lo necesario, sobre todo la sillita para el coche y la ropita que mi Lorena tan cuidadosamente había preparado, cuando aún soñábamos que iríamos los dos al hospital, que la acompañaría durante el parto, que ambos la podríamos vestir antes de cogerla para traérnosla a casa por primera vez…

Ahora, todo es diferente. Sin embargo, gracias a Raquel y al gran esfuerzo que está haciendo, las cosas son algo más sencillas de lo que podrían ser. Desde aquel primer día que mi mujer conoció a su hija, Raquel hace todos los días un esfuerzo para poder pasarse por la habitación de mi mujer y hacerme una videollamada, de modo que, al menos, durante cinco minutos, madre e hija puedan verse y sentirse unidas. Veo a Lorena mejorar cada día, y eso también me da muchos ánimos. Hoy voy a llevarme a mi hija del hospital pero espero que, no dentro de mucho, tenga que volver para recoger a la mujer que ha hecho posible que ella esté aquí.

Nervioso, he llegado al hospital, me he cargado al hombro la bolsa de tela con la ropita y me he dirigido, casi sin pensar, al lugar donde he pasado la gran parte de las horas del día de las últimas semanas. Allí, ya estaba la doctora que me atendió el primer día, sonriente. Mi niña ha ido liberándose de los tubos y de las ayudas vitales día tras día y hoy ya solo era un bebé más en el nido.

La he cogido en brazos emocionado, bajo la atenta mirada de la doctora. Al indicarle que traía ropa para ponerle, ella me ha sonreído y me ha indicado dónde podía cambiarla.

La verdad es que ha sido toda una odisea. Hasta ahora, me había limitado a tenerla en brazos, darle el biberón que me facilitaban y… poco más. Ahora, la tenía toda para mí tumbadita en el cambiador y casi no me atrevía a tocarla. Esto en las películas parecía muy fácil pero ahora tenía ante mí a un pequeño ser diminuto que era parte de mí y que tanto esfuerzo había costado sacar adelante y me daba miedo hacerle daño…

Por suerte para mí, la doctora se acercó por detrás y me preguntó si necesitaba ayuda. Apurado, le sonreí y ella me dijo que no era el primer padre primerizo con miedo a romper a su bebé. No hizo nada, sólo me indicó por dónde empezar y me fue tranquilizando cada vez que yo me bloqueaba al pensar que si doblaba más de la cuenta las rodillas o los codos podría pasar algo terrible. Cuando terminé, me felicitó y me dijo que lo había hecho genial. “Ya verás, cuando le cambies dos o tres veces de pañales, todo será pan comido. Vas a cuidarla muy bien.” Entonces, se fue a atender a otro paciente, dejándome solo en la pequeña estancia.

La verdad es que no había pensado en eso, al menos, no del todo. Hasta ahora, la niña estaba cuidada y yo sólo venía a estar con ella. Ahora me la iba a llevar a casa y Lorena no iba a estar allí para ayudarme. La niña iba a ser sólo mía y yo empecé a pensar que quizás no estaba preparado, que quizás no iba a hacer las cosas bien… No es que pensara que el bebé tenía que ser cosa de Lorena pero la verdad es que siempre había pensado que, al ser dos, nos repartiríamos el trabajo y lo que no pudiera hacer uno lo haría el otro. Ahora… aquel bebé que me miraba con su ropita nueva y que me robaba el corazón con cada gesto, iba a depender total y absolutamente de mí y eso… me acojonó.

En ese momento, Raquel apareció y, sin dudarlo, cogió a la pequeña en brazos.

-          ¿Cómo está esta preociosidad? – Dijo, haciéndole carantoñas a mi pequeña. – Te vas a casita hoy, ¿eh? ¡Qué suerte! – Entonces, me miró. - ¿Qué tal, cómo estás?
-          Bien, bien… - Todavía estaba dándole vueltas a todos mis miedos.
-          No lo parece… Uhhh – Dijo, mirando a la niña. – Creo que alguien aquí está algo asustadillo, ¿eh?
-          ¿Eh? No, no…
-          Vamos, David, todavía recuerdo la primera vez que Manu le cambió los pañales a Diana. Creo que pensaba que tenía huesos de cristal… - En ese momento, Raquel me dijo a la niña. Luego, apretó mi hombro. – Sé que estar solo con ella no era lo que planeaste pero… Lo vas a hacer genial. Esto sale solo, aunque no lo parezca. Lo más importante, lo llevas ahí. – Me tocó el corazón.
-          Espero que sí.
-          Ya lo verás.
-          ¿Cómo está Lorena?
-          Aún no he empezad mi turno y no la veré hasta que lo termine y suba. Te llamamos esta tarde, ¿vale? Y así ella ya os ve en casa y seguro que eso le da las fuerzas que necesita para terminar de ponerse bien y poder estar con vosotros…
-          Ojalá…
-          Ya lo verás, David. Todo va a seguir saliendo bien. Lo peor, ya ha pasado.

Asentí.

Unos minutos más tarde, tras firmar algunos papeles y volver a tardar mucho más de lo que esperaba en meter a la niña en el coche, atarle todos los cinturones y asegurarme mil veces de que todo estaba como tenía que estar, conducía de vuelta a casa. Y, esta vez, no lo hacía solo.

Una nueva etapa comenzaba para mí. Para Lorena. Para mi familia.

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