DÍA 22. SÁBADO. Teresa y el día de su boda.
Hoy era el día. He intentado no
pensar en ello más de la cuenta, pero hoy no he podido evitarlo. Hoy, cuatro de
abril, iba a casarme. Tendría que haber dormido en casa de mis padres, haberme
despertado nerviosa, haberme duchado tras el desayuno para esperar a la
peluquera que me peinaría y maquillaría; ponerme el traje… En fin, hoy era el
día y, sin embargo, en medio de esta pandemia mundial, se ha convertido, tan
solo, en un día más.
Salva hoy no trabajaba, no sé
cómo ha conseguido que otro compañero le hiciera el turno y se ha quedado en
casa conmigo. Se ha levantado antes que yo y, cuando he querido abrir los ojos,
una vez superada mi depresión inicial, lo he encontrado frente a la cama,
bandeja en mano, con un rico desayuno sólo para mí. Le he sonreído, hermoso
detalle para un día como hoy.
Crêpes con chocolate, zumo de
naranja y batido de chocolate. No podría ser mejor… O sí, si fuera mi último
desayuno de soltera antes de la gran boda… Pero no, no debo pensar en ello, sé
que Salva ha tenido este detalle conmigo para que me sienta mejor y no pienso
decepcionarle.
Cuando termino de desayunar, me
levanto, dispuesta a olvidar el día en el que estamos. Pero Salva está raro y
no puedo evitar notarlo. Doy por hecho que, a pesar de que a él no le hiciera
la misma ilusión que a mí, también le está afectando la fecha de hoy, así que
intento encontrar una felicidad que no siento en mí para transmitírsela a él.
Lo consigo… durante buena parte de la mañana, al menos.
Cuando, después de
comer, me dispongo a echarme la siesta, Salva se tumba junto a mí, cariñoso, y
terminamos haciendo el amor antes de caer rendidos los dos en la cama.
Un rato más tarde, cuando estoy
cogiendo ya el sueño profundo, noto que sus manos me acarician suavemente.
-
Teresa… - Abro los ojos, y le pregunto con la
mirada si es estrictamente necesario que me levante. – Ya son las cinco. Anda,
levántate, dúchate y… ponte guapa.
Abro los ojos del todo, sin
entender nada.
-
Pero… - Trato de preguntar, mientras me
incorporo, pero estoy cansada y él no me deja terminar.
-
No preguntes. Dúchate y luego sales y te poner
lo que ten haya preparado. Tú sólo hazme caso, ¿sí? – Besa suavemente mis
labios, justo después de dejarme dentro del baño y cerrar la puerta tras de sí.
Le escucho trastear en el armario y, aunque mi curiosidad me pide salir, decido
dejarle hacer y ducharme. Necesito despejarme y relajarme un rato y, a solas,
sin tener que fingir, me meto en el agua caliente y dejo brotar de mis ojos las
lágrimas que he disimulado durante toda la mañana por no hacerle sentir mal a
él.
Cuando salgo del baño, algo más
relajada, encuentro sobre la cama un vestido largo de color marfil que compré
de oferta hace dos años y que no había llegado a estrenar puesto que no se
había dado ocasión para ello. Sobre la mesita que hace las veces de tocados,
encuentro abierto mi estuche de maquillaje y un cepillo del pelo, al lado de la
corona de brillantes que compré para la boda. En el suelo, a los pies del
vestido, la caja de los zapatos de novia.
-
¡Salva…! – Llamo a mi novio, en busca de
explicaciones.
-
No preguntes… - Escucho su voz tras la puerta.
-
Pero…
-
¿Confías en mí? – Me dice entonces, recordándome
a Aladín, cuando le hace la misma pregunta a Yasmín justo antes de hacerla
saltar para huir en el mercado. Sonrío. Sabe que adoro esa película.
-
Sí…
-
Pues eso.
Decido callar y hacerle caso.
Total, no me cuesta nada aunque, una vez me he maquillado y pintado, colocarme
esa corona que guardaba para el día más especial de mi vida y enfundarme los
tacones que pretendían ser el complemento perfecto de un vestido de novio de
princesa idea, hacen que mi corazón vuelva a doler…
Suspiro. Seguro que Salva tiene
algo preparado, siempre fue muy detallista y no dudo que quiere que este día
siga siendo, al menos en parte, especial, así que guardo mi pena y salgo del
cuarto, intentando sonreír. No veo a Salva tras la puerta, así que recorro el
pasillo hasta el salón, no sin percatarme de que hay pétalos de flores en el
suelo. Comienza a sonar música, una hermosa melodía… Entonces, levanto la vista
de las flores y le veo. Ahí está Salva, de pie, en el salón, como esperándome.
Está vestido con el traje que llevó a la boda de mi hermana, aunque se ha
puesto una camisa blanca en lugar de la morada que llevaba entonces. Me sonríe.
Me acerco a él y veo que, sobre
la mesa que tiene delante, hay un ordenador.
-
Salva, ¿qué es…?
-
Cariño… -
Me dice. - ¿Sabes qué día y qué hora es?
Asiento. Son las seis y media del
día en que nos íbamos a casar. A las seis, de hecho, tendríamos que haber
estado en la Iglesia comenzando la ceremonia…
-
Pues… Con media hora de retraso, como es rigor,
has llegado a tu boda…
Entonces, observo la pantalla del
ordenador, y veo que hay varios cuadraditos donde se ve gente. Al acercarme un
poco más (como me he maquillado, no me he puesto las gafas y como no pretendía
nada en concreto, tampoco me he puesto las lentillas y mi visión es relativa),
reconozco a mis padres, a los suyos, a mi hermana y su recién estrenado marido,
a mis cuñados, y a varios de nuestros amigos. Y, en el centro, el único con el
símbolo del micrófono abierto, el cura de mi pueblo, el que me bautizó, amigo
de mi familia desde hace años y, cómo no, la persona a la que le había pedido,
a pesar de estar ya a punto de jubilarse, que oficiara mi boda.
-
Pero… - Voy a hablar, pero Don Pedro, el
párroco, me indica con la cabeza que guarde silencio, y comienza a hablar.
-
Bueno, una vez que tenemos aquí a la novia,
podemos comenzar la ceremonia…
A partir de ahí, todo lo que ha
ocurrido ha sido como un sueño. Don Pedro ha oficiado una ceremonia de boda tal
y como habría hecho de haber seguido el mundo girando. Nuestra familia más
cercana y los amigos más próximos, han estado presentes en la misma, incluso
uno de nuestros amigos ha leído una carta que nos tenía preparada y que, (ha
bromeado), si esperaba al año que viene, lo mismo caducaba. Mi madre y el padre
de Salva hasta han derramado alguna lágrima. Salva y yo nos hemos dado el Sí
Quiero, intercambiando unos anillos de pega que, si bien no son las alianzas
que habíamos comprado para la boda, me han parecido lo más hermoso de este
mundo.
Vale, no ha habido salida de la
Iglesia, ni arroz, ni abrazos por parte de la familia pero… han estado allí, ha
ocurrido, hemos celebrado la boda y hemos estado juntos.
No contento con todo aquello, una
vez nos hemos despedido de Don Pedro agradeciéndole de corazón el esfuerzo,
hemos abierto los micros de todos los que allí había presentes, se ha liado un
jaleo enorme y hemos terminado brindando con lo que teníamos en casa cada uno,
a modo de cierre de la ceremonia. Después, uno por uno, nos han felicitado, nos
han mandado muchos besos y nos hemos despedido. Entre una cosa y otra, eran ya
cerca de las ocho y media.
Salva y yo nos hemos sentado
entonces en el sofá. Le he mirado, sin poderme creer todo lo que había montado
por mí. Porque sí, sé que lo había hecho por mí, él no tenía necesidad de
montar una fiesta de ese modo.
-
Gracias. – Le digo, con los ojos empañados en
lágrimas.
-
A ti. – Me sonríe, abrazándome. – Ya estamos
casados… Faltan los papeles y eso, pero bueno. Algo es algo.
-
Es todo. – Le susurro, besándole.
Y, un beso lleva a otro, por lo
que llegamos a la noche de bodas antes de la cena, que, por cierto, Salva
también había pensado, velas y flores incluidas.
No, hoy no ha sido el día de la
boda que había planeado. Pero, de algún modo, ha sido el día de MI boda.
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