DÍA 21. VIERNES. Diana y las salidas con sus amigos
Una semana más que termina, una
semana más que seguimos en casa. La semana que viene, al menos, nos libramos de
las clases virtuales y de las tareas porque, aunque no vaya a haber
procesiones, ni viajes, ni nada; ¡es Semana Santa! Para muchos, a lo mejor, el
hecho de que hayan cancelado todo sea un motivo para estar triste. Yo no me
considero excesivamente creyente, es verdad que en Semana Santa siempre suelo
salir a ver los pasos y, si puedo, incluso me quedo a ver algún encuentro, pero
es más por la estética, los olores, la gente… que por fe.
Mi madre dice que, realmente, a
la mayor parte de la gente que impide caminar con normalidad por las calles
durante esos días les mueve más la costumbre, el cambiar de aires, el baño de
multitudes… que la fe. Incluso dice que muchos de los que llevan los tronos,
jugándose la salud de su espalda, de sus piernas, de sus pies… luego no vuelven
a pensar en Dios ni en nada parecido el resto del año.
Me parece curioso, cuanto menos,
que una “costumbre” que mueve a tantísima gente, que paraliza las calles de las
ciudades, que cambia, durante unos días, muchos trayectos cotidianos, y que es,
sin duda, religiosa, para muchos haya dejado de tener un verdadero sentido
religioso pero, de alguna manera, supongo que es normal. Si sólo fuera una
fiesta religiosa, hace años que habría dejado de tener tanta fuerza, porque,
desde luego, la fe no es algo que hoy en día parezca mover montañas realmente.
Entre mi grupo de amigos, que ya
habíamos planeado este año ir sin los padres a las procesiones y aprovechar que
los encuentros son bien tarde por la noche para quedarnos a horas que
normalmente no nos dejarían, ninguno de nosotros somos realmente creyentes. Mi
amiga, Susana, sí que cree en Dios y es un poco beatona, conoce las historias
de la Biblia y dice que reza todas las noches desde que hizo la comunión. Sin
embargo, no la he escuchado decir que va a misa ningún domingo ni nada por el
estilo.
El resto de nosotros… Somos una
batiburrillo de creencias o ausencia de ellas. Está Fátima y Yusef son
musulmanes. Él, sigue sin dudar los preceptos de su religión, pero ella dice
que en cuanto se emancipe dejará de seguir al pie de la letra las costumbres de
la fe que le han impuesto sus padres. No está cómoda con muchas de las cosas
que tiene que hacer debido a la religión y prefiere una fe más laxa, más como
la de Susana, dice ella. A veces, Yusef y ella discuten por eso, pero al final
es más importante la amistad que nos une. Estamos Juan, Lidia y yo, que no
creemos en nada ni dejamos de creer. No digo que piense que Dios no existe de
manera tajante, pero tampoco puedo decir que crea que esté por ahí. No sé, es
algo que realmente no me importa demasiado. Fleur, Yolanda, Jorge y Javier, son
ateos, niegan totalmente la existencia de un ser supremo que pueda tener algún
tipo de influencia en nuestras vidas.
Aún así, todos ya teníamos
planeada nuestra semana de vacaciones en torno a las procesiones que íbamos a
ir a ver antes o después de merendar, de cenar o incluso de ir por ahí de
fiesta aprovechando la coyuntura. Por supuesto, nada de eso va a ocurrir ya y,
quizás, es por lo único que lamento estar así.
La verdad es que los echo de
menos. Hablamos todos los días, es lo bueno de tener Whatsapp y otras redes
sociales que nos mantienen en continuo contacto, además de las clases virtuales
con aquellos con los que comparto aula. Susana y yo, incluso, hemos hecho algún
Zoom para vernos y hablar como si hubiéramos podido quedar de manera normal por
la tarde.
Lo que pasa es que cada vez
tenemos menos cosas que contarnos y, con el tiempo, me he dado cuenta de que me
pasa como con mis abuelos, que siempre están hablando del pasado: ella y yo
hablamos más de cosas que nos han pasado que de cosas que nos están pasando
porque… no nos está pasando nada.
Recordamos noches de viernes,
como podría ser la de hoy, en las que quedamos (bueno, decir noche es un poco
irónico, solemos quedar a eso de las siete, siete y media y alargamos la salida
hasta algo más de las diez, aunque estamos trabajando porque nos dejen hasta
las once en las próximas salidas). Solemos dar una vuelta por el paseo marítimo
cuando hace bueno y por el centro si aún estamos en tiempos fríos. Charlamos de
todo y de todos, nos reímos, recordamos anécdotas que nos hayan pasado,
compartimos confidencias. No siempre podemos salir todos, a veces algunos están
castigados, otros se van de fin de semana con sus padres…
Luego, cuando el estómago empieza
a exigir ser protagonista, vamos un Burguer, un McDonalds, un Telepizza o un
Taco´s Bell para comer algo, buscando siempre los menús más baratos, asequibles
a la paga que nos dan nuestros padres para echar todo el fin de semana,
conscientes de que no todos tenemos la misma economía y tratando de ajustarnos
a algo que podamos permitirnos todos (para que luego digan que los adolescentes
somos egoístas…)
No podemos entrar en ningún sitio
a bailar, somos demasiado pequeños incluso para fingir ser mayores de edad, así
que nos limitamos a seguir paseando, escuchando la música que sale de algunos
bares y disfrutando hasta que toca volver a casa.
Como apenas llevamos unos meses
saliendo solos de esta manera, la verdad es que no nos quejamos. Tenemos la
esperanza de que, el año que viene, cuando empecemos 4º de la ESO, muchos ya
vayamos cumpliendo los 16 y seamos “mayores”, podamos empezar a tener acceso a
más sitios. De momento, estas salidas lo son todo para nosotros.
Al fin y al cabo, lo importante
no es el dónde ni y el cuándo. Lo importante es el con quién…
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