DÍA 20. JUEVES. Simba y su vida de perro.
Las cosas por casa siguen
tranquilas. A veces, me aburro un poco de no hacer nada concreto, pero es mejor
aburrirme tumbado al lado de mi dueño que hacerlo solo, como ocurría cuando
ella se iba a trabajar y me dejaba solito en casa.
Estoy acostumbrado a estar solo,
no voy a mentir. Desde que era pequeñito y mi dueña me adoptó, pasaba varias
horas al día solo en casa porque ella tenía que irse a estudiar y, por algún
motivo que desconozco, no podía llevarme conmigo al lugar al que iba. Luego,
cuando terminó de estudiar, comenzó a trabajar y tampoco me podía llevar con
ella, así que… Sí, estoy acostumbrado estar algunas horas solo en casa, pero no
puedo negar que me encanta no estarlo y, de unos días a esta parte, ella sólo
sale a la calle para sacarme y eso es, simplemente, maravilloso. No estoy solo
ni un solo segundo del día y, aunque es verdad que sigo echando en falta algún
paseo largo como los que a veces hacía con mi dueña, que ahora parece tener
prisa por volver a casa cada vez que me saca, podría vivir sin ellos si a
cambio no vuelvo a quedarme solo en casa nunca más.
Tumbadito en el sofá, muchas
veces noto la cabeza de mi dueña sobre mi cuerpo, dándome mimos y cariños.
Otras veces, soy yo el que la busca cuando está durmiendo la siesta o en la
cama, una vez que, eso sí, su pareja se ha marchado y me deja su sitio para mí.
Cuando me aburro demasiado, busco
alguno de los juguetes que ella me ido regalando a lo largo de los años, los
dejo junto a ella y, con suerte, si no está con el ordenador haciendo cosas, lo
coge y juega conmigo un rato. Corro por el pasillo de la casa, peleo por coger
lo que me lanza y me resisto a dárselo, haciendo el juego de lo más interesante
para mí, aunque creo que a ella le crispa un poco tener que ir detrás de mí a
quitarme el juguete de la boca.
Además, ahora tanto ella como su
pareja cocinan todos los días con tiempo y tranquilidad, así que puedo merodear
por la cocina y siempre, siempre, sin excepción, acabo pillando algo, a veces
por voluntad de mi dueña, que deja caer disimuladamente algún trozo de pollo o
zanahoria (¡oh, sí, me encanta la zanahoria!), a veces por pura torpeza de alguno
de ellos. Ella dice que soy una aspiradora y que todo lo trago, pero es que la
su comida está buenísima. No sé por qué no hacen comida de humanos para perros,
me gustaría poder comer todos los días lo mismo que comen ellos. ¡Huele tan
bien!
Algunas tardes, es él quien me
saca a la calle, pero normalmente disfruto de la compañía de mi dueño también
durante los breves paseos que damos. A cierta hora de la tarde, la gente sigue
aplaudiendo y a mí me sigue poniendo muy nervioso, aunque mi dueña sigue cogiéndome
en brazos y mimándome mientras me asoma a la ventana para que vea que todo está
bien. Otros congéneres de mi especie también ladran a esa hora, a ninguno nos
gusta ese sonido de las manos de nuestros humanos chocando entre sí.
Por lo demás, todo sigue
perfectamente bien. Podría seguir viviendo así… para siempre.
Comentarios
Publicar un comentario