DÍA 19. MIÉRCOLES. David. Lorena conoce a su bebé.
Doce días. Doce días desde que
Raquel me dijo que mi pequeña iba a nacer, que la iban a sacar de su madre por
miedo a que ella no resistiera un parto natural, por miedo a que todo se
complicada más de la cuenta, por miedo a… perderlas.
Y aquí estoy, en el hospital,
como cada día desde aquel sábado, observando a mi pequeña a través del cristal.
Pero hoy es diferente. Hoy… La
pequeña va a conocer a su mamá. Raquel me llamó el lunes por la noche y, aunque
me hubiera gustado que ayer mismo pudiéramos realizar la llamada, a ella se le
complicó mucho el día y, finalmente, aplazamos la ansiada cita para hoy.
Tengo el teléfono en la mano, por
eso no he cogido aún a mi bebé, que cada día está mejor. Estos días han sido
una locura, pero positiva. A pesar de que he estado angustiado por la salud de
Lorena, ver a la pequeña crecer cada día un poco más, saber que está sana, me
ha dado las esperanzas que necesitaba y ahora, que Raquel ya me ha dicho que mi
mujer parece que está saliendo al fin del pozo negro donde lleva días
encerrada, no puedo ser más dichoso.
El aparato que tengo en mi mano
vibra y lo cojo, emocionado. En la pantalla, aparece Lorena. Sigue rodeada de
tubos y con su mascarilla, pero en sus ojos vislumbro una sonrisa y una
vitalidad que no vi la última vez que pude hablar con ella, cuando nuestra
pequeña aún formaba parte de su cuerpo.
-
Lorena, cariño… - Susurro, emocionado.
Veo cómo mi mujer se aparta la
mascarilla de la cara y escucho a Raquel de fondo aconsejarle que vaya poco a
poco.
-
David…
Veo que aún le cuesta mucho
hablar, como si todo el aire que inhalara no llegara para un acto tan vanal
como decir mi nombre.
-
Lorena, no te esfuerces. Pronto podremos hablar…
-
La niña… - Me dice, mientras coge aire.
-
Sí…
Miro a la incubadora donde la
pequeña descansa. “¿Quieres conocer a mamá?” Pregunto. Parece que me escucha y
me entiende, porque justo cuando enfoco el móvil hacia su cuerpecito, ella abre
los ojos y mira atentamente al aparato con el que la señalo.
-
Oh… - Escucho a mi mujer al otro lado. Observo
cómo las lágrimas comienzan a recorrer su rostro, mientras Raquel vuelve a
colocarle la mascarilla sobre la cara para que siga respirando sin problemas.
-
Mira a mamá, pequeña. Dile “hola”.
Nuestra hija, como si un hilo
invisible la uniera a aquel rostro que acaba de ver por primera vez aunque
hubiera estado casi nueve meses dentro de su cuerpo, levanta las manitas hacia
el móvil.
-
Mira, cariño. Nuestra hija te saluda.
Lorena no puede hablar. Sus
emociones son demasiado fuertes para su frágil estado, pero sé que la felicidad
que siente en estos instantes, a pesar de estar lejos, a pesar de no poder
tocarla, a pesar de la tristeza con la que está empañada, es infinita. Me
recuerdo a mí mismo el primer día que vi a la pequeña y no puedo ni imaginar cómo
se sentirá mi mujer, que la tuvo dentro, que veló durante días y noches por su
bienestar, que notaba sus pataditas y la sentía dentro de sí.
Veo que se aleja de nuevo un poco
la mascarilla que le proporciona el aire que necesita en estos momentos un poco
y la escucho susurrar:
-
Te quiero, hija. Te quiero tanto…
-
Lo sabe, cariño. Se lo recuerdo todos los días.
-
A ti también, mi amor… - Añade, antes de volver
a ponerse la mascarilla.
-
No más que yo…
Raquel toma el mando de la
situación.
-
David, Lorena está mejorando a pasos
agigantados, casi, casi como tu pequeña. Seguro que pronto estáis en casa los
tres, ¿a qué sí? – Sé que se dirige a mi mujer, que sigue llorando emocionada.
– ¿Qué tal la niña? ¿Te han dicho ya cuándo te la podrás llevar?
-
Sí. Me han dicho que, si todo sigue igual, el
domingo vendrá conmigo a casa.
-
¿Ves, Lorena? Y seguro que poco después te
puedes unir a ellos. Pero ahora toca cuidarse un poco más.
-
Sí, mi amor. Cuídate. La niña y yo te estaremos
esperando.
Al rato, colgamos, no sin antes
prometer que mañana volveremos a hablar otro rato para que Lorena pueda seguir
viendo a la niña.
Sólo entonces, suelto el
teléfono, el único lazo que tengo con mi mujer, y cojo a la niña en brazos para
darle, como cada día, el biberón que me preparan los enfermeros. Esa vez se lo
doy con fuerzas renovadas, mientras le susurro quién es su madre y lo pronto
que podremos volver todos a casa…
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