DÍA 18. MARTES. Patricia y su "Luna de Miel"
Los días pasaban y se iba estableciendo
una rutina. Seguía sin sentir el peso del encierro sobre mis hombros, es más,
cada vez tenía más cosas en mente que hacer. Entre las tareas que preparaba y
mandaba a mis alumnos, las clases virtuales, que habíamos establecido en un
horario concreto de ciertas mañanas, la corrección de los trabajos que me
mandaban, solventar dudas y, claro está, todo el tiempo libre que invertía en llevar
a cabo mis propias actividades, se me iba el día y, a veces, pensaba que no
había hecho todo lo que deseaba.
Mi marido, por su parte,
continuaba con sus rutinas. Sus clases virtuales eran mucho más movidas que las
mías, no en vanos sus peques eran la mitad de pequeños que los míos. Su trabajo
dependía, en gran parte, de la voluntad de los padres de echar una mano. Él
contaba cuentos en sus clases, hacía pequeños dictados y los corregía con ayuda
de la pizarra que se colocaba tras él pero, con seis años, esos niños y niñas
necesitaban sin duda la ayuda de sus progenitores para seguir avanzando y eso,
a mi marido, lo ponía bastante nervioso. Por un lado, no quería agobiar a nadie
con trabajo que consideraba suyo pero, por otro, tampoco entendía la dejadez de
algunos padres y su actitud pasota con respecto al aprendizaje de sus hijos.
“Si ellos no se preocupan, ¿qué puedo hacer yo?” Me decía.
Supongo que, una vez más, ser los
dos del mismo gremio era toda una ventaja. Al menos, los dos entendíamos lo que
estábamos pasando y, aunque no nos podíamos ayudar por estar, actualmente, en
niveles tan separados, sí que nos ayudábamos psicológicamente y no teníamos que
preocuparnos de si contar o no ciertas historias a nuestra pareja sería
aburrido para ellos. Era parte de nuestro trabajo y de nuestra vida, siempre
había sido así.
Nos conocimos en la facultad,
aunque no fuimos pareja hasta mucho después. Cada uno tenía su propia vida y,
de hecho, los primeros años apenas nos fijamos el uno en el otro.
Entre nosotros no saltaron
chispas cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez, ni nuestros
corazones latieron al unísono cuando, años más tarde, nos acostamos por primera
vez. El tiempo nos permitió conocernos y querernos sin buscar nada más hasta
que, una noche, dejamos de ser amigos y nos convertimos en hombre y mujer que
se gustaban y que, sin compromisos ya, se entregaron el uno al otro en busca de
un placer básicamente carnal.
Libres de sentimientos, nos
embarcamos en una aventura que prometía ser liviana y sencilla, dejando atrás
dos historias de amor turbulentas que nos habían hecho demasiado daño a ambos,
protegidos en la inocencia de creer que el corazón se mantendría aparte.
Pero, cuando amistad y deseo
convergen en una misma persona, es complicado mantener al margen ciertos
sentimientos y, con el tiempo, el amor se coló a través de la piel y, aunque a
ambos nos costó aceptarlo, comenzamos a llevar una vida más de pareja que de
amantes y, con el tiempo, nuestras miradas se confesaron aquello que nuestros
labios no se atrevían a decir.
Nuestro trabajo no nos permitió
irnos a vivir juntos ni comenzar una vida de pareja cuando nos hubiera
apetecido, pero aun así, cuatro años después de aquella primera noche, unos
cuantos más después del primer día que nos conocimos, él y yo nos casamos.
Recuerdo que cuando comenzó la
cuarentena, una compañera del colegio en el que trabajaba me comentó que iba a
disfrutar de una segunda luna de miel con mi marido al poder convivir juntos
esos días por no tener que ir a lugares diferentes a trabajar. Yo sonreí y le
dije que sí, que al menos habría que ver el lado positivo de todo aquello.
La luna de miel se había alargado
más allá de los quince días previstos y, a pesar de lo que escuchaba de otras
parejas de amigos y lo que se decía en la televisión, mi marido y yo no nos
habíamos tirado los trastos a la cabeza ni una sola vez. Como todas las
parejas, teníamos nuestros más y nuestros menos, pero la verdad es que no
discutíamos nunca. No es que fuéramos perfectos, había cosas suyas que me
sacaban de quicio y cosas mías que a él lo ponían muy nervioso, pero creo que
el hecho de que no nos lo calláramos y nos lo dijéramos sin acritud alguna en
el momento en el que lo sentíamos podía ser un motivo bastante importante por
el cual no nos guardábamos odio dentro y no terminábamos nunca de saltar por
nada concreto de un modo exagerado.
“Eso es porque no tenéis hijos”,
nos decían algunas parejas de amigos que sí los tenían, y quizás tuvieran
razón, pero nuestras circunstancias eran esas así que no podía compararlas con
otras para saber si realmente las cosas irían peor o no de haber tenido
descendencia.
No era un tema que no hubiéramos
hablado, de hecho sí que queríamos tener hijos, aunque viviendo cada uno en un
sitio, era algo que parecía complicado de sostener. Queríamos tener cierta
estabilidad para un futuro bebé y, sobre todo, queríamos poder estar juntos
para criarlo y verlo crecer juntos y que esa responsabilidad no recayera sobre
los hombros de uno de nosotros (en este caso, estaba claro que sería sobre los
míos…)
Así que, siendo dos, nuestra
relación era apacible y tranquila, y el hecho de no poder separarnos ni un
segundo esos días, de no tener nuestros ratos a solas, de no poder salir ni un
instante, no cambiaba nada. Es más, esos días habíamos podido compartir mucho
más tiempo, más charlas, más confidencias y eso, en un matrimonio acostumbrado
a vivir de los fines de semana, era una corriente de aire para ambos aunque,
para otros, fuera todo un huracán…
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