TERCERA SEMANA. DÍA 16. DOMINGO. Encarnación y su granito de arena


ENCARNACIÓN Domingo

Domingo. Día del Señor, como decía mi madre, católica más por costumbre que por creencias. Me he levantado pronto, como siempre, añorando a mi marido nada más darme la vuelta en la cama. Sé que el tiempo pasa, que los días corren y que el olvido debería ir calando en mi memoria pero no es así. Lo único que ha hecho el tiempo ha sido mitigar el dolor y hacer que esa nostalgia venga acompañada de una sonrisa y no de una lágrima, como ocurría antes.

No he querido darme tiempo para más melancolías de las necesarias. Antes, en los días más tristes me obligaba a vestirme, pintarme y salir a la calle a dar un paseo, del cual siempre regresaba mucho más animada, como si la brisa del aire en la cara, los murmullos de la gente a mi alrededor o el sonido de los coches al pasar me devolvieran, de alguna manera, la felicidad perdida. Ahora, condenada a quedarme entre estas cuatro paredes, los días que me da el bajón me obligo a hacer algo concreto y hoy, por suerte, lo tenía muy claro.

Dispuesta a poner mi granito de arena en la “comunidad”; he dedicado la mañana a cocinar. He preparado un cocido como si tuviera visitas, como si fuera un domingo más en que mis hijos y nietos fueran a venir a verme y un enorme brownie con extra de chocolate, de ese que tanto le gusta a mi Tomás. Sonrío al recordar a mi nieto. Se suele poner perdido siempre que hago alguna merienda especial durante sus visitas pero merece la pena ver el brillo en sus ojos y su sonrisa sincera. Sus padres, que ya lo conocen, siempre traen ropa de recambio por si acaso y, cuando se mancha, Tomás se ducha en casa y vuelve a la suya totalmente limpito, aunque no puedo decir lo mismo de mi baño, que acaba lleno de agua y espuma a raudales. Se nota que en su casa sólo tiene duchas, adora meterse en la bañera calentita y echar ahí un buen rato. Y yo, abuela digna, le doy todos sus caprichos. ¡Todo fuera eso!

No ocurre igual con los gemelos de mi Isa. Con esos hay que andarse con ocho ojos y hay que ser un poco más intransigente. Aún recuerdo el día que decidieron jugar a disfrazarse en mi casa y, cuando se marcharon, más bien parecía que lo que se había disfrazado era mi casa: paredes pintadas, suelo manchado, ropa por todas partes… Desde luego, mi hija tiene el cielo ganado con esos dos pequeños terremotos. No es que sean malos, pero son pequeños, traviesos y, al ser dos, lo que no se le ocurre a uno pues se le ocurre a otro.

Mi pequeña Diana apunta maneras también, pero todavía no he tenido la “suerte” de sufrir alguna de sus travesuras, más allá del día que le enseñé mi joyero y, al rato, apareció en el salón con más cosas encima de las que ella misma podía cargar. ¡Apunta maneras la jodía! Le encanta ponerse guapa, con tacones, pintura, pendientes, coronas y todo lo que pille de ornamentos para sí misma. Lo bueno es que es sencillo regalarle cualquier cosa, si se lo puede poner encima de adorno, le encantará.
Sin embargo, este domingo no es un domingo cualquiera, y ya van tres. Comienza la tercera semana de confinamiento y sé que aún me queda mucho tiempo antes de poder volver a ver mis pequeños, por lo que esto que he cocinado no es para ellos.

Guardo en diferentes envases de plástico (los famosos Tupper Ware) distintas porciones del cocido de esta tierra y envuelvo el brownie en el molde que he utilizado con papel de alumnio (o papel Albal, qué curioso esto de las marcas que dan nombre a las cosas de siempre) y lo meto en dos bolsas diferentes.

Me coloco la mascarilla, los guantes y, con la comida en las manos, me acerco a la puerta de mi vecino, Nacho. Dejo en el suelo las bolsas, llamo al timbre y me alejo hasta mi propia puerta. Abre el mismo Nacho.

-         ¡Señora Encarna! – Me saluda, con una sonrisa. - ¿Necesita algo? – Observa entonces las bolsas en su puerta. - ¿Y esto?
-         La bolsa que pesa menos es para ti y tu chica. Espero que os guste el chocolate… - Digo, a sabiendas de que sí. – La otra, ¿serías tan amable de subírsela tú a Don Bernardo? Ahora que sus hijos no pueden venir y no tiene a la chica que solía ayudarle, no sé cuánto hará que no come algo caliente.
-         Se lo llevo enseguida. Pero… no tenía que haberse molestado por nosotros… - Dice, mientras sonríe sin poder evitarlo al oler el dulce.
-         No ha sido molestia alguna. Si hay algún plato que os guste y no sepáis aún hacer, ya sabéis… Yo paso muchas horas aburrida en casa y no me importa nada ser útil para alguien.
-         Ay, señora Encarna, es que es usted un caso.
-         Lo digo en serio. Sé, por mis hijos, que la juventud de hoy en día suele meterse menos en la cocina y es normal, ¿eh? Yo lo entiendo. Ahora las mujeres también salen a trabajar y lo último que querrán al volver a casa será estar horas y horas en la cocina pero yo… Yo me crié en otros tiempos y la verdad es que me apaño bastante bien y me entretiene. No es molestia para nada hacer que comáis algo caliente de cuando en cuando. Pero necesito saber qué os gusta y qué no…
-         No se preocupe, nosotros con tres cosas nos vamos apañando, no quisiera yo…
-         Al final te voy a ir preparando platos al azar, ya verás tú chiquillo… Y vas a tener que comerte lo que te ponga, porque la comida no se tira ¿eh?

El joven se rió. Justo entonces, Andrea, su chica, se asomó a la puerta.

-         ¡Señora Encarna! ¿Qué tal, cómo está usted? – Sus fosas nasales reconocieron entonces el olor del cocido. - ¡Umm, comida calentita! Qué no daría yo por un plato de lentejas de esos que me hace mi madre…
-         ¡Pues no se hable más! Mañana mismo te lo hago.
-         Andrea… - Le dijo Nacho a su novia, que ignoraba de qué habíamos estado hablando.
-         Ni se te ocurra rechistar. Mañana ya tenéis almuerzo.
-         No he querido yo… - Andrea parecía algo incómoda.
-         Se lo estoy diciendo a tu chico. Me aburro en casa y me apetece hacer comida. Es triste cocinar para una sola, así que si puedo aprovechar y hacer algo caliente en cantidades más grandes, mejor que mejor.
-         Pero…
-         No peros ni peras. – Esta frase, típica de madre, hizo sonreír a la pareja. – Mañana os llamo de nuevo y os dejo la comida en la puerta. Es lo mínimo que puedo hacer…
-         ¡Ay, Encarna, con usted no se puede! – Sonrió Nacho. Y, tras sacar de la entrada de su casa unos guantes y unas mascarillas que se colocó, cogió las bolsas, le dio la que pesaba menos a Andrea, que se relamió casi inconscientemente al oler el chocolate y se dirigió hacia las escaleras. – Pues nada, voy a llevarle su comida a Don Bernardo. Seguro que se alegra mucho, se nota que no lo está pasando bien.

Poco después, me despedía de Andrea y entré en casa para comer el plato de cocido que había apartado para mí.

Sé que Nacho no buscaba nada cuando se ofreció a hacerme la compra y nada esperaba yo al aportar mi pequeño grano de arena a su bienestar y al del señor Bernardo. Pero mi madre, que había vivido la postguerra conmigo siendo bebé, me inculcó siempre la importancia de ayudar a otros y de aportar lo que pudiéramos al prójimo. Como ella siempre me decía: “A veces, lo que para ti es un simple gesto, para otra persona puede ser un cambio sustancial en sus vidas.”

Al terminar de fregar, me senté en el sofá a ver la película de Antena 3 de todos los domingos, de previsible trama y final, pero que me ayudaba a echar el rato. Me sentía contenta, satisfecha conmigo misma a pesar de todo lo ocurrido. Y es que, una vez, sonreí al recordar a mi madre y sus sabias palabras porque, una vez más, a la vejez, descubría cuánta razón tenía: “Debes siempre hacer lo que esté en tus manos por hacer feliz a otros, descubrirás pronto tu felicidad en la sonrisa ajena…”

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