DÍA 9. Comienza la segunda semana
DAVID
Domingo…
El día de ayer pasó para mí como
una pesadilla, enganchado al teléfono a la espera de noticias. Bien entrada la
tarde, al fin, sonó.
- ¿Raquel? – Pregunté, absurdamente, la pantalla
de mi dispositivo ya me decía que era ella quién llamaba. Sin embargo, en
aquella pregunta, en aquel nombre, encerraba muchas más palabras que ella supo
comprender.
- - David, todo ha ido bien, ¿de acuerdo? Tengo aquí
mismo a tu pequeña. Está en la incubadora, y tendrá que pasar algún día más
aquí porque es algo pequeña pero creo que muy pronto…
- - ¿Y Lorena?
Dicen que el instinto maternal y
paternal está por encima de todo. Dicen que el amor por un hijo es lo más
grande del mundo. Y, sin embargo, tras escuchar que la pequeña estaba bien ya
no me interesaba nada más que saber cómo estaba mi mujer. De alguna manera,
irracionalmente, ahora mismo sentía que ella era más frágil que el bebé que ya
respiraba por sí solo en este mundo. Y necesitaba saber que estaba bien. Que la
otra parte de mi corazón seguía latiendo, aunque lo hiciera tan lejos de mí…
-
-Lorena sigue estable. Sigue entubada y sigue
respirando con ayuda de un respirador. Su situación no es la mejor pero, David,
saldrá de esta. Seguro que lo hace.
Cerré los ojos. Claro que saldría
de esta. Mi pequeña tenía que conocer a su madre. Ella tenía derecho a cogerla
en brazos, a mimarla, a darle todos los caprichos del mundo y a ser la sonrisa
que la acompañara siempre. Sí, mi mujer, después de haber creado dentro de ella
una nueva vida, tenía que poder vivirla. Era lo justo. Era lo que tenía que
pasar… Y yo, mientras tanto, tenía que cumplir mi papel de padre. Tenía que
cuidar a esa niña por los dos, para que cuando su madre despertara de la
pesadilla nos encontrara al final del camino…
- -¿Puedo…? – Raquel me entendió enseguida.
- -Ven cuando quieras, David. Tu niña te espera en
la incubadora. Te espero en la puerta, ¿vale?
- -Raquel, es tarde, quizás deberías…
- -No te preocupes, David. Te espero aquí. Lorena
se merece que esté contigo.
Sonreí. Entre aquella médico y
Lorena se había forjado una relación más allá del trabajo. Mi mujer siempre
tenía palabras bonitas para ella y sé que durante los descansos para comer
compartían mucho más que anécdotas laborales. Alguna vez me había dicho que
teníamos pendiente salir con ella y su marido a tomar algo, pero entre el
trabajo, la hija adolescente que ellos tenían, nuestros propios asuntos… nunca
había habido tiempo. Sonreí al recordarlo. Ahora teníamos todo el tiempo del
mundo y, sin embargo, no teníamos la posibilidad. Me prometí a mí mismo que, si
volvíamos a tener esa posibilidad, sacaría el tiempo de donde fuera.
Una vez me vestí, como un
autómata, cogí el coche y me dirigí al hospital. Sólo una vez aparqué y Raquel,
con cara de agotada pero una enorme sonrisa en su rostro, me abrazó y me dijo: “Enhorabuena,
papá”, me di cuenta de que iba a ver a mi hija. De que, oficialmente, ya era
padre. De que pronto tendría en mis brazos a mi bebé. Y, sin saber por qué,
entre los brazos de aquella mujer que ahora era el nexo entre mi realidad y mi
mundo, me eché a llorar…
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