DÍA 8. SE CUMPLE LA SEMANA
RAQUEL
Lo más duro para mí llegó el sábado,
séptimo día de confinamiento para el mundo, más de quince desde que el caos se
había desatado en el hospital, aunque esta semana, sin duda, se estuviera
llevando la palma. Y supongo que fue lo más duro hasta aquel entonces porque,
por suerte, en mi hospital no había fallecido nadie y ninguno de mis pacientes
revestía una gravedad importante. O tal vez eso hubiera dado igual, dadas las
circunstancias, y hubiera sido igualmente lo más duro por tocarme de cerca…
Lorena…
Su estado había empeorado el
viernes y tuvimos que entubarla por insuficiencia respiratoria. Nada fuera de
lo normal, si es que podíamos llamar normal a lo que estábamos viviendo en el
hospital aquellos días. Pero me preocupaba, aparte de su salud, la de su bebé,
y mis temores fueron confirmados por el ginecólogo horas después, que recomendó
que se le hiciera una cesárea de urgencias para sacar al niño antes de que su
enfermedad pudiera perjudicarle seriamente.
Tenía que llamar a David. Decirle
que iba a ser papá antes de tiempo de un bebé prematuro, con todos los riesgos
que ello conlleva, que ni siquiera sabíamos si la pequeña tendría o no el
virus, que no teníamos idea de qué pasaría desde que dejara de formar parte de
su madre. Tenía que decirle que el estado de Lorena era delicado, que la
cesárea podía suponer un problema más… Sí, tenía que saberlo pero, ¿cómo
explicarle todo aquello y pretender que se quedara en casa esperando que todo
pasara?
TERESA
Cuando comenzó a correrse la voz
de que la cuarentena duraría todavía una quincena más (al menos); yo estaba en
casa, como siempre desde hacía una semana, ultimando las llamadas que
cancelaban el día más importante de mi vida. Ya había arreglado el tema del
viaje, la iglesia y el convite.
Al final, tras hablarlo mucho,
Salva y yo hemos decidido arriesgar y dejarlo para septiembre. El vestido se
puede aprovechar, ya que abril y septiembre pueden ser meses paralelos en
cuanto a tiempo atmosférico; y no era lo mismo que dejarlo para el año próximo.
Seguimos con la duda de si esto habrá acabado para entonces, pero tenemos la
esperanza de que así sea.
Acordamos también dejar los
regalitos a los invitados como estaban, con la fecha y todo. Como me dijo
Salva, ¿qué más daba qué fecha pusiera? Invertir más dinero en algo que
carecía, realmente, de importancia, nos parecía absurdo, y ya bastante íbamos a
aportar para poder hacer el viaje unos meses más tarde…
Los fotógrafos fueron otra
historia… Ya tenían bodas todos los fines de semana de septiembre, así que, al
final, logramos que nos devolvieran la entrada que habíamos pagado y reservé al
que tenía segundo en la lista, que tenía disponibilidad para el día que nos
interesaba.
El resto, por suerte, no dio
demasiados problemas. La situación se comprendía y la mayor parte de los
proveedores con los que trabajábamos nos permitieron mover la fecha sin cambios
en el presupuesto.
Curiosamente, todos estos días y,
sobre todo, las cosas que me contaba Salva de su día a día y el miedo, esa
sensación que había comenzado a sentir días atrás por él, habían dejado atrás
el dolor y la pena por el tema de la boda.
Quince días más. Viviría el día
de mi boda encerrada en casa, como todos estos días, esperando que llegara el
mediodía o la noche, según el turno de trabajo de mi pareja, para que Salva
regresara a casa y pudiera sentir que su exposición tocaba a su fin… por ese
día.
Las cosas siguen parecidas en su
trabajo. Por lo que me cuenta, la gente comienza a tomar medidas de seguridad
más claras y se nota la distancia que guardan, que cada vez hay menos personas
que pagan con efectivo, que cada vez hay que llamar menos la atención sobre el
uso de guantes obligatorios para entrar en el supermercado.
El tema de alarma ha bajado de
intensidad y la gente, al parecer, ya no compra tanto papel higiénico, aunque…
sí cervezas. Esto es algo de lo que hemos bromeado, la verdad es que cuando me
dijo que las estanterías que más vacías estaban eran las del papel higiénico y
la carne, me sorprendió que la gente no estuviera haciendo acopio de cervezas.
Para mí, eso era vital, casi igual o más que el papel higiénico…
De vez en cuando, viene y me
cuenta anécdotas curiosas. Desde el chico joven comprando cosas de higiene
personal para su vecina anciana, hasta la señora empeñada en darle propina por
estar haciendo un trabajo tan necesario corriendo un riesgo tan grande estos
días.
Supongo que, en estos días, hay
que quedarse con todas estas cosas. Con lo bonito, con lo humano, con lo
realmente bueno. Para escuchar lo malo, sólo había que encender la tele…
Sí, las cosas comenzaban a
estabilizarse dentro de esta crisis de inestabilidad y comenzaba a ordenar mis
prioridades para dejar de sentirme tan desdichada y empezar a ser un poco más
feliz. Estaba sana y viva, mi futuro marido, de momento, también. Quizás eso
era lo único realmente importante, ¿no?
DAVID
Cuando sonó mi teléfono estaba
enfrascado en mi trabajo. En la empresa, estábamos trabajando con los planos de
un nuevo proyecto y había conseguido engancharme como siempre. Puede que poca
gente lo comprenda, pero la arquitectura era mi pasión desde antes de
estudiarla: poder plasmar en un folio un esbozo de lo que, en el futuro, será
un edificio, un monumento, algo… para mí era arte.
Podía dar formas a mi
antojo, mover pilares, crear nuevas estructuras… Y no podía hacerlo a lo loco,
tenía que mantener siempre la concentración para que el edificio fuera
realista, para que aguantara, para que, a la hora de hacerlo real, los obreros
no encontraran nada que fallara y llevara al traste todo el trabajo.
No era la hora habitual, fue lo
primero que pensé cuando vi que era Raquel. Me asusté. Si no era para contarme
lo de siempre, era para contarme algo malo, seguro. Desde el jueves, no había
tenido oportunidad de volver a hablar con Lorena, pero ella decía que todo
seguía igual y que no debía preocuparme. Pero tampoco había mejorado nada, o
sea, que ahora no iba a llamarme para decirme que podía ir a recoger a mi mujer…
- -¿Qué ocurre? – Contesté, asustada.
- -David, tranquilo, no te asustes… - Intentaba
calmarme, pero su tono de voz la delataba. Ocurría algo. ¿Para qué, si no, iba
a llamarme?
- -Raquel…
- - El estado de Lorena ha empeorado un poco. Va a
necesitar que la entubemos en breve para que pueda seguir respirando con
normalidad. Visto lo visto, hemos hablado con el equipo de maternidad y la
mejor decisión posible es hacerle una cesárea cuanto antes. Si esperamos…
- - Haced lo que tengáis que hacer, lo que sea mejor
para las dos. Pero… ¿Lorena está bien? ¿Podrá aguantar una operación ahora?
- -Lo que no va a poder aguantar es un parto,
David. Con lo que le cuesta respirar, dudo que tenga oxígeno para poder dar a
luz. Estando como está, si el parto se adelantara podría ser fatal. Y entubarla
y dejarla embarazada puede ser un riesgo más. Estando de casi ocho meses, hay
muchas posibilidades…
- -¿Cómo?
- -Que hay muchas posibilidades de que el bebé esté
bien.
- -Pero… ¿podría estar mal?
- -David… Estamos sacando a la criaturita antes de
tiempo. Eso siempre es un riesgo. Pero es el riesgo menor de los posibles… - No
podía contestarle. De repente, el aire había dejado de entrar en mis pulmones.
– David… Va a salir todo bien. Te llamo cuando acabe todo, ¿vale?
- - ¿No puedo ir?
- -No, David, de momento es mejor que te quedes
ahí. En serio. Te llamo cuando todo acabe.
Colgó. Y cuando el sonido del fin
de la conversación telefónica llegó a mis oídos, me recordó, cruel memoria, al
sonido de las máquinas que monitorizan a los enfermos en el hospital cuando
llega el final de la vida y, de alguna manera, mi mundo volvió a detenerse por
segunda vez en apenas una semana…


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