DÍA 7. VIERNES CON SABOR A LUNES


REBECA

Ayer, sin duda, fue un mal día.

Tras la pequeña discusión en la cocina, mi marido tardó dos horas en volver a casa del supermercado y traía, tan sólo, cerveza. No me podía extrañar que no me hubiera preguntado si hacía falta algo para la casa, pero sí que estuviera tanto tiempo entretenido para luego traer solo cerveza. En fin, mejor así, todo el tiempo que está lejos de mí para mí era tiempo de oxígeno. 
Metió toda la que pudo en la nevera y el resto, la dejó en el suelo de la cocina, supongo que a espera de que yo la guardara luego en la despensa. Se sentó en la mesa y coloqué el plato de arroz en su sitio. Comenzó a comer, como siempre, sin siquiera esperar que me sentara yo.

-         - Sal. – Me dijo.

Ya estaba acostumbrada a que hablara casi con monosílabos, en lugar de formar una frase completa y educada en la que me pidiera que le trajera la sal. Todo fuera eso. Al final, prefería que me hablara así antes de que me dijera alguna de sus perlas particulares.

La comida transcurrió con cierta calma, lo que para mí significa que no hablamos pero que tampoco hubo comentarios acerca de mi capacidad o no como cocinera, algo que también era habitual en mi casa. Se levantó después de comer, cogió otra cerveza y se sentó en el sillón a ver la tele. Yo recogí la mesa, fregué los platos y, una vez recogida la cocina y metidas las cajas de cerveza que había comprado en la despensa, me senté en la salita a disfrutar de mi soledad hasta la hora de la cena.

Preparé unas tortillas, nada complejo, y de nuevo repetimos el proceso. Cuando me senté a su lado, observé, aparte de las 4 latas de cerveza vacías en el suelo, la botella de ron medio vacía en la mesa. Suspiré, casi imperceptiblemente. El alcohol nunca había traído nada bueno al carácter de mi marido.
Terminamos la cena en silencio, pero esta vez no pudo callarse.

-         - Está seca. – Dijo, tras pegar el último bocado.
-         - ¿Cómo?
-         - La tortilla, que está seca.
-         - Lo lamento.
-         - Sí, tú siempre lamentas todo, pero sigues sin saber hacer nada bien.

Agaché la mirada, no quería provocarle. A lo largo de los años había aprendido que con él lo mejor era actuar como con un animal: no mirarle a los ojos, no hacerle sentir desafiado, darle a entender siempre su superioridad sin necesidad de que la demostrara físicamente…

Entonces, noté su mano rodeando mi muñeca y tirando de mí hacia él. Sin darme cuenta, me encontré prácticamente sentada en su regazo. Su aliento, que olía a alcohol, me golpeó cuando volvió a hablarme:

-         - Vamos a hacer lo único para lo que parece que vales…

Comencé a temblar porque sabía perfectamente a lo que se refería. Sus manos, de hecho, no tardaron en colarse por debajo de la camisa de mi pijama y llegar hasta mis pechos. Aquel gesto, que al comienzo de nuestra relación había sido puro fuego, ahora me quemaba pero de un modo totalmente diferente. Hice amago de apartarme cuando fue a besarme. Fue algo instintivo, si hubiera podido pensarlo, sin duda, no lo habría hecho. Sabía lo que podía venir a continuación…

-         -La loba está traviesa, ¿no? No quieres besos… Pues sin besos entonces…

De un tirón, arrancó el mantel de la mesa y, con la tela, cayeron los platos, vasos y cubiertos que aún estaban ahí. Escuché el sonido del cristal romperse, pero ya no veía nada. Mi marido se había levantado de la silla y yo, aún sobre él, también. Me apoyó bruscamente sobre la mesa, bajó mis pantalones y, mientras se introducía en mí sin ningún tipo de miramiento, agarró con sus manos mis pechos y me hizo incorporarme, lamiendo mi oreja con su lengua antes de susurrarme:
-         
-     -Esto es para lo único que sirves.

Volvió a soltarme sobre la mesa y me dejé hacer. Sólo fueron unos minutos, pero a mí se me antojaron una eternidad. Cuando noté que se separaba de mí, me incorporé y volví a recomponerme la ropa, procurando secar mis lágrimas antes de que las viera.
-         
    -Recoge toda esta mierda… - Me dijo, sin mirarme, mientras se servía otra copa y se sentaba en el sillón. – Y no hace falta que te duches. – Hacía tiempo que necesitaba darme una ducha cuando teníamos sexo, porque me hacía sentir sucia y asqueada. – Antes de dormir quiero mi segundo asalto…

Y así fue…

Luego, una vez terminó y se quedó dormido en la cama, pude darme la ansiada ducha. Froté mi cuerpo con fuerza, como si quisiera levantarme la piel con la esponja, pero aun así notaba su olor y sus restos por todo mi cuerpo. Aquella noche no tuve valor para volver a la cama y me dormí en el sofá del salón, aun a sabiendas de que quizás aquello tampoco le sentara del todo bien a mi marido y pudiera tener consecuencias mañana.

Pero sería mañana y no hoy… Mañana, con nuevas fuerzas… Mañana, un día más. Mañana, un día menos…


DIANA

Viernes al fin… Cuando nos dijeron que no iba a haber instituto durante unos días, la mayor parte de nosotros lo celebramos pero ahora… Ahora no tengo claro qué es mejor. No es que tengamos muchas más tareas que cuando estábamos allí pero… creo que el hecho de hacerlo todo “solos”, de no tener a la seño explicándonos un rato, de no tener esos recreos con los compañeros, de carecer de los cotilleos en los cambios de clase… hacen que las cosas sean más monótonas y aburridas.

También tiene sus partes buenas, no lo vamos a negar. Puedo hacer y deshacer cuando quiera, no tengo por qué estar de 8 a 3 sentada en clase y, la verdad, la silla de mi cuarto es bastante más cómoda. Los profes nos siguen mandando tareas y correcciones a través del ordenador y creo que, poco a poco, nos vamos haciendo.

Se echan de menos muchas cosas… Es curioso, porque aunque parezca que no, sí que se echan de menos muchas cosas de ir al instituto. Madrugar no, desde luego, al menos, no por mi parte, aunque mi madre sigue empeñada en que mantenga a diario una rutina de acostarme pronto y levantarme pronto… Pero sí se echan en falta muchas otras cosas. Incluso las clases en sí. No está mal tener las tareas y poder ir haciéndolas a tu ritmo, pero falta la charla de la seño, las bromas del profe, la cercanía, no sé. Es extraño.

Más allá de las clases, en mi casa todo marcha igual. Mi madre sigue con sus turnos locos en el hospital, si bien suele llegar para cenar cada día. Ahora ya no nos saluda nada más llegar, a pesar de haberse cambiado de ropa en el hospital, va directa hacia la ducha, procurando no tocar nada, mete su ropa en una bolsa aparte de la nuestra y, hasta que no está limpia y con el pijama puesto, no se acerca a darnos un beso a papá y a mí.

Papá y yo hemos establecido una rutina totalmente diferente a la habitual pero bastante interesante. Desayunamos juntos, comentando qué tenemos que hacer durante la mañana, él en su trabajo y yo en el instituto. Realmente no tenía muy claro en qué consistía el trabajo de papá hasta ahora y me encanta cuando me cuenta lo que está haciendo, cómo debe enfocarlo, qué problemas le surgen… Me trata como a una adulta y no como a una niña, como siempre, y eso me ayuda a yo también contarle más cosas sobre mí. La verdad es que hacía tiempo que no hablaba tanto con él y tan en serio, es más, creo que quizás nunca antes lo había hecho.

De mis problemas personales y académicos siempre se ha ocupado mamá. Sobre todo de los primeros, más que nada porque a papá no solía contarle mucho de mis amistades y, mucho menos, de mis amores y desamores. Con mi madre siempre ha sido distinto. No es que mi madre sea mi amiga, como algunas de mis amigas dicen, mi madre siempre ha sido mi madre. Pero con ella puedo hablar de todo, y me aconseja siempre desde el mejor punto de vista que puedo tener: el de alguien que me quiere a mí por encima de todas las cosas. Eso no quiere decir que siempre le haga caso o que siempre esté de acuerdo con ella. De hecho, nosotras solemos discutir a menudo. Pero sé que puedo confiar en ella y contarle todo lo que me pasa, porque siempre me va a ayudar cuando lo necesito.

Con mi padre, la cosa cambia… Sí, cuando cenábamos todos juntos hablábamos algo de instituto, de las notas, de los estudios… Pero a nivel personal no hablábamos demasiado, y si alguna vez preguntaba, siempre era en relación con mis amigas, en femenino. Creo que eso de que yo pueda tener novio no es algo que le haga mucha gracia…

Sin embargo, ahora mamá pasa muchas horas fuera de casa y papá está conmigo todo el día. Por supuesto, no he hablado aún con él de mis líos amorosos y dudo que lo haga, pero sí ha dejado caer ya alguna vez si hay alguien especial y yo, aunque he evadido la respuesta como he podido, creo que en algún momento podré comentarle algo de mi historia (o no historia, a saber) con Edu, el chico de la clase con el que comencé algo antes de que todo esto ocurriera pero que ahora apenas contesta a mis mensajes.

La verdad, me tiene algo mosqueada, la última vez que nos vimos fue una tarde que salimos el grupo de la clase, entre los que él se encuentra, y acabamos solos dando un paseo de la mano, casi sin darnos cuenta. Luego, vino conmigo hasta mi calle y me besó antes de despedirse. Un beso en los labios nada más, pero bueno, todo empieza de alguna manera, ¿no? Es cierto que siempre ha sido un chico muy tímido y que hablar, lo que se dice hablar, no es que hable mucho, pero oye, creo que para comentar un par de cosas por Whatsapp tampoco hace falta ser un orador experimentado. No sé. Si mamá estuviera aquí le comentaría lo que pasa y le preguntaría qué hacer, pero creo que todavía no he llegado a ese nivel de confianza con papá, así que tendré que pensar yo misma cómo afrontar los silencios del que yo pensaba iba a ser mi novio en breve.

Ya se verá.

Mientras tanto, casi sin darnos cuenta, la semana ha terminado, y aunque es cierto que este viernes es atípico, como todos los días dese hace siete, y que no estoy igual de contenta que los viernes “normales”, y que mis amigas y yo no estamos haciendo planes para salir esta tarde o para tomar algo mañana o ir a bailar a la discoteca de menores; sigue siendo viernes, sigue acercándose el fin de semana y, con él, una semana menos de esta nueva vida que nos ha tocado vivir.


ENCARNACIÓN

Viernes con sabor a lunes… Eso dice el militar de la tele que nos informa, cada día, de la situación del país. Que estamos en una guerra, aunque de otro calibre. Sonrío. Puede que para la gente joven esto sea lo más cercano a una guerra que hayan vivido y, la verdad, me alegro muchísimo de ello.

Para mí no tiene nada que ver con aquellos años de mi infancia, cuando mi madre nos llevaba a mis hermanos y a mí a por las cartillas de racionamiento y hacía milagros con lo poco que le daban para que no pasáramos hambre. Ahora sé también que los que pasaban hambre eran mis padres y que parte del milagro era menguar su ración hasta el límite de la supervivencia.

Una guerra… Supongo que el miedo a salir a la calle y que te pase algo sí es un punto coincidente, aunque en aquellos tiempo el enemigo era una persona a la que veías perfectamente, lo malo es que nunca podías tener claro quién podría ser de verdad; ahora tememos un virus que no vemos, que puede estar flotando en el aire y que tratamos de combatir con mascarillas, guantes y un buen lavado de manos al llegar a casa.

Mi madre nos contaba muchas cosas en aquellos tiempos, mi padre comenzó a hacerlo más tarde. Supongo que él necesitó primero lamerse las heridas de haber combatido, de haber visto personas morir a su lado, de haber notado en su boca el sabor de la sangre y de la muerte acercándose…

Mi madre, sin embargo, lo había vivido, como todas las mujeres, desde las trincheras, por así decirlo. En segunda línea pero, como ella decía, una línea fundamental para que todo siguiera funcionando. Ellas seguían cuidando a los pequeños, haciendo comida, curando a los enfermos. Ellas eran las cuidadoras, las encargadas de coser cada jirón que la guerra abría en la vida de otras personas. Y nadie cosía los suyos propios.

Recuerdo aquella noche, pasados ya los años, cuando había menos miedo de hablar, de contar, de expresar… cuando abrió aquella caja que siempre había guardado en lo alto del armario, bajo llave, y nos enseñó fotos. “Este era vuestro abuelo”. “Este, vuestro tío.” “Esta, vuestra tía.”

Recuerdos… Recuerdos de su familia, una familia rota y devastada por aquel conflicto casi desde el inicio. A su padre fueron a buscarle unos militares casi al comienzo de la guerra. Se lo llevaron, acusado de no sé qué traiciones, y nunca más supieron de él. Pasó a formar parte de aquella enorme lista de nombres de desaparecidos y muertos en cunetas de los que jamás se supo nada. En aquel entonces, mi madre ya estaba casada con mi padre, y no lo vivió, pero sí lo hicieron sus dos hermanos pequeños, con dieciséis y quince años respectivamente.

Mi abuela, al parecer, no tuvo otra que agachar la cabeza y tirar para adelante como pudo, sola antes de tiempo. Para poder mantenerse, a ella y a sus dos hijos menores, se dedicó a coser, lo único que sabía hacer en aquel entonces, para los mismos militares que habían hecho desaparecer a su marido. Mi madre dice que nunca se quejó, que nunca compartió con ellos el odio y el resentimiento que seguro que sentía, más aún cuando terminó casándose, casi a la fuerza, con uno de sus jefes, y compartiendo lecho con uno de aquellos que le habían arrebatado al amor de su vida.

Nunca hubo tumba donde ir a llorar, no hubo flores, no hubo casi ni duelo. Mi madre decía que mi abuela siempre les contó que hablar de papá estaba prohibido, que era peligroso, que lo mejor era olvidarlo. Pero, a pesar de todo, mis tíos y mi madre ya eran personas adultas cuando todo aquello ocurrió y mi abuela no fue capaz de mitigar el dolor y el odio del corazón de sus dos hijos mayores, que no dudaron en combatir cuando así tuvieron la oportunidad. Uno de ellos regresó a casa con una pierna de menos y mucho dolor de más y el otro… el otro jamás regresó.

Mi madre dice que mi abuela murió de pena el día que quemaron el convento donde su hermana pequeña, una de las que había vivido cómo se llevaban a su padre de casa aquel día y que se había ordenado monja para salir de casa cuando su madre volvió a casarse. Quizás murió de pena, o quizás se ayudó de algo, pero aquel fue el fin de la mayor parte de la familia de mi madre, guardada para siempre en aquella caja en lo alto del armario…

Por suerte, mis padres lograron sobrevivir ambos, a pesar de todo, y algo después de la guerra, a pesar de todo, nací yo. Mi madre siempre me dijo que, aunque la situación no era la idónea para criarme, fui un rayo de luz y de vida en aquellos tiempos de caos y muerte. Mi padre nunca me lo dijo, pero sé que para él yo también fui la tabla salvavidas que lo alejaba de los horrores que había padecido durante el confrontamiento y de todas las cosas que seguro que tuvo que hacer para sobrevivir y de las que jamás habló, ni conmigo ni con mi madre.

Así pues, sí, quizás esto sea una “guerra”, una guerra de estos tiempos, sin bombas, sin tiros, con militares por las calles, sí, pero que buscan ayudar y no inspirar miedo… Quizás en estos días de “guerra”, todos los viernes sean lunes y nos toque estar aquí, en casa, al pie de nuestro cañón particular.

Y yo, ante esas palabras, no puedo más que sonreír porque esta sea la guerra que les ha tocado vivir a mis hijos, con un enemigo duro e invisible, sí, pero también involuntario; y con una lucha que consiste, tan solo, en estar en casa con los tuyos y aprender a utilizar el tiempo de un modo eficiente, combatiendo, tan solo, con el aburrimiento. Y, sobre todo, me alegro de escuchar siempre las palabras de los políticos de la tele, porque sé que son ciertas y porque sólo en una guerra de este tipo pueden serlo: esta guerra la vamos a ganar entre todos. Todos luchando juntos y aunando fuerzas contra el “enemigo” común. Una guerra en la que todos queremos, al final, lo mismo: seguir vivos para poder abrazar, al final, a nuestra familia…



Bueno, quizás no sea tan diferente en el fondo…

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