DÍA 17. LUNES. Raquel. Al fin buenas noticias.
RAQUEL
Estos días he estado tan atareada
que apenas había podido subir a ver a Lorena a la UCI, donde permanece desde
que naciera su bebé. Me consta que David acude todos los días a neonatología y
pasa allí gran parte del día con su pequeña, lo sé porque sigo llamándole cada
día para ver cómo le van las cosas a él y al bebé y para tranquilizarle sobre
el estado de Lorena, aunque ni yo misma sepa bien qué decirle.
Mi compañera de trabajo y amiga,
tras la cesárea, ha permanecido sedada y con el respirador. Pude verla un par
de días después del nacimiento de la niña y observé, apenada, que ya la había
tenido que colocar boca abajo para facilitar su respiración. No podía creerlo.
Había parecido mejorar durante unos días y ahora… Ahora se debatía, tal cual,
entre la vida y la muerte. Respiraba gracias a una de esas máquinas que ahora
escaseaban en los hospitales y verla allí, dormida, me partió el alma. Quizás
por eso dejé de subir a verla. No podía soportar la idea de verla así y
guardaba todas mis fuerzas para decirle a su marido que todo saldría bien, que
todo estaba igual. Lo que no le matizaba es que estaba igual de mal.
David parecía algo más animado
desde que la niña nació, aunque siempre me dejaba ver lo preocupado que estaba
por el gran amor de su vida. Al menos, parecía estar encontrando las fuerzas
para cuidar a su hija y me constaba que la niña evolucionaba favorablemente y
que saldría pronto de allí, así que, por esa parte, estaba tranquila.
Pero había pasado una semana
desde aquella tarde en que observé a través de la puerta a mi compañera y no
podía dejarlo más tiempo así que, al acabar el turno, subí a la UCI a ver cómo
andaba. A mitad de camino, vi venir hacia a mí al doctor González, encargado de
Lorena en la UCI.
-
¡Qué bien que te veo! – Me sonrió. – Iba a ver
si estabas por aquí.
-
¿Ocurre algo? – Dije, sin preocupación. El
rostro de mi compañero transmitía buenas noticias.
-
Lorena está mejor. Hemos podido desentubarla y
hemos eliminado la sedación. Se despertará en breve. Quizás quieras estar ahí…
No lo dudé. Entré en la
habitación con mi colega y volví a ver a mi joven amiga, pálida, rodeada de
máquinas, y sin esa prominente barriga que había protagonizado su cuerpo las
últimas semanas.
Me acerqué a ella, con todo el
equipo puesto. Sabía que había muchos pacientes que pasaban por lo que estaba
pasando ella y era consciente de que muchos de mis compañeros hacían lo que
estaba haciendo yo con Lorena: ser su familia más cercana. La ventaja es que
Lorena y yo nos teníamos un cariño sincero y, de algún modo, mi compañía era
realmente una compañía amistosa.
Cogí su mano y esperé. Pronto
noté los primeros movimientos involuntarios de sus dedos. Cuando abrió los
ojos, intentó hablar, pero se lo impedí rápidamente.
-
Ahora no, Lorena. Aún no debes esforzarte, ¿vale?
Vi que sus manos se dirigían a su
vientre.
-
La niña está bien, Lorena. Está en la planta de
neonatos pero está perfectamente. Nació hace diez días. David viene a verla
todos los días. Está totalmente prendado de ella pero sigues siendo el gran
amor de su vida, lo sabes, ¿no?
Ella asintió, mientras comenzaba
a llorar. En ese momento comprendí su dolor, su emoción, sus sentimientos
encontrados. Su niña estaba bien, algo que le había preocupado muchísimo antes
de empeorar su salud, pero no me podía imaginar cómo sería sentir que ya la
habías tenido sin haberte percatado de ello, saber que ya llevaba en este mundo
varios días y tú no eras consciente de nada y, sobre todo, no poder tenerla en
brazos en ese mismo instante.
-
No te preocupes, Lorena. Pronto estarás bien y
podrás conocerla.
Mi amiga continuó llorando, lo
cual hizo que su respiración se complicara algo más de lo necesario, pero
¿quién es capaz de hablar con los sentimientos acerca de lo que es bueno o no
para tu salud?
Cuando se calmó, apretó mi mano.
Hizo amago de quitarse la máscara que le aportaba el oxígeno que aún necesitaba
pero se lo volví a impedir.
-
Lorena, ahora te toca cuidarte. Ella está bien.
David está bien. Vamos a hacer una cosa, ¿vale? Voy a llamar a David en cuanto
salga de aquí, voy a decirle que estás mejor y vamos a quedar en llamarnos
mañana a una hora en que yo pueda estar aquí contigo y él esté con la niña,
¿vale?
Ella asentía, con las lágrimas
aún recorriéndole el rostro.
-
Eres una campeona, cariño.
Me hubiera gustado tanto poder
abrazarla. Poder acariciar su cara y secar sus lágrimas, poder besar su cabeza
y apoyarla contra mí para asegurarle que todo estaría bien. Pero el único
contacto que tenía era el de esa mano enguantada con la suya y me parecía tan
pobre. Sin embargo, cuando levanté la mirada, me encontré con una mirada llena
de lágrimas, sí, pero también de gratitud y cariño. Y supe que, lo poco que
podía hacer, para ella era todo un mundo.
Cuando salí de allí, minutos más
tarde, hice la llamada que había prometido y, con un David totalmente
emocionado con la idea de que una luz se abría en el camino hacia la
recuperación de su mujer, quedamos en “video llamarnos” al día siguiente.
Lorena iba a conocer a su hija.
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