DÍA 15. SÁBADO. Teresa. Siete días.
TERESA
Sábado. Debería ser el último
sábado de mi vida como soltera. Debería estar ultimando los detalles,
preocupándome por si la última prueba del vestido sería perfecta, concretando
con mis damas de honor todo lo que teníamos pensado hacer… Y, sin embargo, aquí
estoy, sentada en el sofá, esperando con impaciencia que Salva termine su turno
en el súper y regrese con alguna que otra historia que contarme, con mi vestido
en la tienda guardado para dentro de un año, con mis damas y queridas amigas
lejos de mí, intentando recordar que no es tan importante, que no pasa nada.
Pero… Hay días que es más fácil
que otros y hoy, a justo una semana del día especial, después de tanto tiempo
invertido, con los regalitos de los invitados guardados en cajas en el armario
del cuarto del “desavío”, con las invitaciones que sobraron en mis manos, con
las ilusiones aplazadas hasta dentro de otros 365 días y sola, no puedo evitar
llorar.
Desde que fui consciente de los
riesgos que corre Salva en su trabajo, es cierto que soy bastante más optimista
con respecto al tema boda y que he relativizado bastante el dolor que puede
causarme que se aplace un día que, para mí, iba a ser el más importante de mi vida
hasta entonces. Sé que ahora debo ser feliz sólo por el hecho de vivir con mi
pareja, de que él esté bien y de que siga sano, a pesar de tener que salir cada
día a un trabajo que le obliga a estar en contacto con cientos de personas
diferentes de las cuales ignoramos si están o no siguiendo las indicaciones, si
están o no sanos, si pueden o no contagiarle el maldito virus…
Sin embargo, era mi día, joder, y
no puedo evitar sentir, de cuando en cuando, punzadas de dolor al ver que está
tan cerca y que, a la vez, se ha alejado tanto de mi realidad.
Llevaba toda la vida soñando con
ese día. Siempre he sido una romántica empedernida y, como tal, el día de mi
boda era algo con lo que había fantaseado desde niña. No es que buscara un
príncipe azul que me protegiera de todos los males del mundo, yo solita siempre
me he bastado para eso. Desde pequeña fui una niña bastante rebelde y
contestona y, ciertamente, en más de una ocasión mis padres se vieron llamados
al despacho de Jefatura de Estudios porque me había visto envuelta en peleas,
tanto con chicas como con chicos en las que, por cierto, solía salir ganando.
La cosa llegó a tal punto que,
siendo adolescente, y viendo que no cambiaban, decidieron apuntarme a kárate
para que pudiera focalizar mis impulsos y aprender a controlarlos. Podría
parecer una contradicción, si era pendenciera de naturaleza, encima enseñarme a
pegar, pero fue, realmente, mi salvación. En aquellas clases, nuestro Senpai no
sólo no enseñaba a golpear sino que nos enseñaba disciplina y nos inculcaba la
importancia de que aquel “arte” no era llamado así por casualidad y que no era
un modo de pegar a la gente, siendo su uso sólo la última alternativa a la que
recurrir en casos muy extremos.
La paz de aquel jovencito me
cautivó desde el primer momento. Era tan diferente a mí que supongo que
nuestros polos opuestos no pudieron evitar atraerse. Él tenía dieciocho años y
yo tenía catorce, todo un mundo por aquel entonces, pero con el paso del
tiempo, aquella complicidad que teníamos en los entrenamientos derivó en una
amistad que pudimos cultivar un par de años más tarde, cuando mis dieciséis y
sus veinte seguían siendo un mundo para determinadas cosas pero no tanto para
charlar y echar un rato divertido.
A mis padres no les parecía del
todo mal. Conocían al chico, de hecho, me habían apuntado a las clases porque
era hijo de un amigo que tenían y éste les había comentado que quizás su hijo
pudiera ayudarme a mejorar como persona. Sabían que, a pesar de la diferencia
de edad y mi carácter, yo era una chica madura y él un chico responsable y que
no pasaría nada que no quisiéramos ninguno de los dos, es especial, yo, ¡buena
era!
Además, cuando estábamos en clase
él no mostraba ante mí ninguna deferencia especial y yo tampoco abusaba de su
confianza. Allí él era mi Senpai (aunque pronto se examinó y pasó a ser mi
Sensei) y yo su Kohai (o alumna) y nada más. Pero cuando quedábamos fuera del
Dojo, nos contábamos nuestras cosas y confiábamos el uno en el otro como harían
dos amigos cualesquiera.
No dejamos que fuera a más hasta
mucho más tarde. De hecho, él tuvo novia durante aquel tiempo y yo tuve varios
rolletes sobre los que le hablaba sin ningún pudor. A veces, cuando nos
mirábamos, sabíamos que había cierto deseo entre ambos pero, de alguna forma,
no nos parecía oportuno dejar que aquello siguiera su cauce y lo dejábamos
pasar sin darle importancia.
Pero resultó que tuvo que ser
algo más que deseo lo que había porque, en décimo octavo cumpleaños, justo
cuando me convertí en “adulta” para la sociedad, coca cola en mano, nos
encontramos casi sin querer bailando juntos en aquel local que habían alquilado
mis amigos para la ocasión y, sin pensarlo, terminamos besándonos y, en aquel
beso, el dique que habíamos construido en torno a lo que sentíamos se desbordó
y, al fin, nos dejamos llevar, sellando aquella misma noche un amor que, hasta entonces,
nos habíamos negado.
Alguna vez bromeo con él sobre el
tema y le digo que parece que estaba esperando que fuera mayor de edad para que
no pudiera denunciarle. Él sonríe y me dice que eso es precisamente lo que
hizo, pero bien sé que no fue así. Simplemente, de alguna manera,
inconscientemente, quisimos asentar unos cimientos seguros de amistad antes de
colocar sobre ellos nuestra historia de amor que, como todas, tuvo sus
altibajos, pero que siempre se mantuvo firme gracias a ese cariño, a esa
confianza y a esa amistad que nos sostenía.
Salva no creía en el matrimonio.
No veía la necesidad de pasar por la Iglesia, ni por el juzgado ni por ninguna
parte para sellar lo que sentíamos. En todo caso, veía el lado práctico y decía
que, en caso de ser necesario, podíamos firmar unos papeles para que si pasaba
algo oficialmente tuviéramos derechos el uno sobre el otro, por así decirlo, y
ya está. Yo siempre le miraba con la misma cara escéptica y le recordaba que yo
quería casarme a lo grande y él, tras mi retahíla de razones por las que
hacerlo, sólo me sonreía y callaba.
Alguna vez pensé que mi sueño no
se cumpliría, que realmente él jamás aceptaría dar ese paso. Sin embargo,
Salva, como siempre hacía con todo, guardaba en su silencio y su sonrisa todas
sus intenciones y, en nuestro décimo aniversario, tras salir a cenar como
solíamos hacer para celebrar, tanto nuestros años juntos como mi cumpleaños,
justo en el portal de la casa que llevábamos compartiendo dos años, se
arrodilló y me pidió matrimonio.
Y, a partir de aquel día, aquel
sueño que se me antojaba lejano se convirtió en algo tangible, en algo que me
estaba pasando a mí. Cuando sentía que no podía ser posible, el anillo en mi
dedo corazón me recordaba que era verdad, que era una mujer prometida con el
amor de mi vida y que, pronto, sería una mujer casada. Disfrutaba cada detalle
como las niñas. Me hice con un archivador en el que fui anotando todo lo que
creía que teníamos que tener en cuenta, creé distintos apartados: Invitados,
Ceremonia, Convite, Detalles… Fue anotando lo que había que contratar, haciendo
tablas de presupuestos, buscando en diferentes lugares para obtener los mejores
precios… Apenas dejé que Salva se implicara, a veces él me preguntaba si necesitaba
algo y yo me negaba. Lo tenía todo bajo control.
Todo, menos una pandemia que
parase el mundo justo tres semanas antes de mi boda…
Recojo las invitaciones de sobra,
donde la fecha prevista ya no tiene sentido, y las guardo, junto a las cajas con
los detallitos encargados para los invitados, el mural con fotos que había
preparado para la entrada del convite, los adornos para las mesas, los meseros
y los carteles que daban nombre a las mesas para que cada uno supiera dónde
sentarse. En ese momento, escucho la puerta y trato de secarme las lágrimas; me
niego a que Salva añada a sus preocupaciones una novia histérica por no poder
celebrar su boda. Pero me conoce, me intuye, y se acerca a mí para besarme sabiendo
que algo no anda bien.
-
¿Hurgando otra vez en el armario de la boda? –
Es el título que le ha dado a ese armario donde guardo todo para cuando pueda
ser.
-
No, yo… - Es inútil. El armario está cerrado y
yo en el pasillo pero él sabe de dónde vengo, él sabe, sin preguntar, lo que
llevo horas haciendo.
No quiere tocarme, pero sé que se
muere por abrazarme. Siempre evita el contacto a pesar de haberse cambiado de
ropa antes de venir. Sin embargo, se acerca un poco me pide:
-
Dúchate conmigo.
No hace falta decir nada más.
Mete la ropa en una bolsa, se mete primero en la ducha mientras yo voy
desnudándome y se da un primer frotado antes de que yo entre. Al hacerlo y
cerrar la mampara, me acoge entre sus brazos y me besa, despacio, con dulzura,
como siempre me ha besado él.
-
Vas a ser mi mujer, lo sabes, ¿no? No pienso
compartir esto con nadie más… - Me susurra, mientras desliza sus labios por mis
hombros, mis pechos y mi ombligo, bajando más allá de lo moralmente aceptable.
-
Lo sé… - Susurro débilmente, entregada a él.
Instantes después, mojados,
enjabonados y bromeando, me coge la cara entre sus manos y, clavando su mirada
azul en mis ojos verdes me confiesa algo que no dice a menudo:
-
Te quiero. Y vas a tener la boda de tus sueños. - Sonríe, con esa sonrisa enigmática que puede significar cualquier cosa. - Voy a hacerte feliz…
-
Ya me haces feliz, cariño. – Le contesto,
llorando de nuevo, disimulando mis lágrimas de emoción con el agua de la ducha.
– Yo ya soy feliz.
Él vuelve a abrazarme y, al salir
de la ducha, nos tumbamos en la cama y sellamos, de nuevo, una unión que, algún
día, será oficial. Algún día…
Comentarios
Publicar un comentario