DÍA 14. VIERNES. Raquel: Días universitarios


RAQUEL

Viernes. El día de las fiestas, las salidas. El comienzo del fin de semana, aunque me da a mí que en breve debería llamarse días del final de la semana, puesto que ahora los chavales comienzan la fiesta el jueves y la terminan prácticamente en la madrugada del lunes.

Recuerdo mis días en la universidad. Dicen que la carrera de medicina es dura y no seré yo quien diga que no, pero tampoco puedo decir que eso me privara de vivir la vida universitaria a tope. Estudiaba mucho y, ciertamente, a diario mi vida se resumía en ir a la universidad y a estudiar en casa. Pero el sacrificio merecía la pena. Los viernes y los sábados, mis amigos y yo salíamos a “quemar el barrio.” Y vaya si lo quemábamos…

Los dos primeros años, cuando aún era una chica soltera y sin compromiso, cuando la mayoría de edad era un regalo para nosotros, cuando la juventud nos hacía sentir inmunes a todo, salíamos a beber hasta morir, a bailar sin descanso, a despertar, en ocasiones, en casas ajenas muy bien acompañada… No quería atarme a nadie, tenía muy claro que la vida universitaria era para vivirla y que con una pareja sería imposible disfrutarla del mismo modo en que yo lo estaba haciendo.

No me equivocaba, al menos, en parte.

Manu apareció cuando y donde menos lo esperaba. Fue una de esas cabriolas del destino que hacen que una, bastante escéptica por naturaleza, se haga plantearse si realmente tendremos un camino establecido, un guión a seguir, una vida ya organizada que nos limitamos, simplemente, a seguir pensando que realmente nuestras decisiones son nuestras… La cafetería de la Facultad sufrió un pequeño percance (las lluvias de aquel otoño hicieron que el viejo techo sufriera graves goteras) y tuvimos que buscarnos otro sitio donde tomar algo en los descansos. Fuimos probando en distintas cafeterías de las facultades vecinas, hasta que aquella tarde, después de las prácticas, decidimos probar la de Ingeniería. No estaba al lado, precisamente, pero un paseíto nos ayudaría a descansar un rato las mentes que, después de aquel día de clases por la mañana y prácticas con cadáveres por la tarde, bien lo necesitaban.

Nos sentamos en una mesa que vimos vacía y nos levantamos por turnos para pedir lo que nos apetecía tomar. No me percaté de su presencia hasta que su codo, apoyado en la barra, rozó mi mano.

-          Perdona. – Me dijo.

Era alto, moreno, de ojos negros. No era precisamente guapo, pero llamaba la atención o, al menos, a mí me la llamaba. Tenía un rostro masculino, semblante serio y voz grave. No le di mucha importancia, había muchos chicos que llamaban mi atención a lo largo del día y eso no quería decir realmente nada. Volví a la mesa con mis compañeros, bandeja en mano. Ya que había que merendar, se merendaba bien: pitufo mixto, zumo de naranja, chocolate caliente. Estuvimos un rato charlando de lo que habíamos hecho aquel día, de las anécdotas en clase y de lo que más estaba costando asimilar a cada uno de nosotros.

Cuando terminamos, me levanté con mi bandeja para dejarla en el sitio destinado para ello. Al soltarla y darme la vuelta, me di de bruces con alguien que iba también a soltar su bandeja. Cuando levanté la vista, me encontré de nuevo con aquella mirada azabache clavada en mis ojos.

-          Vaya, lo siento otra vez… - Le escuché decir. – Parece que hoy la tengo tomada contigo.
-          No es nada. – Sonreí.

Entonces, él me devolvió la sonrisa. Sé que puede sonar absurdo pero, en aquel instante, me enamoré. Aquel gesto iluminó su rostro de un modo inimaginable y, más allá de la belleza que pudo otorgarle, hizo que mi corazón latiera más rápido y me hizo sentir un calor que iba más allá de lo puramente sexual.

Sin embargo, ¿qué sentido tenía? Yo no creía en el amor a primera vista y, además, nada había que hacer. Él se iría, yo me marcharía y era sumamente complicado que volviéramos a vernos, ¿no?

-          ¿Estudias aquí? – Dijo él, entonces, como si tampoco quisiera que el encuentro se acabara. – No te he visto hasta ahora…
-          Es que estudio en otra facultad. Medicina. – Aclaré.
-          Vaya, ¡una eminencia! – Sonrió de nuevo, llenándome de nuevo de mariposas el estómago.
-          Bueno, tengo entendido que en esta facultad tampoco es que la cosa sea muy sencilla…
-          Supongo que depende de cómo se vea, pero en general necesito varias horas fuera de aquí para asimilar lo que nos enseñan, así que…
-          Uf, yo me perdería con tanto número.
-          Y yo sería incapaz de trabajar con personas, vivas.
-          Empezamos por las muertas, si eso te relaja. Por eso de no poder dejarlos peor…- Intenté bromear. 

     Pareció funcionar. Justo en ese momento vi que dirigía su mirada al grupo con el que parecía estar, que se levantaba. Mis compañeros de facultad también estaban ya de pie, esperándome en la puerta. 

     – Bueno, pues…
-          Habrá que irse, ¿no? Es buena hora… 
-          Sí…
-          ¿Volverás a merendar por aquí algún día?
-          No sé. La cafetería de mi facultad está cerrada temporalmente así que… puede ser.
-          Pues… podríamos vernos.
-          Claro… - Y, en un amago de valor, continué. - ¿Quieres mi teléfono y así no lo dejamos todo en manos del destino?
-          Sí, sí, me encantaría… Soy Manuel, por cierto, aunque todos me llaman Manu.
-          Yo, Raquel.

Dos tardes después volví a aquella cafetería, pero esta vez sola. Manu me esperaba y, curiosamente, ya había pedido exactamente lo que yo pedí la primera tarde.

-          Espero que vengas con la misma hambre que el otro día.
-          ¿En serio te fijaste en todo lo que pedí?
-          Bueno, pediste antes que yo y, no sé. – Clavó su mirada en mis ojos y confesó. - En realidad, me fijé en ti.

No hizo falta mucho más. Aquella misma tarde, con la impaciencia de la juventud, terminamos desnudos en la cama de su piso de estudiante y, dos meses después, empezamos a salir oficialmente.
No nos veíamos a menudo, la semana de estudio era sagrada para los dos. Pero el fin de semana… El fin de semana procurábamos vernos todo el tiempo posible. Eso significó cambiar algunos hábitos, claro está, pero cuando uno está enamorado, poco importa. Los viernes salíamos con sus amigos; los sábados, con los míos. Y los domingos nos quedábamos siempre en su piso o en el mío, tirados en la cama, viendo algo en el ordenador, hablando, besándonos, disfrutando el uno del otro. Cuando caía la tarde, nos despedíamos hasta el viernes siguiente, aunque seguíamos hablando durante la semana.

Descubrí que tener novio no era algo tan excluyente si tú no lo convertías en algo así y disfruté de los siguientes dos años de carrera de un modo diferente pero parecido. Manu terminó su carrera antes que yo y tuvo que volver a casa de sus padres mientras buscaba algo de lo suyo. Tuvimos suerte y, apenas dos meses después, pudo entrar en una empresa cercana a la facultad a trabajar de lo suyo. No ganaba una pasta pero aquel trabajo le permitió venirse a vivir conmigo y con mi compañera de piso, un alivio para ambas puesto que la tercera compañera también había terminado el curso anterior y nos tocaba pagar más de piso a ambas. Además, Manu ya la conocía y, por suerte, se llevaban de maravilla.

Tras su periodo de “becario”, gustó tanto a la empresa que decidieron contratarle un año más. Con un sueldo más digno, me propuso que nos fuéramos a vivir a un piso juntos los dos y acepté. Acababa de terminar la carrera y me tocaba preparar el MIR, así que no me vendría mal un lugar donde estar sola gran parte del día y eso no pasaría en mi casa familiar, con tres hermanos, dos perros y mis padres.

La vida avanzó y nosotros avanzamos con ella casi sin darnos cuenta. Conseguí aprobar el MIR, pasó mi periodo de residente y él seguía contratado en aquella empresa que lo hizo fijo poco después. Una vez nos medio establecimos, buscamos un piso que nos gustara a ambos y decidimos embarcarnos en la aventura de hipotecarnos. Cuando, meses después, me pidió matrimonio, bromeé diciéndole que el piso ya nos había unido “hasta que la muerte nos separara” de un modo u otro…

Tenía treinta años cuando me quedé embarazada de Diana y, hasta entonces, Manu y yo habíamos seguido nuestra rutina de fin de semana. Ya no salíamos a quemar las discotecas como antaño, pero sí quedábamos, íbamos a bailar, tomábamos algo… Los fines de semana seguían siendo eso, fines de semana, días de fiesta, descanso, de estar juntos cuando el trabajo lo permitía… Cuando la niña nació, todo aquello quedó relegado a un segundo plano y, de cuando en cuando, admito que lo echaba de menos.

Hoy, viernes, recuerdo triste todo aquello. Porque es viernes pero bien podría ser lunes o martes. Porque ahora no hay días de fiesta ni de descanso ni de nada. Pero mi dolor no es importante, así que lo aparco en la puerta del vestuario, donde llevo un rato poniéndome todas las protecciones de las que disponemos con ayuda de un compañero antes de comenzar mi turno de trabajo y, con una sonrisa que nadie ve por la mascarilla pero que espero que transmitan mis ojos a través de la máscara de plástico que me cubre la cara, me encamino a comenzar, de un modo especial, otro fin de semana más de trabajo.

Quizás, con “suerte”, en breve las urgencias vuelvan a llenarse, estos días, de inconscientes que han bebido más de la cuenta… Quizás…

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