DÍA 13. JUEVES. Encarnación y la solidaridad vecinal.
ENCARNACIÓN
Ayer me ocurrió algo muy curioso.
Asomada a la ventana, como cada día a las ocho, aplaudía con ganas cuando
Nacho, uno de mis vecinos de piso, asomada a la ventana como yo, se dirigió a
mí:
-
Señora Encarna, ¿cómo está usted?
Solía preguntarme cada día. Yo le
contestaba siempre que estaba bien, que todo estaba bien, y él me sonreía y
volvía a meterse en su casa. Sin embargo, esta vez la conversación se alargó un
poco más.
-
Y, ¿le hace falta algo?
-
¿Algo? – Le pregunté, sin entender.
-
Verá… - Parecía no saber muy bien cómo
continuar. – Los chicos del 5º, las del 6º y nosotros hemos comenzado a
establecer una rutina de compras para que no vayamos todos todas las semanas.
Mañana me toca a mí y he pensado que, a lo mejor, como usted vive sola,
necesita algo y yo se lo puedo comprar. Incluso cosas de peso, que a lo mejor
le cuesta a usted más… Así le ahorro salir y se cuida…
Dijo esto casi avergonzado, como
si admitir que para mí era más arriesgado salir fuera decirme a la cara que era
vieja. ¡Pero es que realmente lo soy!
-
Pues… no he echado de menos nada pero si me
consiguieras algo de harina y leche…
-
Hágame una lista con todo lo que quiera, sin
miedo ni compromiso. Mañana cuando vaya a salir toco su timbre y me pasa usted
la nota por debajo de la puerta, ¿de acuerdo? Pídame lo que necesite, ¿eh? Por
cierto, ¿sabe de alguien más del bloque que pueda necesitar ayuda?
Sonreí. Aquel joven siempre había
sido un encanto conmigo; las pocas veces que nos cruzábamos en el ascensor o en
el portal o en el mismo pasillo, ya había podido demostrar su caballerosidad y
gran corazón con pequeños detalles: me cogía las bolsas, sujetaba la puerta, me
dejaba pasar… Quizás a algunas jóvenes de la generación actual aquellos gestos
las molestaran, pero a mí me parecían una galantería digna de alabar que, por
desgracia, se estaba perdiendo. Yo no podía ofenderme. Dudo mucho que Nacho
pensara que yo era más débil por ser mujer y que por ello tuviera que tener
esos gestos conmigo. De hecho, Nacho vivía con su novia y me constaba que,
cuando iban juntos, muchas veces era ella la que le abría la puerta a él y
viceversa otras tantas. Así pues, creo que su deferencia hacia mí era,
simplemente, porque yo era mayor y a él lo habían educado así.
Ahora que la vida se había
complicado un poco, la bondad de Nacho se extendía algo más allá de lo
habitual. Me acordé de Don Bernardo, un hombre que había enviudado hacía poco
más de un año y que apenas podía salir a la calle solo. Sus hijos vivían fuera
y quizás a él le vendría bien algo de ayuda. Se lo dije a Nacho, que anotó su
piso para ofrecerle su ayuda. Me despedí de él no sin que antes me recordara
que le hiciera la lista que yo considerara.
Hoy, puntual, ha sonado el timbre
de mi puerta a las once de la mañana. “¡Señora Encarna, soy yo!” Ha sonado la
voz de Nacho tras la madera. Deslizando la nota bajo la puerta, le he
contestado. “Nacho, te dejo ahí lo que creo necesario. Te dejo también 50
euros, ¿vale?” “Vale, señora Encarna, pero no era necesario…” “Me quedo más
tranquila si te doy el dinero antes, no te preocupes. Muchísimas gracias,
tesoro.” “No hay que darlas…”
Era curioso. Hablar a través de
la puerta con un joven con el que siempre había podido establecer contacto
visual era una novedad para mí. Iba a sentarme en el sofá cuando sonó el
teléfono. Era mi Isa, que me llamaba para ver qué tal. Le conté que todo bien y
me preguntó que cómo llevaba lo de la comida, que si necesitaba que se acercara
a casa a traerme algo. Le sonreí y le conté lo que me había pasado con Nacho.
Ella pareció alegrarse de que hubiera personas así en mi edificio y me comentó
que le parecía una idea muy buena y que iba a llevarla a cabo ella misma en su
propio bloque. Sonreí, mi pequeña siempre había sido generosa con todos y no
dudé en que ella sería, en pocos días, el Nacho de alguna señora o señor mayor
de su bloque. Tras una breve charla donde me contó la última travesura de los
pequeños, colgué.
Algo más tarde, el timbre de mi
puerta volvió a sonar y la voz de Nacho sonó tras la puerta. “Le dejo las
bolsas aquí y la vuelta en un guante de plástico de los del súper, ¿vale?
Espero que esté todo bien.” “Seguro que sí…” “¡Ya puede abrir!” Le escuché
gritar desde su puerta. Abrí y le saludé de lejos, mientras él, con sus guantes
y su mascarilla, entraba en su casa. Cogí las bolsas del suelo y entré en casa.
Aún no había cerrado cuando noté la puerta de Nacho abrirse de nuevo. “Señora
Encarna, le he metido también jabón desinfectante. Es conveniente que limpie
todo lo que le he llevado antes de guardarlo, ¿de acuerdo?” Sonreí. Aquel joven
se preocupaba realmente por mí. “Vale, seguiré tus instrucciones.” “¡Cuídese!”
Me dijo, antes de cerrar la puerta de nuevo.
Y, entrando en mi casa, me
dispuse a hacerle caso y a idear el modo de ser yo parte también de aquella cadena de favores.
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