DÍA 12. MIÉRCOLES (Segunda semana)
DAVID
Miércoles y, como cada día desde
el sábado, me dirijo al hospital una vez he desayunado y me he puesto algo
decente para ver a mi hija.
Mi hija, aún se me hace extraño
decirlo…
Recuerdo el primer día que la vi,
hace ya cuatro Tras derrumbarme sobre Raquel, una vez me relajé, ella me
acompañó a la sala de neonatos y allí, protegida por la incubadora pero, en
contra de todos mis miedos, sin apenas ninguna maquina pegada a ella, mi
pequeña. Era, realmente, pequeña, pero estaba totalmente formada. Sus manitas,
sus pies, su cabecita, destacando en tamaño del resto del cuerpo…
Raquel habló con el médico de la
zona y éste, con una sonrisa, se presentó como el médico que se había hecho
cargo de la cesárea de Lorena, presentándome, unos minutos más tarde, a la
pediatra que controlaba que mi bebé estuviera bien.
-
La niña parece bastante sana. – Me comunicó
ella. – Necesitará unos días aquí, para que comprobemos que, una vez fuera de
su madre, puede realizar todas sus funciones vitales por sí sola, pero no es
excesivamente prematura y, viéndola como está ahora, no creo que tengamos que
mantenerla aquí más de una semana.
-
David… - Me tocó el brazo Raquel. – Estamos a la
espera de los resultados de la prueba para comprobar si su madre le ha
transmitido el virus o no.
Mi cara se transformó. Tras lo
que me había dicho la otra mujer, un rayo de luz se había colado entre la
oscuridad de mis pensamientos, pero de repente todo volvió a ser negro.
-
¿Me estás diciendo que ella podría…?
-
No lo sabemos, David, pero no te preocupes.
-
Pero, si lo tuviera, ella…
-
David… - Raquel me agarró los hombros con sus
manos y me miró. En sus ojos vi de nuevo el cansancio, pero ahora también el
arrojo y la valentía con la que se enfrentaba cada día a aquel enemigo
invisible para nosotros. – Mírala. Está bien. Y pronto se irá contigo a casa,
¿de acuerdo?
Entendí que es lo que tenía que
pensar. Tenía que ser positivo. Tenía que tener esperanzas y no rendirme.
-
De acuerdo. ¿Podría…? Toqué el cristal que me
separaba de mi pequeña. La doctora de antes se me acercó.
-
Venga conmigo…
-
Vale… - Contesté, mirando aún ese trocito de mí
que dormitaba sin darse cuenta de nada.
Sin darme
cuenta, entré donde estaba mi pequeña, y casi sin lograr recordar cómo había
llegado hasta allí, de repente, la doctora puso a mi niña entre mis brazos. Era
pequeña, sí, algo más que la ropita que descansaba a su espera en el cuarto de
casa, pero no tanto como para pensar que le pudiera pasar nada malo. A mi lado,
claro está, era diminuta. La observé, completamente enamorado de esa carita, de
esas manitas, de ese cuerpito caliente que se apoyaba contra el mío.
Abrió los
ojos un segundo, como si quisiera conocerme, y luego, volvió a cerrarlos. Supe,
en aquel entonces, que daría mi vida por esa pequeña. Que todo había valido la
pena.
-
David… - Unos minutos después, que para mí
fueron segundos, Raquel volvía a llamar mi atención. – Puedes quedarte aquí
pero no haces nada. ¿Y si vuelves a casa y mañana vienes con fuerzas renovadas
para echar el día con tu hija? Ahora, ella te necesita a ti.
No quería marcharme de allí.
Quería quedarme todo el tiempo posible con mi pequeña. Sin embargo, sabía que
Raquel, como siempre, tenía razón. Iría a casa, prepararía algunas cosas y,
mañana, nada más levantarme, vendría a ver a mi hija.
La doctora volvió a colocar a la
pequeña en su incubadora y yo me alejé, poco a poco, dispuesto a no dejarla
sola más tiempo del necesario. Y así fue. Desde ese día no dejo de venir cada
mañana, invertir horas y horas al lado de mi pequeña, a la que me dejan coger
un par de ratitos al día pero a la que acompaño durante horas, hasta que,
pasadas las seis, regreso a casa, cada día algo más cerca de poder llevármela
conmigo. Más aún ahora, que saben que la prueba dio negativo, que mi niña está
sana.
No me importa la incomodidad de
la silla. No me importan las horas mirándola sin poder hacer mucho más por
ella. Voy a regresar cada día, por ella y por mi mujer, que sigue sin poder
respirar por sí misma, que sigue sin poder conocer a su pequeña… Esta es mi
nueva rutina y pienso seguir así hasta lo que haga falta. Pienso estar con
ella. Regalarle todo el amor del mundo. Todo ese que su madre, tan cerca pero,
a la vez, tan lejos de nosotros, aún no puede darle…

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