DÍA 11. Martes (segunda semana)


REBECA

Las cosas no han ido a mejor desde la semana pasada. Por suerte, tampoco han ido a peor. Tras aquel encuentro, mi marido me dejó en paz durante un par de días, luego volvió a tener ganas de fiesta y, tras eso, hemos vuelto a nuestra rutina de que solo me hable para insultarme o criticar algo de lo que hago, pero poco más.

Soy una inútil. Para él, lo soy. De hecho, hace ya tiempo que para mí misma también.


Es curioso…

Recuerdo que cuando tenía doce o trece años me sentía la reina del mundo. Como ya he comentado, no es que la vida en mi casa fuera la ideal, pero tampoco podía quejarme. Ahora, con el infierno bajo mi techo, lo veo aún más claro. Mis padres no eran padres al uso. No eran padres colegas, ni siquiera esos padres que procuraban que las normas fueran acordadas entre todos. Eran padres, (siempre lo pensé) como de otra época. No mostraban su cariño ni su amor hacia mí de ninguna manera, se limitaban a establecer las cosas que podía y no podía hacer, así como las que debía y no debía hacer pero, más allá de esa carencia afectiva que quizás me empujó, antes de lo necesario, a los brazos de un hombre que prometían mucho más de lo que luego me dieron; nunca me faltó de nada.

Me recuerdo delante del espejo, ahora que me miro y no me veo. Me miraba, admiraba los pequeños cambios de mi cuerpo, maquillaba como podía el acné de mi rostro y realzaba con sujetadores con más relleno del necesario mis incipientes pechos. Me gustaba. Me gustaba mucho. De alguna manera, tenía un amor propio innato que la adolescencia, contra todo pronóstico, sólo acrecentó aún más. Me fui convirtiendo en mujer y disfruté del proceso y de sus cambios, aunque a veces estuviera enfadada, a veces triste, a veces eufórica.

Recuerdo a mi grupo de amigas. No era un grupo muy numeroso, sólo éramos cuatro locas dispuestas a comernos el mundo el tiempo que nuestros padres nos dejaban salir de casa. Como siempre, las normas más estrictas eran para mí. Mis amigas podían salir cada tarde, a mí sólo me dejaban hacerlo los fines de semana y, por supuesto, lo más tarde que llegué fue a las 10, cuando ya rozaba los quince años. Sin embargo, ni siquiera esas restricciones impidieron que lo diéramos todo allá donde fuéramos, daba igual que fuese el parque del paseo, la casa de alguna de ellas o, algo más tarde, la discoteca de menores que abrió cuando cumplimos catorce años.

Fue allí donde le conocí. No debería haber estado dentro, ya era mayor de edad, pero su carita infantil y su amistad con el portero de aquel lugar le permitieron que, con 18 años, pudiera compartir pista y refrescos con menores como yo.

En principio, tampoco era algo tan grave. Como él mismo me dijo en una de nuestras primeras conversaciones, después de que “sin querer” derramara mi Coca-Cola y me invitara a otra, había estado yendo a aquella discoteca meses antes, cuando aún tenía 17, y un día más o un día menos no había cambiado su forma de ser. Según me comentó, no le gustaba mucho trasnochar y prefería ir a una discoteca por las tardes que tener que ir a una de adultos por las noches. Sus amigos, algunos con 17 aún, lo tenían también complicado así que… Era una cuestión práctica y lógica o, al menos, eso me pareció a mí en aquel entonces. No podía ni imaginar que, simplemente, ya con esa edad, aquel joven buscara jovencitas inocentes a las que engatusar más fácilmente que a las de su edad.

Era guapo. Tenía una aire infantil curioso, con su pelo rubio y sus ojos caros con aire picarón. Era alto, y su sonrisa era todo un imán. Mis amigas también se fijaron en él pero, por algún capricho del destino, él sólo tuvo ojos para mí desde el primer momento. Quizás olió mi falta de afecto familiar, quizás yo misma me delaté al contarle más cosas de mí de las que debiera a un desconocido, no lo sé. El caso es que me convertí, ahora lo sé, en su presa, y fui excesivamente fácil de cazar.

Sólo nos veíamos los fines de semana, cuando yo salía e íbamos a la discoteca. Comencé a maquillarme de un modo más exagerado para parecer mayor, algo que hacía, por supuesto, en casa de una de mis amigas para que mis padres no dijeran nada. También comencé a vestir diferente, más provocativa, exagerando aún más las curvas que, cerca de los quince años, ya estaban más que remarcadas. Notaba cómo su mirada cada vez era más lujuriosa y eso me encantaba. Me sentía poderosa, como si tuviera, de alguna manera, el manejo de toda aquella situación. Nada más lejos de la realidad…

La primera vez que nos besamos fue a las tres semanas de conocernos. Sólo nos habíamos visto tres días, pero daba igual. Yo, con mi habitual facilidad de palabra, ya le había contado casi toda mi vida y él, astuto, me había contado lo justo para que yo sintiera que él podía ser mi salvador y darme todo el amor que yo echaba en falta en casa. Aquel beso fue tierno, suave, arrebatador. Hizo que sintiera, por primera vez en mi vida, un cosquilleo en partes de mi cuerpo que desconocía. Erizó el vello de mi piel y, sus manos, situadas en mi cintura, quemaban allá por donde se movían. Cuando se separó de mí, mis ojos le mostraron lo que quería ver: era vulnerable y, si lo quería, se lo daría todo.

De alguna manera, en aquel juego donde yo pensaba que enseñar algo más de mi cuerpo me daba el poder, dominaba, sin ninguna duda, su experiencia a la hora de conquistar a las mujeres. Depredador como era, sus besos cada vez exigían mucho más, y aunque le deseaba, yo no estaba segura de querer ir más allá. Mis amigas, que habían tenido varios escarceos con alguno de sus amigos, me animaron.

Ellas ya no eran vírgenes y les parecía una gran oportunidad poder “estrenarme” con un chico experimentado. Sin embargo, yo seguía sin tener claro qué hacer. Quizás fue la educación severa de mis padres, la falta de explicaciones o mi amor propio, pero me costó mucho acceder a que sus manos fueran más allá de la tela. Y, cuando llegó, fue él quien consiguió que fuera yo la que le suplicara ir más allá.

Jugó conmigo, ahora lo entiendo, aunque en aquel entonces para mí fue natural. Me hizo acceder a ir algo más allá y cuando encendió del todo mi deseo irrefrenable, quiso dar retractarse. Siempre se excusaba con la edad, decía que yo era menor y que podía meterse en un problema. Ahora entiendo que sólo quiso asegurarse de que yo jamás le acusaría de nada, de que fuera yo la que diera el primer paso de modo que no pudiera dar marcha atrás. Y lo consiguió. Una tarde, apenas un mes después de habernos visto por primera vez, me despedí de mis amigas bastante antes de la hora habitual y me marché con él. Me llevó a su casa, donde sus padres no estaban, y tras preguntarme muchísimas veces más si estaba segura de aquello, consiguió que fuera yo quien lo callara con un beso, que fuera yo la que torpemente trató de quitarle la ropa, que fuera yo, prácticamente, la que le suplicara que lo hiciera.

Y no, no fue horroroso. Tampoco fue la mejor experiencia de mi vida, pero la verdad es que me hizo sentir especial y, de alguna manera, me hizo suya para siempre. Me enganché a aquella sensación más que al sexo en sí. A sus palabras, a sus detalles, a sus caricias y su amor. A la sensación de ser única.
Vuelvo a mirarme al espejo y recuerdo todo aquello que me decía en aquellos días, cuando alababa mis ojos, mi sonrisa, mis pechos, mis piernas… Ahora sólo veo en su mirada azul desprecio y frialdad, y cuando su cuerpo y el mío se encuentran lo hacen de un modo violento y no deseado; no hay palabras hermosas, no hay caricias, no hay preguntas. Él da por hecho que es mi dueño y yo me dejo por no empeorar la situación en la que ya estoy.

Su falta de aprecio terminaron por empaparme, de alguna manera, y mis ojos tampoco a mí me parecen hermosos, y en mi rostro solo veo arrugas prematuras, y en mi pelo sólo destacan mis canas, y mis pechos no me parecen suficientemente hermosos y mis piernas se me antojan feas y gordas.

Ya no queda nada de aquella joven enamorada de sí misma que paliaba así la falta de cariño por parte de sus padres. Me entregué al amor ajeno y me olvidé de amarme a mí misma. Dejé de ser yo para ser siempre el reflejo de lo que él veía en mí. Y ahora que él no ve nada, me miro en el espejo y no me encuentro.

Y lo peor de todo es que, realmente, me da igual. No soy nada, no soy nadie. No siento nada…

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