DÍA 10. LUNES (segunda semana)
JOAQUÍN
Hoy vuelve a ser lunes y, de
nuevo, es un lunes bastante fuera de lo común. No es un comienzo de la semana
al uso. No ha habido madrugones, prisas, ni sensación de comienzo. Sólo ha
sido… un día más.
Aunque ayer es cierto que
procuramos no trabajar ni hacer tareas con los niños, tampoco pudimos hacer del
domingo algo demasiado especial porque, desde que esto ha comenzado, todos
nuestros días son bastante “especiales”. Estamos viviendo en familia como nunca
habíamos podido hacerlo y eso trae sus cosas buenas… y malas.
He procurado ser más paciente con
los niños desde que estoy aquí y no perder los papeles por pequeñas cosas, pero
he de reconocer que en esto, mi mujer tiene bastante más práctica, y no porque
pasara antes más horas con ellos que yo (es más, aunque siempre ha sido ella la
que se ha encargado de recogerlos a las dos del colegio una vez cerraba la
peluquería, por la tarde siempre era yo el que estaba con ellos, puesto que
ella siempre terminaba cerrando más allá de las siete y yo sólo trabajo por la
mañana. Sin embargo, teníamos espacios separados y eso era algo que, sin
saberlo, había estado disfrutando y que, realmente, necesitaba. Mis mañanas en
la oficina, sin otra preocupación que buscar el eslogan más pegadizo, la imagen
más impactante, la canción más sugerente para el producto a vender…
A pesar de que seguía siendo Olga
la que se encargaba de la jornada escolar de los pequeños, estábamos en casa y,
obviamente, ni mi jornada laboral podía ser de siete horas ni la de ellos de 5.
Nos solíamos sentar a trabajar sobre las nueve, nueve y media, pero ellos a las
diez y media ya estaban haciendo su descanso particular. No me molesta
escucharles reír, es más, he descubierto que es una banda sonora que me encanta
para mi trabajo. Y mi mujer, cantando con ellos, es toda una delicia.
Sin embargo, no somos una familia
de la tele y no todo el rato están cantando y riendo. También están los
momentos en los que la niña llora porque el hermano le ha quitado el lápiz que
estaba usando, el mayor se queja de que la hermana no le deja concentrarse para
hacer sus cuentas y, claro está, los momentos de máximo estrés en que mi mujer
da dos voces e impone su voluntad a base de gritos.
Suele ser en esos momentos en los
que dejo mi trabajo, esté como esté, y me acerco a la habitación donde
estudian. Dejo a mi mujer con el niño y me siento con la pequeña Elisa a hacer
lo que le toque en ese momento, a leer un cuento, a hacer plastilina… A mí
siempre se me dieron mejor las manualidades que a mi dulce Olga y ella es mucho
más paciente que yo a la hora de corregir las tareas de mi Tomás. Puedo estar
media hora, una hora… hasta que deciden que es hora de desayunar y nos vamos
juntos a la cocina, nuestro particular “recreo”. Tras eso, suelo poder
continuar trabajando hasta la una, una y media, cuando mi mujer deja a los
niños jugando y se pone a hacer la comida. Hay días en que están entretenidos
solos y puedo continuar con lo mío hasta que nos sentamos a la mesa, pero otros
días he de cerrarlo todo y ayudarles a comprender que las normas están para que
las cumplan y que jugar es divertirse los dos, no estar peleando todo el
tiempo.
Y suerte que tengo de que mi
mujer no tiene opción al teletrabajo. No quiero ni imaginarme cómo sería esto
si ambos tuviéramos obligaciones laborales que cumplir, niños que atender y
vida que vivir… Creo que, a la larga, esto último quedaría relegado al saco de
“cosas que se harán cuando haya tiempo”… Eso sí, por las tardes, mi mujer, para
no perder el hábito y ser feliz haciendo lo que le gusta, suele coger alguna de
sus cabezas e innovar algún peinado que se le ocurre o practicar otros que
tenía ya olvidados. Incluso a veces, se anima, y se graba para compartir con
otros compañeros de profesión y amigos todo su talento. En esos ratos, procuro
tener a los niños entretenidos y lejos de la habitación donde ella está para
evitar ruidos inesperados…
A partir de la merienda, volvemos
a estar todos juntos hasta la noche, cuando acostamos a los pequeños y nos
quedamos solo ella y yo. Y, la verdad, estos momentos sí son totalmente
diferentes…
Por primera vez en muchos años, a
pesar de estar cansados mentalmente, físicamente no lo estamos tanto. Ella no
lleva horas de pie atendiendo a sus clientes, yo no llevo desde las siete menos
cuarto de la mañana levantado y sin parar en todo el día. Se acurruca junto a
mí en el sofá como no hacía desde antes de tener a los niños y vemos una
película o alguna serie que nos parezca interesante. Y, al irnos a la cama, demoramos
algo más de lo necesario antes de dormir propiamente dicho. Nos tenemos ganas,
algo que, supongo, nunca se nos apagó, pero es que, además, tenemos ganas.
Tenemos la energía necesaria para no caer rendidos al tocar el colchón y, de
alguna manera, esta unión que hacía años que no disfrutábamos tan a menudo, nos
ha unido más durante el día y vuelvo a tener ganas de abrazarla porque sí, y
ella me besa dulcemente si se cruza conmigo por el pasillo, y nos sonreímos
como hacía años que no lo hacíamos.
Así que quizás este lunes no sea,
de nuevo, un lunes cualquiera. Pero pienso sacar todo lo bueno que pueda a esta
nueva forma de vida en familia.

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