DÍA 6. JUEVES. LA MITAD DE LA SEMANA
DAVID
Sigo con mi rutina diaria. Visita
por la mañana al hospital, regreso a casa, soledad, trabajo, llamada de Raquel,
cena y a dormir (o, al menos, a intentarlo, aunque el sueño se resiste cada día
más a llegar a mi cama, solitaria desde que ella está ingresada).
Hoy es jueves. Lo sé por el
calendario, no porque lleve una cuenta de los días. Me he obligado a saber en
qué día vivo, más por motivos prácticos del trabajo que por mí mismo. Mi jefe
me ha ofrecido coger una baja por todo lo que está pasando pero, en el fondo,
creo que necesito trabajar. Esas horas en las que me centro en mi ordenador,
haciendo algo que sigue siendo igual que antes de todo esto, (aunque lo haga
desde casa), consigo volver a ser yo y sentirme una persona normal, y no ese
despojo humano que soy cuando recuerdo a mi mujer y a mi futura hija solas en
el hospital.
Cierro el ordenador a las ocho,
salgo a aplaudir; a pesar de que para mí esos aplausos no deberían cesar nunca
al menos, no está mal que la gente se dé cuenta de la importancia de ciertas
profesiones, aunque sea sólo en casos extremos. Además, me sirve para ver a
otras personas, para salir un poco de mi depresión e intentar creer que,
pronto, saldrán conmigo también mi mujer y mi bebé.
Raquel, puntual como siempre, me
llama a las ocho y media. Siempre lo hace cuando sale de trabajar. La imagino
sentada en su coche, agotada después de la jornada laboral y deseando ver a su
marido y a su hija pero, aún así, lo primero que hace al colocarse delante del
volante es llamarme para decirme que todo va bien. Sin embargo, esta vez es
diferente. Es una videollamada. Intuyo que se ha equivocado pero, al cogerlo,
se me ilumina la cara. No es Raquel la que está al otro lado de la pantalla,
sino Lorena. Está demacrada, con una mascarilla en la cara, pero en sus ojos
brilla la misma ilusión que en los míos.
- - Cariño…
- - David, a Lorena le va a costar un poco hablar
contigo, ¿vale?
Asiento ante las palabras de
Raquel. Veo cómo Lorena se quita la mascarilla y me saluda con dificultad. Se
me encoge el alma al pensar en lo que estará pasando, en lo que estará sufriendo.
Sin embargo, sus primeras palabras son, como siempre, altruistas.
-
- Ella está bien, cariño. Está bien.
Noto su respiración, cansada,
pesada, difícil. Me duele, me duele verla así, me duele sentirla así y estar
tan lejos. Y, sin embargo, sólo escuchar su voz y poder contestarle hace que me
sienta mejor que en todos estos días.
-
- - Lo sé, cielo. Ojalá pudiera estar allí con
vosotras. Yo…
- - No pasa nada… - Me dice. – Sé que estás con
nosotras. Lo sé…
Noto que le falta el aire. Raquel
se apresura a colocarle la mascarilla en la boca y, en ese movimiento, consigo
verla a ella también. Va totalmente tapada, de arriba abajo, como cuando en las
películas las personas entran en zonas contaminadas. Supongo que, de alguna
manera, ahora mismo la habitación de mi mujer es algo así.
-
- David, ella está bien pero, como ves, se fatiga
mucho.
Veo que Lorena gesticula mientras
Raquel habla, así que ella vuelve a pasarle el teléfono.
-
- Lorena, no digas nada. Pronto estaremos juntos,
ya lo verás. Tú solo… cuídate, ¿vale? – Ella asiente con la cabeza. – Te
quiero. – Veo dos lágrimas caer por sus mejillas y, sin darme cuenta, yo
también siento en mi rostro el calor de las lágrimas. Intento sonreír para
transmitirle fuerzas. – Seguiré día tras día pendiente de ti, ¿de acuerdo?
Raquel le coge el teléfono a
Lorena.
-
-Intentaré que podáis veros, aunque sea así, de
vez en cuando, ¿vale?
- - Raquel… gracias.
- - Ojalá pudiera hacer algo más…
La llamada termina y me siento
extraño. Verla ha sido duro pero también me ha dado fuerzas para seguir. No
puedo hundirme, yo no. Ahora que las fuerzas están abandonándola a ella, soy yo
el que tiene que mantenerse firme y fuerte por los dos. Y no voy a fallarle. Se
lo debo a mi mujer. Se lo debo a mi hija. Y me lo debo a mí mismo. Voy a seguir
aquí por ellas. Para cuando vuelvan a casa. Para cuando esto vuelva a ser un
hogar.
JOAQUÍN
Los días pasan y, lo que parecía
algo novedoso, se va convirtiendo en rutina poco a poco. Pero, como siempre
pasa con lo que se convierte en rutinario, la magia del inicio también se
diluye con el paso del tiempo y lo que parecía ideal va convirtiéndose en pura
monotonía.
Hoy, de nuevo nos hemos levantado
todos juntos, hemos desayunado juntos y luego he podido meterme en mi
“despacho” para trabajar. Sinceramente, echo de menos mi oficina. Alejarme un
rato de todo esto, dejar de ser padre y marido un tiempo para ser sólo
publicista, para poder sumergirme en el silencio de mi despacho real, con
música de fondo, inspirándome para la próxima campaña.
Suena mal, lo sé. Pero, aunque mi
mujer intenta que mis horas de trabajo sigan siendo mis horas de trabajo, sé
que para ella también está siendo duro este regreso a ser el ama de casa que
jamás quiso ser. No es que no queramos a nuestros hijos. No es que no nos
queramos nosotros. Claro que lo hacemos. De hecho, el día más bonito de la
semana siempre ha sido el domingo, ese día para nosotros, esas horas para
dedicarnos en cuerpo y alma a lo que somos. Pero… Ahora que todos los días son
domingo, se nos hace un poco cuesta arriba. Hemos perdido nuestro rato de
independencia, nuestros momentos a solas, nuestras rutinas adquiridas durante
años; y estas otras, impuestas casi a la fuerza, no nacen de lo que elegimos,
de lo que queríamos ser, y eso pasa factura…
Estaba en mi cuarto, trabajando,
cuando ha venido Tomás a preguntarme una duda de sus deberes de mates.
- -¿No está mamá con vosotros? – Le he preguntado.
Puede sonar egoísta, pero yo
seguía trabajando. Ella, con la peluquería cerrada, no tenía “nada” que hacer,
y yo seguía trabajando. Los primeros días se había encargado de los niños sin
problemas, así que di por hecho que seguiría así.
-
- Sí, pero está haciendo un trabajo con Elisa… ¿Me
ayudas?
Dejé de lado por un momento lo
que estaba haciendo e intenté atender lo mejor que supe a mi hijo. Nunca he
sido paciente, precisamente, y sé que mi don para explicar es limitado (cada
cual tiene sus virtudes), pero creo que conseguí hacerlo bastante bien, porque
a los 15 minutos parecía tener todo claro y volvió al cuarto.
El trabajo estaba siendo duro,
nada me salía como quería. El jefe acababa de devolverme mi última propuesta
con más pegas que aceptación y ya no sabía qué más hacer para arreglarlo.
Decidí descansar un rato y volver más tranquilo tras la comida.
Después de comer, me senté un
rato a ver la tele y despejarme. Mi mujer se quedó fregando y, al rato, la
escuché llamarme.
-
- Joaquín, necesito que te pongas con los niños un
rato. No me da la vida para más, de verdad.
- - Vale, pero a las 5 tengo que volver “al curro”.
- - Dame al menos esas dos horas…
Como los hijos también son míos,
a pesar de que en el fondo creo que necesito descansar antes de volver al
trabajo, dejo que mi mujer tenga sus dos horas a solas antes de volver a la “oficina”.
Pero los niños también empiezan a
estar aburridos de no salir y empiezan a reclamar una atención que su madre y
yo (sobre todo su madre, que es la que está con ella la mayor parte del día),
no sabemos darles. No estamos acostumbrados a estar tantas horas en casa ni
tantas horas con ellos.
Escucho a mi mujer dando una voz a
mitad de la tarde. Creo que las tareas de la mañana han agotado su paciencia y
las dos horas que le he cedido por la tarde no han sido suficiente. Aún así,
sigo trabajando. Un rato más tarde, Elisa viene corriendo hacia mí llena de
pintura.
- - Papá, ven a ver lo que hemos hecho, ven…
- - Papá está trabajando, cariño, ahora mismo no
puedo. En un rato…
- - Papá, es solo un momento, ven…
- - Hija, te he dicho que…
- - Vamos, papá, ven ahora…
En ese momento, Elisa apoya su
mano manchada sobre mi ordenador y tira de mí con la otra, manchándome la
camiseta que llevo puesta.
-
-¡Elisa, te he dicho que ahora no! – La niña abre
los ojos. No está acostumbrada a escucharme gritar, mucho menos a ella. Pero
yo, desviando mi vista de mi camisa manchada al ordenador, termino de perder
los papeles. No ha sido un buen día y ella ha puesto el punto que faltaba al
guión. - ¡Mira lo que has hecho! – Mi hija mira el lugar que señalo y se
encoge. Sabe que no debe tocar determinadas cosas y, mucho menos estropearlas.
- ¡Te he dicho mil veces…!
No puedo terminar. Elisa comienza
a llorar y no puedo continuar regañándola. Sé que he pagado con ella mi
frustración en el trabajo pero ya es tarde. Quiero tocarla pero sale corriendo
en busca de su madre, que no tarde en venir con ella en brazos.
- - A ver, qué ha pasado… - Dice, paciente, aunque
noto en su rostro el cansancio de estar cargando con todo en casa.
-Vine a decirle a papá que viniera a ver lo que
estábamos haciendo, lo toqué y… y… lo manché todo… - Dice mi pequeña, aún con
lágrimas en los ojos.
- -Cariño… - Le digo, suavizando la voz. – Lo siento.
No tenía que haberte gritado. No pasa nada.
- -Pero… pero…
- -Ala, dale un beso a papá, anda, y vete un ratito
con Tomás, que mamá y papá ahora limpian todo sin ningún problema. – Dice su
madre, conciliadora. La niña me besa, aún sin estar convencida de que esté todo
bien. Luego, baja de los brazos de su madre y se marcha con su hermano.
Mi mujer me mira, seria.
-
-Ya, ya lo sé… He perdido los papeles. Llevo un
día horrible…
- - ¿Horrible? – Me espeta, sin darme tiempo a decir
más. – Llevas un día como cualquier otro en tu trabajo. Más duro o menos duro,
pero como siempre, ¿no? – Sólo me da tiempo a mirarla, casi sin asentir. - ¿Y
yo? ¿Qué día llevo yo? Me he encargado de los niños, la comida, la casa… ¡De
todo! ¿Y tú? ¿Qué estabas haciendo tú?
- -Sigo trabajando, por si no lo recuerdas.
- - ¡Oh, sí, perdone usted, que está trabajando! Lo
entiendo, ¿sabes? Lo entiendo. Por eso me encargo de las tareas de los niños. Por
eso las mañanas son tuyas. Pero no puedes pretender cargar todo sobre mí sólo
porque mi negocio esté cerrado.
- -Pero es que yo sigo trabajando.
- -¡Lo sé! – Veo que está desesperada. – Pero echas
más horas que nunca y, sinceramente, creo que no te has parado a pensar ni un
segundo en que mi vida también ha cambiado y que este trabajo que ahora me ha
tocado realizar me viene grande. ¡Me viene grande!
Noto que va a empezar a llorar y
me asusto. No suele hacerlo, al menos, no si no está viendo alguna peli
sensiblona de esas que le gustan a ella. Es una mujer fuerte, siempre ha
asumido las dificultades de la vida con una sonrisa. ¿Qué le pasa?
-
-Cariño…
- -¡No puedo! Necesito que me ayudes, necesito que
me eches una mano. La casa y los niños son de los dos. ¡Y no puedo sola! No
pretendo un 50-50, ya sé que tú sigues trabajando pero… Necesito que, el tiempo
que no trabajes, me ayudes. Este trabajo no me da descanso, no me da tregua y
no puedo… - ¿Soy mala madre?
Esa última pregunta me quiebra.
He cargado sobre ella todas las responsabilidades compartidas y me he quedado
cómodamente sólo con las mías personales. Y ahora se pregunta si es mala madre,
tan sólo porque yo he sido un mal padre y, seguramente, un mal marido.
-
- No, cielo, no lo eres. He sido yo. Lo siento.
Debería haberlo visto pero…
Noto cómo se abraza a mí y la
acojo entre mis brazos. En ese momento, mis hijos entran al cuarto, en busca de
atención. Y sé que tengo que empezar a cambiar mis prioridades. Porque ellos
son lo primero, sin duda. Y no puedo dejar que esta situación cargue sobre
ellos los problemas del trabajo que jamás, jamás había permitido que entraran
en mi casa.
-
-¡Vamos a hacer la cena! – Les digo.
- - Pero, papá, sigues manchado…
- - Bueno, cariño, ya me ducharé después…
- - Vamos a… - Escucho a mi mujer, detrás de mí.
- - No, hoy hacemos la cena nosotros, ¿vale? – Le digo,
y sin darle tiempo a decir nada más, me llevo a los niños a la cocina e
improvisamos unas sencillas tortillas francesa con queso.
A los críos les encanta batir los
huevos yTomás hasta se atreve ya a darle la vuelta en la sartén. Cuando nos
sentamos en la mesa, que han puesto los peques, mi mujer me sonríe, con esa
sonrisa que me enamoró el primer día.
-
-Gracias. – Me susurra cuando me siento a su
lado.
- - Gracias a ti. – Le contesto, con un beso en la
mejilla.
Pronto, los niños acaparan la
conversación de la cena y nos envolvemos en la nueva rutina, a la que todos
tenemos que adaptarnos. Algo más tarde, mi mujer y yo nos duchamos juntos, recordando que, ante todo, somos nosotros. Todo se converetirá en algo normal. Con tiempo. Poco a poco… Poco a poco…
REBECA
Demasiados días de paz eran
preludio, sin duda, de la tormenta. Llevábamos ignorándonos la mayor parte del
tiempo en estos días, pero hoy mi marido ha estallado y su furia, como siempre,
ha venido dirigida a mí.
- -¿Y la cerveza? – Escucho que me dice, mientras
cocino la paella que vamos a comer hoy.
- - ¿Qué cerveza?
- -¿Qué cerveza, qué cerveza? – Me imita, con todo
de burla. – MI cerveza. ¿Qué cerveza va a ser?
- -Yo metí un pack en la nevera y el resto en la
despensa.
- -¡Pero ya no hay! – Me ruge, casi más que
gritarme.
- -Pues… se habrá acabado. – Noto que la voz se me
quiebra cuando le observo acercarse a mí.
- -¡Y me lo dices así! ¿Por qué no has mirado
antes? ¿Por qué no has bajado a comprar más?
- -Yo… yo no bebo y no… - No puedo. Ya no puedo
enfrentarme a él. Ya no tengo fuerzas. Sólo miedo.
- -No, tú no bebes ni haces nada. ¡Inútil! Es no
vales para nada. ¿Cómo pude casarme con alguien como tú?
Es curioso, porque esa es la
misma pregunta que me hago yo todos los días y, cada vez, me cuesta más
encontrar la respuesta.
Observo cómo mira el arroz en la
paellera con asco.
-
-Voy a bajar por mis cervezas dado que mi mujer
no se preocupa por el bien de su marido. Espero que esa mierda que cocinas sepa
mejor que huele…
Se marcha pegando un portazo y
noto cómo las lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas. No me pega, no, no
le hace falta. Sabe cómo herirme sin dejar marcas en mi piel, sabe cómo
golpearme por dentro, dejando cicatrices que nadie más ve, que nadie más puede
comprender. Me rompe, poco a poco, lentamente. Cada desprecio, cada palabra, se
clavan en mi alma y me van haciendo morir sin que nadie se dé cuenta.
Las primeras veces lloraba por lo
que me hacía o decía. El dolor era directo y duraba tanto como él tardaba en
venir a disculparse. Cada beso, cada flor, cada perdón suyo eran tiritas que yo
iba colocando en esas heridas invisibles a la espera de que se cerraran para
siempre. Pero nunca lo hacían. ¿Cómo hacerlo, si él mismo arrancaba sin piedad
esas tiritas y levantaba, haciéndome sangrar, esas postillas?
Pero la cosa empeoró cuando dejé
de llorar por él y comencé a llorar por mí. A llorar, no tanto por lo que decía
o hacía, sino por lo que yo esperaba que dijera o hiciera. Por los sueños que
no iba a cumplir. Por el marido que no tenía. Por las cosas que no iba a vivir
y que, para el resto del mundo, eran lo normal.
Lloraba por mí, por lo que me
estaba perdiendo, por lo que jamás tendría. Y aquellas lágrimas eran aún más duras
y más profundas, porque ya no me podía consolar diciendo que él no merecía mis
lágrimas, puesto que yo sí que me las merecía. Mi mente me decía que tomara
cartas en el asunto, que hiciera algo para lograr aquello que yo pensaba que
necesitaba, que luchara por ese futuro que deseaba para mí. Pero… el pasado
pesaba demasiado y yo ya n tenía fuerzas ni valor para hacer nada más que
seguir llorando y sobreviviendo. Y, de momento, eso era suficiente…
TERESA
Es curiosa cómo la vida a veces
viene a recordarte que las cosas no son siempre como uno las percibe.
Ahogada aún por la pena de no
saber qué iba a ser de mi boda, aunque cada día más convencida de que no podría
celebrarse en breve, la casa se me caía encima cada vez que mi futuro marido se
marchaba a trabajar.
Él, como cajero de un
supermercado, estaba dentro de los trabajos que formaban parte de los servicios
mínimos y no podía pasar la cuarentena en casa como yo, que trabajaba en un
buffet de abogados que ahora seguía los casos vía online y que, además, había
cogido vacaciones dos semanas antes de la boda para poder estar tranquila y
ultimar detalles sin agobios laborales. Ahora, estando en la situación en la
que estaba, lo lamentaba, pero no tanto por “perder” esas vacaciones, sino por
no tener nada en qué pensar cuando me quedaba sola entre esas cuatro paredes.
Entonces, llegó el jueves, mitad
de semana. Salva llegaba de trabajar a mediodía y noté que se retrasaba un
poco. Cuando llegó, no quiso que le tocara.
- - Deja que me duche, anda, y ya luego hablamos…
Me dejó un tanto descolocada, pero
había aprendido a leer en su mirada y notaba que algo le preocupaba. Cuando
salió de la ducha, llevaba en una bolsa la ropa que llevaba al llegar.
-
-¿Qué ocurre?
- - Esto, lávalo solo y procura no tocarlo
demasiado, ¿vale?
- - ¿Qué ocurre?
- - Nada… - Se sentó en el sillón y me hizo un hueco
a su lado. – Hoy ha venido al supermercado un cliente con claros síntomas de la
enfermedad. Hemos llamado a la policía y a la ambulancia y se lo han llevado. Era
un hombre con problemas mentales que vivía solo. Nos han recomendado máximo
cuidado y atención a todos los que estábamos allí, tú sabes, protocolo.
- - Salva…
- - No tienes que preocuparte. Yo ni lo he tocado.
Pero no sabemos qué ha podido tocar él o con qué ha estado en contacto, si eso
lo habrá tocado otro cliente… En fin. Lo normal estos días.
- - ¿Cómo que lo normal?
- - Teresa… Desde que comenzó esto, tomamos medidas
muy específicas. Estamos expuestos todo el tiempo, tocando muchas cosas que toca
mucha gente distinta. Vamos con guantes y mascarillas, y nos han dado un
uniforme de más para que lavemos con comodidad los nuestros, que como habrás
visto, meto sin nada más en la lavadora.
- -Pero no me habías comentado nada…
- - Estabas demasiado agobiada con lo de la boda, no
necesitas más problemas.
- - Cariño… Tus problemas son mis problemas. ¿Cómo
no lo he pensado antes? ¿Tan egoísta he sido? Yo aquí, preocupada por una boda,
y tú arriesgándote cada día…
- -No debes preocuparte por nada. – Me dice,
abrazándome. – Está todo bien así.
En ese momento, abrazada a él, lo
tuve claro. Se aplazaría todo, se anularía todo, daba igual. Lo único
importante era lo que ahora mismo estaba viviendo, ese abrazo sincero y lleno
de amor de una persona que me comprendía y amaba de verdad, incluso a veces,
por encima de sus propios problemas y preocupaciones. Ya había cumplido mi
sueño. El resto… Ya se vería.


Comentarios
Publicar un comentario