DÍA 5. ADQUIRIENDO RUTINAS


RAQUEL

Todos aquellos años trabajando en urgencias y, sin embargo, nada me había preparado para lo que aquellos días me depararon. Ni a mí, ni a ninguno de mis compañeros, por lo que pude comprobar. Aunque cada vez sabíamos más sobre el virus, aunque íbamos cada vez más preparados (lo que la escasez de material del hospital permitía, claro está), ninguno de nosotros, por mucho que hubiera estudiado, por muchos años que hubiera trabajado, por mucho que hubiéramos visto, estaba preparado para algo así.

No fue algo inmediato. El goteo de personas que cada día asistían a urgencias con tos, fiebre o dolores, en busca de que le confirmáramos o no si había pillado el virus nuevo, fue algo progresivo. Progresivo pero demasiado rápido.

El pánico cundió algo antes de que cerraran las escuelas, pero sin duda aquella decisión lo acrecentó y, la primera semana que el país fue declarado en estado de alarma, toda la población parecía estar allí metida, en el hospital, con tos y algo de dolor. A la mayor parte de ellos los despachábamos rápido; no eran casos para nosotros, no tenían nada grave y necesitábamos atender a los que peor podían estar. Y, sobre todo, necesitábamos separar a los grupos de riesgo de otros posibles contagiados.

Pero la gente es dura de mollera y muchos de nuestros ancianos seguían viniendo a urgencias por cualquier dolencia ajena al virus, ignorantes de que se podían llevar de allí algo mucho peor que un dolor de estómago causado, seguramente, por haber comido lo que hacía años les recomendábamos no comer.

No lo podía comprender. La televisión, por lo poco que veía cuando llegaba a casa y lo que me contaba mi marido, estaba todo el tiempo hablando de lo mismo. Daba las indicaciones y recomendaciones adecuadas, aunque desde mi punto de vista, estar todo el tiempo hablando del tema no promovía que la gente se olvidara precisamente de él y lo único que hacía, en algunos casos, sobre todo en los de los pacientes mayores y con menor nivel cultural, era acrecentar el miedo y lograr el efecto contrario: que vinieran a urgencias todo el tiempo.

Pero aquel torrente de gente desesperada no fue todo. El material comenzaba a ser cada vez más escaso y, a pesar de haberle prometido a mi marido que siempre tomaría precauciones, en el torbellino del día a día muchas veces, yo misma me daba cuenta, no lo hacía.

Y luego estaba Lorena…

Su estado no era realmente grave, o no lo habría sido, al menos, si sólo hubiera sido una joven de veintisiete años con el virus. Tenía fiebre, tos, y por lo que hablábamos, sólo un ratito cada día, ciertos dolores. Necesitaba mascarilla de oxígeno para respirar bien, algo habitual con esta enfermedad. Pero me preocupaba su embarazo. Apenas le quedaban un par de meses escasos para dar a luz y aquello podía desencadenar muchas complicaciones en apenas un momento. Y nosotros no podíamos estar todo el rato con ella. Ni nosotros, ni su desesperado marido, David, que todos los días venía a preguntar cómo estaba a pesar de que yo misma le llamaba por teléfono para informarle según salía de la habitación donde estaba aislada Lorena.

-         -Me vuelvo loco en casa, Raquel, necesito venir.
-         -Pero te pones en riesgo…
-         -Lo pienso cada día pero…
-         -No te preocupes, pero sigue llamándome cuando llegues para que te atienda fuera.

Habíamos llegado a aquel acuerdo la semana anterior. David pretendía quedarse sentado en una silla del hospital todo el día, como habría hecho si su mujer hubiera cogido cualquier otra cosa, con la diferencia de que lo habría hecho en una silla al lado de su cama, pudiendo cogerle la mano, hablarle, darle los ánimos que seguro que a ella le hacían falta y que él necesitaba, desesperadamente, poder dar. Pero si algo había oscuro en esta enfermedad maldita, aparte de lo rápido que se propagaba, era el daño moral que suponía tener que estar aislado en una situación tan dolorosa, tanto para el paciente como para su familia. Y David, con su chica embarazada, estaba prácticamente fuera de sí.

Recuerdo que conseguí que no se quedara allí recordándole que iba a tener un bebé (y, si mis cuentas no fallaban, lo tendría antes de lo previsto) que iba a necesitar que él estuviera bien para cuidarlo, pero no conseguí que dejara de venir cada día a por noticias. Le prometí llamarle pero para él no era suficiente, así que volví a llegar a un acuerdo con él: podía acercarse al hospital (entiendo que, aunque parezca absurdo, estar en el mismo edificio en el que su mujer estaba le hacía sentirse cerca de ella, aunque fuera un rato, aunque ella no lo sintiera, aunque no pudiera siquiera verla), pero me llamaría cuando estuviera en la entrada, yo saldría y le contaría lo que supiera.

Era absurdo. Lo que sabía cada mañana cuando llegaba era lo mismo que sabía cada noche cuando le llamaba: sólo podíamos visitar a los enfermos una vez al día por el coste de tiempo y de material que suponía entrar a verlos. Pero, según él, eso era bueno. Si no cambiaban las noticias es que no empeoraba, porque de haber sido así habríamos tenido que intervenir sí y sí. Tenía razón, claro estaba, pero lo cierto es que yo deseaba con toda mi alma tener algún día buenas noticias para él que no fueran, tan sólo, que todo seguía igual…

Me quedaba mucho que aprender de aquella enfermedad y su capacidad de hacer daño. No lo podía imaginar aquel miércoles de la primera semana de cuarentena, pero sí, aún me quedaban tantas cosas por ver y por sentir…


SIMBA

Los días pasan por aquí sin que nada cambie, pero todo ha cambiado. Y ha cambiado para bien. 

Duermo hasta que me apetece con mi dueña, cuando su pareja se va de la cama que comparten, (siempre se levanta antes que ella), yo aprovecho para subirme y acurrucarme junto a ella. La verdad es que, en general, me gusta estar a mi aire, pero por las mañanas, las últimas horas de sueño, me gusta compartirlas con ella.

Cuando se despierta, como siempre, me saluda con una sonrisa y miles de mimos. Le encanta
abrazarme y achucharme y yo me dejo hacer. La verdad es que suelo despertarme con ganas de cariño, aunque luego se me pase y prefiera que no me toquen más de lo necesario. Me habla, me dice cosas sin sentido, me abraza, me besa… Cuando se cansa, se levanta y yo me levanto detrás de ella, feliz de ir a la cocina. Sé que toca comer.

Se prepara su desayuno y me echa a mí el pienso, aunque al final siempre me da algo de su tostada. A lo largo de los años he mejorado mi técnica de dar pena. Me siento a mirarla fijamente cuando está comiendo, pero no con mirada desafiante, sino suplicante, casi triste. Ella me mira y me dice que no hay nada para mí; hay días incluso que me amenaza con quedarse ella también mirando mientras yo como. La verdad es que a mí me daría igual, yo sé que mi comida no le gusta a ella pero a mí me pirra la suya.

Total, que al final siempre claudica y acaba dándome el último trocito de su comida.

Luego, me saca a pasear. Es un paseo corto, más de lo habitual, pero no me importa. Cuando llegamos a casa, me limpia las patas con algo que huele raro y comienza nuestro día en casa. Ella se pone con el ordenador a hacer cosas y yo me siento en el sofá cerca de ella, sin dejar de controlar en todo momento sus movimientos. Si decide ir al baño, me voy con ella. Si va a la cocina a coger agua, la acompaño. Ella me mira y sonríe, y me pregunta siempre que por qué la persigo, pero en el fondo sé que le gusta que esté allí.

A la hora de comer, se sienta con su pareja y hablan un rato del trabajo realizado; después suelen poner una serie y yo les dejo juntos en el sofá mientras me tumbo en el lado contrario en que ellos están. A él le encanta buscarme las cosquillas, molestándome con cualquier cosa, provocándome para que reaccione y, de alguna manera, es mi modo de jugar con él.

Más tarde, ella vuelve a sacarme a la calle. Un poco después, suenan ruidos raros fuera de casa. Mi dueña se asoma a la ventana y hace los mismos ruidos y yo ladro a modo de protesta, porque no sé qué son esos ruidos y no me gustan nada, aunque ella suele cogerme en brazo y dejarme mirar a la calle, algo que me relaja aunque no hace que deje de ladrar.

Después de cenar, vuelven a estar juntos en el sofá, pero yo ya suelo meterme en mi casita a descansar, porque allí no me da la luz y estoy más tranquilo. Después de un rato, normalmente, se van a dormir, y yo les sigo y me tumbo en mi camita, a los pies de la de ellos.

Total, días maravillosos en los que no me separo de mi dueña ni un solo segundo. ¿Puedo pedir algo más?


PATRICIA

Maldita locura. Así definiría yo estos días de adquisición de nuevos hábitos, al menos, en el ámbito laboral. Yo ya sabía cuando comenzó esto que no me iba aburrir demasiado, al fin y al cabo, suelo entretenerme mucho en casa con muchísimas cosas diferentes que hacer pero… no me habría podido imaginar jamás que trabajaría aún más que cuando echaba horas en el colegio.

Menos mal que hoy, miércoles, parece que las cosas empiezan a quedar claras para la mayoría. Todavía tengo un par de alumnos que han decidido ir por libre y siguen enviando las cosas cómo y cuándo quieren, pero poco a poco he ido encauzando al resto y he logrado contactar con la alumna con la que no conseguía dar para que se pudiera al día y participara en clase como todos.

Pero… siguen siendo pre adolescentes en su casa, y si ya en clase había que estar detrás de ellos, ni imaginar cómo había que estar cuando no puedes estar con ellos y decirles, a cada rato: “concéntrate.”

Hablo a menudo con mis compañeros, sobre todo con los que entran en mi clase y con los tutores de las clases en las que entro yo y, al menos, me consuela ver que a todos nos funcionan los mismos alumnos y nos fallan los mismos. Estamos intentando hacerlo lo mejor posible, pero es increíble pensar que esta “generación de la era digital” sea, a veces, tan absolutamente inútil para lo más sencillo.

Tienen problemas con el formato de algunas tareas, si algo no sale directamente como piensan no tienen herramientas para arreglarlo… A veces me pregunto si es realmente falta de capacidad o de interés, porque a la hora de buscar vídeos de sus Youtubers favoritos o de jugar al Fornite, se buscan las habichuelas donde haga falta…

En fin, hoy miércoles siento que las cosas empiezan a encauzarse, al menos un poco. Tengo a todos mis alumnos en la clase virtual y más o menos voy organizándome con ellos para hacer que el trabajo sea ameno y práctico para todos.

Más allá del trabajo, los días pasan tranquilos. Mi marido trabaja por las mañanas, como yo, y luego dedicamos la tarde a estar juntos y a hacer cosas que nos gusten hacer, bien juntos o bien cada uno por su cuenta, porque convivir bajo el mismo techo no significa tener que estar todo el rato el uno con el otro.

Supongo que el hecho de vivir solos la mayor parte del tiempo nos ha ayudado a adquirir esa independencia que a algunas parejas les cuesta tener sin herir los sentimientos del otro. Nosotros sabemos que tenemos nuestros hobbies, nuestras preferencias a la hora de invertir el tiempo libre y, si bien nos gusta sentarnos juntos en el sofá a ver una peli o una serie, también nos gusta poder estar sentados cada uno en un lugar haciendo cosas diferentes. No sé si será lo que el resto del mundo ve normal o no, pero para nosotros es lo más lógico.

Los días van pasando y, poco a poco, todo va adquiriendo una lógica más clara. Solemos hablar con los nuestros, bien por teléfono, bien por el Whatsapp; de momento todos están bien, cada uno en sus casas y todos procurando seguir las normas impuestas desde el gobierno. A ambos nos preocupa, sobre todo, la salud de nuestros abuelos, los más vulnerables ante esta enfermedad, pero al parecer todo está tranquilo de momento por esos lares.

En fin, los días van pasando y la cotidianidad se va haciendo con esta rutina. Como todo en esta vida, todo es cuestión, al final, de acostumbrarse.


ENCARNACIÓN

Miércoles. Continúo con mis rutinas habituales. Aún no he necesitado bajar a comprar nada, Isabel se encargó de llenarme la despensa más allá de lo lógicamente posible para que “no me faltara de nada”. Si llego a deja que comprar todo lo que quería, lo que iba a falta era espacio en casa para que viviera yo.

Mis hijos siguen llamándome cada día, como si tuvieran que cerciorarse de que sigo en casa. Sé que están asustados por mí, las noticias no son alentadoras cuando el virus llega a personas de determinada edad, pero siempre bromeo con ellos y les hago ver que estoy bien.

Hoy me he puesto en contacto con Bernardo y con Úrsula, una pareja de amigos que teníamos mi marido y yo y que decidieron, hace tres años, vender su casa e irse a vivir en una residencia donde les hicieran todo y no tuvieran que preocuparse por demasiadas cosas.

Él era compañero de trabajo de mi marido, policías los dos. Úrsula y yo nos convertimos pronto en mujeres sufridoras cuando desplegaban algún dispositivo en el que pudieran correr peligro. Por suerte, no sólo nos unió el miedo a perder a nuestros maridos; Úrsula era, como yo, una mujer vital, activa, divertida, y pronto encontramos en la otra ese alma gemela, esa hermana de corazón que casi todos buscamos, esa loca que nos acompaña a hacer todas las tonterías que te ocurran. 


Vivían en el pueblo de al lado; mi marido y él pronto acordaron ir juntos a la ciudad a trabajar, compartiendo el coche, repartiéndose los turnos para conducir. Cada vez que podíamos, íbamos juntos de viaje. Nos conocimos cuando aún éramos muy jóvenes, incluso antes de que nacieran nuestros hijos. Ellos se criaron prácticamente juntos, de hecho, me consta que mi Joaquín y mi Isabel llaman primos a la prole de nuestros amigos.

Cinco hijos… Úrsula era madre de cinco hijos, y aún recuerdo el día que decidieron irse a la residencia, la resistencia que opusieron todos y cada uno de ellos. No podían comprenderlo, no podían entender que teniendo su casa, estando los dos juntos y viviendo en el mismo pueblo tres de sus hijos y bastante cerca un cuarto, tuvieran que dejarlo todo e irse a vivir con extraños. Sin embargo, había una razón de peso que no nos habían querido contar y que, al final, un día, terminaron confesando.

A mi queridísima Úrsula le diagnosticaron una artritis bastante dura hace cuatro años y, poder contar con ayuda médica las 24 horas del día fue definitivo a la hora de tomar la decisión de dejar su hogar e irse juntos a otro lugar donde pudieran estar mejor atendidos. Sus hijos siguieron manteniendo que ellos podrían hacerse cargo, contratar a alguien… pero Úrsula lo tenía tan claro como yo. No dejaría que sus hijos tuvieran que cuidarla mientras pudiera decidir por sí misma.

-         -¡Encarna, querida! ¿Cómo estás?
-        - Muy bien, Úrsula, ¿y vosotros? ¿Cómo vais?
-         -Bastante bien. Aquí, ya sabes, con todo organizado. No es que saliéramos mucho antes de esto, así que no hacerlo no ha cambiado mucho nuestras rutinas. Sólo se echan en falta las visitas.
-         -Ya me supongo… A mí me pasa un poco lo mismo. Todo como siempre, pero nadie que venga a verme como normalmente ocurre.

Seguimos hablando un buen rato, pero ya de otras cosas. Nos gusta recordar cosas del pasado; mis hijos dicen que cuando dos personas mayores hablan parece que quisieran, todo el tiempo, volver atrás en el tiempo, porque parece que sólo hablan de cosas que ya ocurrieron. Pero no es así. La cuestión es que ya tenemos detrás muchas más experiencias que las que nos quedan por delante, por ende, es natural hablar de aquello que más se sabe… Nunca nos contábamos penas. Aun cuando hablábamos de temas serios (mi viudedad, que ellos lloraron tanto como yo; su enfermedad, que le causaba dolores un día sí y otro también), procurábamos hacerlo con un toque de humor o, al menos, con positivismo. Para llorar, como decía ella, ya tendríamos tiempo…

Cuando colgué, me sentí animada. Hablar con mi amiga siempre me daba ese subidón de energía; dicen que hay personas que te absorben la energía y otras que te la dan, y ella, sin duda, pertenecía a estas últimas. Sonriendo, alcancé el punto que me tenía entretenida desde antes de que comenzara todo esto, y me dediqué a tejer, dejando vagar mis recuerdos en años pasados…

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