DÍA 4. Y AL TERCER DÍA...


REBECA

Después de dos días sin salir, las cosas siguen tranquilas por aquí. Hemos sobrevivido bastante bien para las circunstancias, supongo que mi marido, en el fondo, tiene cierto miedo a haberse contagiado los días anteriores en su trabajo y se dedica, como yo, a usar estancias de la casa donde poder estar a solas con sus pensamientos, su ordenador, su televisión y su cerveza. Yo intento seguir mi vida de siempre, a pesar de estar acostumbrada a pasar todo el día sola y sólo tener que evitarle de noche, cuando por suerte solía llegar demasiado cansado o demasiado borracho como para ni siquiera querer tocarme.

Estos dos días me he dedicado a elaborar platos más complejos para estar más tiempo en la cocina, limpiar la casa a fondo o encerrarme en la salita de estar con mi pequeña televisión donde, para mi sorpresa, nunca ha venido a buscarme ni a decirme nada.

Lo prefiero así, a lo largo de los años he entendido que a veces es mejor que te ignoren a que te hagan caso, sobre todo cuando se van a dirigir a ti solo para sacarte defectos.
No sé cuándo comenzó todo…

Cuando nos casamos, nos fuimos a vivir fuera y todo me pareció, al comienzo, perfecto. A pesar de estar en una ciudad desconocida para mí, comenzando de nuevo sin, realmente, poder hacerlo, por no salir de casa a menudo, por no tener trabajo, por no apuntarme a clases de nada (según él, no me hacían falta, las cualidades básicas de una esposa ya las tenía), yo me sentía bien. Me sentía, por qué no decirlo, mayor a mis 18 años.

Me quedé en casa como buena ama de casa que era y decidí que esa sería mi vida: ser esposa, madre y cuidadora del hogar. Sin salir a trabajar y apenas bajando a la compra de cuando en cuando, no tuve oportunidad de crear nuevos lazos. La única gente que entraba y salía de mi casa eran compañeros de trabajo y amigos de él, gente que me miraba, al principio, con cierto cariño, pero que poco a poco comenzaron a contagiarse del desdén que se fue instalando en mi marido con el paso de los años.

Lo achaqué, al principio, al hecho de que no me quedaba embarazada. Él deseaba tener hijos, a ser posible, varones todos, pero a pesar de que nuestros encuentros sexuales eran frecuentes y sin tomar ningún tipo de precaución, aquel deseo no se materializaba. Fue la primera vez que me culpó de algo de un modo agresivo y amenazante. Lo recuerdo como si fuera ayer; me veo a mí misma, con veinte años, desnuda después de habernos acostado, y él de espaldas a mí, poniéndose los vaqueros:

-         -  A ver si esta vez haces tu trabajo de mujer y te quedas preñada.
-          - Sabes que eso es algo que no decido yo…

Nunca había visto su rostro del modo en que lo vi cuando se volvió hacia mí. Observé ira, desprecio y una falta absoluta del amor que había creído ver todos aquellos años.
-        
-         -  ¿Estás diciendo que la culpa es mía?
-        -   La culpa no es de nadie… - Susurré con apenas un hilo de voz.
-         -  ¿Estás poniendo en duda mi hombría?
-         -  No… - No entendía qué había pasado, qué punto extraño había tocado para convertirlo en la fiera que tenía ahora mismo delante.
-          -Si eso es lo que estás poniendo en duda, te demostraré cuán hombre puedo ser…

Observé que volvía a quitarse los pantalones pero tardé en comprender qué se proponía hacer. Le dije que no me apetecía repetir, pero me hizo caso omiso. Masculló algo así como que ninguna mujer iba a dudar de su hombría y que yo, como esposa, me acostaría con él cada vez que él lo deseara, que tal vez por mi estrechez fuera que no me quedaba embarazada.

Fue la primera vez que sentí que me forzaba.

Cuando ese día llegó del trabajo, su rostro volvía a ser apacible y cariñoso. Me trajo flores y me pidió disculpas por su comportamiento de aquella mañana. Me dijo que estaba nervioso y lo había pagado conmigo pero que no volvería a suceder.


Y le creí, claro que le creí. Al fin y al cabo, no eran rosas después de un golpe, sólo se había acostado conmigo y, aunque es cierto que yo no lo deseaba, era su mujer así que tampoco podía pensar que me había forzado, ¿no?

Dos meses después, ocurrió de nuevo. Cuando quiso acostarse conmigo y le dije que tenía la regla, su rostro volvió a adquirir aquel gesto desagradable mientras me espetaba que no sabía con qué clase de mujer se había casado que ni siquiera sería para tener hijos. Aquella noche, me trajo bombones y volvió a decirme que no se repetiría.

Pero se repitió, se repitió en varias ocasiones hasta que le dejé caer que tal vez deberíamos ir al médico para ver dónde estaba el problema.

-          - ¿Estás insinuando que el problema lo tengo yo?
     
     Yo, que ya empezaba a conocer cuándo era mejor no seguir provocando, agaché la cabeza y negué.
-          
-     - Seguramente será mío, pero hay que confirmar qué pasa.
-          - Pues ve al médico y que te diga qué clase de tara tienes y si se puede arreglar o no. Eso no es asunto mío.

Y, efectivamente, así fue. Acudí al médico, expuse mi problema y, claro está, lo primero que me comentó la ginecóloga era que lo más sencillo era primero comprobar que su esperma a estaba bien. Mentí, ¿cómo no hacerlo? Le dije que ya se había hecho pruebas y que en él estaba todo perfectamente. Así pues, me sometí a varias pruebas hasta que la doctora me dio por imposible.
-         
-       - Será el estrés o que estáis demasiado agobiados con el tema, porque tu cuerpo está perfectamente. Eres totalmente fértil y muy joven, no entiendo que si todo va bien, no te hayas quedado ya embarazada. – Me dijo, cariñosamente, la médico.

Aquel día, al volver del trabajo, me preguntó. Sabía que había ido por los resultados.
-          
          - ¿Y bien?
-          - La doctora dice que no me pasa nada, que es muy raro que si estamos los dos bien... 

     Supe que tenía que haberme callado nada más decirlo. Me miró, con la mirada fría de siempre, y casi me escupió cuando dijo:

-          -¿Vuelves a decir que soy yo el problema?
-          -No…
-          -Sí, es lo que vuelves a decir. Todas sois iguales, inútiles para lo que único que servís y luego culpáis al hombre de todo.
-          -Pero…

Y ahí llegó. Fue un tortazo seco, con la mano abierta, que hizo que tanto él como yo nos sorprendiéramos. Creo que ni él se dio cuenta de lo que hacía en aquel momento. Puse mi mano justo en la zona donde me había golpeado al instante y él me miró, casi asustado.
-         
       -Lo… lo siento. – Balbuceó.
-          -Más lo siento yo… - Siseé, enfadada, dolida y asustada a partes iguales. Quise levantarme del sofá donde estábamos sentados, pero agarró firmemente mi brazo y, con ojitos de perrito abandonado, me suplicó.
-          -No te vayas. No me dejes… No volverá a pasar.

Y, a pesar de que esta vez el golpe sí había llegado, sin saber cómo ni por qué, le creí…


TERESA

El día de ayer, tal y como había hablado con mi pareja, lo dediqué a tantear el terreno ante la futura boda y… las noticias que me dieron no me gustaron.

En la agencia de viajes lo tenían bastante claro: comenzaban a tener problemas para realizar los viajes programados para estos días y tenían bastante claro que, en breve, se cerrarían aeropuertos y sería complicado realizar viajes de placer. De hecho, ya tenían planeado aplazar todos los viajes que tuvieran hechos y nos comentaban que, en caso de aceptar ya ese aplazamiento, aunque fuera sin fecha cerrada aún, el cambio de fechas sólo nos costaría un 25% del vuelo, dado que la compañía les haría pagar a ellos un 50% de los gastos de aplazamiento o cancelación y habían decidido hacerse cargo de una parte de esto si nos quedábamos con el viaje contratado aunque para otras fechas.

El cura fue tajante: no daría misa mientras durara el estado de alarma y no tenía claro que la cosa fuera a acabarse nada más que en quince días, menos aún para volver a abrir la Iglesia y reunir a tantas personas en un espacio tan pequeño. Nos recomendó, encarecidamente, aplazar la fecha y, tal y como proponía mi marido, me comentó que lo más “seguro” era dejarlo para otoño como mínimo.

Los del salón donde teníamos reservado el convite me comentaron más o menos lo mismo. No estaban totalmente cerrados a la idea de poder celebrar la boda, pero desde luego, no ese mismo día. Tal vez una o dos semanas después… Pero tendrían que ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, porque dependían también del trabajo de proveedores, de otras bodas que se anularan o aplazaran, y de si esto continuaba más allá del tiempo establecido en principio.

No me vi con fuerzas de llamar más. Salva pareció entenderlo cuando se lo comenté en su descanso del trabajo y no me presionó, pero me recordó que, si tomábamos la decisión de aplazarlo todo, tendríamos que seguir llamando al resto de personas implicadas en la boda: fotógrafo, invitados…

La pesadilla iba cobrando forma ante mí y no me veía con fuerzas de luchar contra ella. Con el paso de las horas, con el devenir de las noticias y con todo lo que parecía ocurrir alrededor, no sabía si era frívola por estar totalmente deprimida “solo” por no poder celebrar mi boda, pero lo que sí sabía es que era así como me sentía y no podía evitarlo. Miraba al que se suponía iba a ser mi marido en unos días y sentía una especie de pinchazo en el corazón.

Recordaba en traje de novia, pendiente aún la última prueba por hacer en apenas cuatro día (cita que ya me habían cancelado “temporalmente”; ya que la tienda estaría cerrada estos días); y me daba por llorar.

Sí, sé que había gente sufriendo “de verdad”, pero ahora mismo ese era mi dolor y no podía hacer nada por evitarlo. Ya se me iría pasando con los días… al menos, eso esperaba.


TOMÁS

Estos días tan raros están siendo divertidos, al menos, para mí. Me levanto algo más tarde de lo habitual, pero no mucho, mamá y papá dicen que es importante que siga haciendo las cosas como siempre para que luego no me cueste volver a la realidad. Desayunamos juntos los cuatro, algo que, normalmente, sólo hacemos los domingos. Además, desayunamos cosas “guay”, no como los días de cole que tomo cereales porque mamá no tiene tiempo de preparar nada más para mi hermana y para mí.

Ahora parece tener todo el tiempo del mundo y nos prepara zumos, tortitas, tostadas, fruta… ¡Me encanta! Es como a veces, cuando vamos de vacaciones a un hotel y, por la mañana, bajamos a un sitio donde hay mucha comida toda lista para que nos la podamos comer.

Después del desayuno, nos ponemos a hacer tareas del cole. Mi seño ha preparado como una clase en el ordenador, donde nos pone fichas con tareas que mamá imprime para que las haga y que luego le manda metiéndola en la impresora, que hace como una foto y convierte mis tareas en papel en tareas dentro del ordenador. Hoy ha sido muy graciosa y ha enviado un vídeo de ella haciéndonos un dictado. Luego, lo ha corregido en una pizarra pequeñita que debe tener en su casa, igual que siempre hacía en el cole, contando las mismas cosas y bromeando con nosotros como si siguiéramos allí.

La verdad es que la echo un poco de menos, a ella y a mis compañeros, pero también está muy bien estar en casa, con mis padres.
Después de hacer las tareas, comemos todos juntos y nos ponemos a jugar. A veces mamá juega conmigo y papá con Elisa, otras veces es al revés; la mayoría intentamos hacer algo los cuatro juntos. Hoy hemos decidido preparar entre todos un bizcocho de chocolate. ¡Ha sido divertidísimo! Hemos llenado la cocina de harina y luego papá y yo hemos tenido que limpiarlo todo, pero ha dado igual. Nos hemos reído mucho todos y mamá y papá se sonreían como hacía tiempo que no lo hacían.

En la tele, están todo el rato hablando del virus ese que nos tiene aquí encerrados en casa, por eso mamá y papá suelen ponernos pelis o dibujitos en otros canales que tienen ellos. La gente creo que cuenta los días que quedan para salir de casa, pero yo no. Me gusta estar con mi familia. Me gusta estar así.


DAVID

Uno, dos, tres, cuatro… No sé cuántos días llevo así, no sé cuántos días dura esta agonía. Sé que la mayor parte de la gente, en mi lugar, se suele amparar en contar el tiempo que pasa, pero yo he perdido la noción de ese tiempo.

Soy consciente de que me levanto, tomo un café, voy al hospital. Lo hago automáticamente, sin pensar siquiera en el camino, sin darme cuenta de las calles que recorro con el coche. Luego, igual que voy, me vuelvo. Las noticias siempre son las mismas y creo que, llegados a este punto, lo prefiero así. Cuando la persona de turno se acerca a mí por la mañana y me dice que todo sigue igual, respiro aliviado. Al principio, sólo quería escuchar que estaba bien, que podría salir pronto, a ser posible ese mismo día. Ahora, me conformo con que me digan que sigue igual, que nada ha empeorado, que todo está “como siempre”.

Regreso a casa y me siento en el cuarto del futuro bebé, sin pensar en nada o pensando en todo, a saber. Cuando consigo reunir fuerzas, me levanto, preparo algo rápido de comer y me obligo a tragar, recordando lo que me dijo Raquel hace unos días: que mi bebé podría llegar pronto, que tenía que estar bien para cuidarlo en caso necesario.

Raquel… La pobre me llama cada tarde para decirme que tengo que estar tranquilo, que todo sigue igual, que ella va a ver a Lorena cada día y que no tengo que preocuparme demasiado. Pero es tan duro… Saber que está allí, asustada, sola, enferma. Saber que no puedo verla, tocarla, sentirla. Ni siquiera puedo recordarle lo mucho que la quiero. Es totalmente agónico. Si que tu mujer, embarazada de más de siete meses, esté hospitalizada es duro, más lo es no poder estar acompañándola, no saber nada más que lo que te dicen los médicos y los enfermeros desde la distancia.

Ocho de la tarde. Como siempre, puntuales, escucho a mis vecinos aplaudir por ese personal sanitario del que se han olvidado durante años y que ahora se aparecen ante ellos como los superhéroes que siempre han sido.

Recuerdo bien a Lorena. Ella decía que su trabajo era mucho más que eso y, supongo, tenía razón. Para ella su trabajo era algo así como su forma de vida, un modo de expresar lo que le gustaba hacer y el modo en que tenía para ayudar a los demás. Creo que la mayor parte de las personas que se dedican a la sanidad lo hacen por vocación y, para ellos, salvar vidas es más que un trabajo. ¿Acaso podría no serlo?

Continuo con mi día, trabajando por la tarde lo poco que mi mente me deja concentrarme en algo que no sea mi dolor y el terrible miedo de perder lo que más quiero sin poder hacer nada para evitarlo.
A la hora de la cena, de nuevo me obligo a comer para seguir vivo un día más y seguir con fuerzas por lo que pueda pasar. Se lo debo a mi mujer. Se lo debo a mi futura hija. Tengo que estar bien, me repito, una y otra vez. Tengo que estar bien.

No era así como imaginaba esto pero… la vida a veces viene como viene, y si algo tengo claro, es que no pienso fallarle a Lorena en esto. Si esa niña nace, voy a estar ahí como el padre que soy, dándole todo mi amor hasta que su madre salga del hospital y seamos la familia que soñamos ser. Porque eso es lo que vamos a ser. Una familia.

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