DÍA 3. PRIMER LUNES DE CUARENTENA (2ª Parte)
PATRICIA
La semana comenzó de manera
intensa a nivel laboral. Aunque me permití el lujo de levantarme algo más tarde
lo habitual, continué mi rutina laboral habitual: desayuno rápido, un paseo al
pequeño Simba breve y, en lugar de irme a trabajar, me senté a trabajar delante
de mi portátil.
Los primeros problemas ya había
comenzado el fin de semana, cuando comenzamos a comunicarnos con los delegados
de padres para informarles de cómo íbamos a hacer para continuar trabajando
desde casa. Como siempre, los cambios suelen causar cierta reticencia en la
gente, más aún en tiempos tan inciertos como los que nos estaban tocando vivir
pero, sinceramente, con el esfuerzo que estábamos haciendo la mayor parte de
mis compañeros para tratar de no parar del todo la actividad de los niños,
esperaba un poco más de colaboración por parte de las familias. Ilusa…
Mi marido, que trabajaba con
alumnado pequeño, luchaba como podía con la dificultad que suponía enseñar a
leer y a escribir a distancia. Yo, con alumnado de Secundaria, suponía que lo
tendría más fácil pero… resultó que no. Para ser los jóvenes de la era digital,
eran más torpes que yo y, si me apuras, que mis padres, que desde luego
manejaban la mayor parte de lo que yo estaba proponiendo a mi alumnado y que
para algunos parecía chino…
Podía entender que tuvieran
problemas aquellos que carecieran de Internet en casa, pero no podía entender
todos esos correos que tuve que ir contestando uno por uno el domingo sobre “no
entiendo cómo meterme en la plataforma que dices”, “eso, ¿dónde está?” “Yo no
sé hacer fotos en el móvil y subirlas al ordenador…”
En fin; iríamos probando poco a
poco, supongo que todos los cambios requieren tiempo y, aunque por lo que
estaba viendo en redes sociales, para los docentes había sido una cuestión casi
de “honor” y la mayor parte de nosotros estábamos intentando ponernos al día,
para las familias el cambio era excesivo y parece ser que íbamos a tener que
tener pies de plomo…
Trabajé hasta las dos, al igual
que mi marido. Entre una cosa y otra, al parecer, nos estábamos tomando muy en
serio esto del teletrabajo. Luego, hicimos juntos algo de comer, nos echamos
una siesta, hicimos algo de deporte para no acartonar los músculos, saqué un
ratito a Simba, que estaba totalmente entregado a estar con nosotros las 24
horas del día, nos duchamos, hicimos la cena, vimos una serie de Netflix y nos
fuimos a dormir.
Aún tenía muchas cosas pensadas
por hacer, tanto a nivel laboral como personal, así que de momento, no puedo
decir que me molestara estar en casa de manera excesiva. Quién sabe en unos
días. Todo sería cuestión de paciencia…
ENCARNACIÓN
Comienza la semana. La primera
semana de este confinamiento que preveo largo y del que lo único que me
preocupa es que salgamos todos igual de sanos que entramos. Nada más, ¿acaso
hay algo más importante?
Me levanto temprano, a pesar de
que anoche, como casi siempre, me dieron más de las dos de la mañana cosiendo. No
duermo más de seis horas, desde que mi marido me dejó ya no aguanto en la cama
tantas horas, y eso que yo era la de dormir…
Le echo en falta y, en momentos
como este, aún más. Es curioso, ya han pasado cinco años pero, a veces, me
parece que fue ayer cuando estaba ahí sentado, en su sillón de siempre,
observándome mientras me movía por la casa en mis quehaceres diarios, insistiendo
para que me sentara un rato con él a ver la tele, “que la vida son dos días y
ya limpiaremos mañana la casa…”
Mañana… Hombre de otros tiempos,
su vida siempre había sido trabajar fuera de casa y “traer el dinero”, por lo
que cuando se jubiló comenzó para él un periodo de adaptación difícil en el
que, sus ganas de ser útil combatían con su inutilidad para cualquier tarea del
hogar. Al final, perdieron ambas y ganó su amor por mí. Sí, por mí. Decidió que
si él se había jubilado, yo también me había jubilado y, por tanto, ambos
trabajaríamos en la casa las mismas horas para luego disfrutar del tiempo libre
juntos.
Tuvimos que repartir las tareas y
tuve que enseñarle muchas cosas. Las primeras semanas, trabajé más del doble,
haciendo mis tareas, ayudándole a él con las suyas y, para qué negarlo,
rehaciendo todo lo que él había hecho. Pero al final, fue todo a mejor. Por
nuestra salud, seguí encargándome yo de cocinar; aparte de gustarme, sus
comidas no consiguieron ser nunca muy “comestibles.” A cambio, él se encargaba
siempre de fregar y de poner y quitar la mesa y, sinceramente, me hacía una
reina. Aún lo recuerdo con sus guantes, quejándose de que usara tantos
utensilios para hacer cualquier cosa, pero con una sonrisa en los labios cuando
nuestras miradas se cruzaban.
La plancha también se quedó para
mí, pero él se encargó desde entonces de poner la lavadora y tender la ropa. La
limpieza de la casa era lo más peliagudo: él no entendía mi “manía” de limpiar
tanto y, al no molestarle que la casa no se limpiara, no suponía para él una
obligación el tener que hacerlo. Al final, siempre decidía ayudarme cuando me
veía, pero más que nada porque, como él decía: “Así terminamos antes y te
vienes antes conmigo al sofá a ver la tele…”
A ver la tele y lo que no era la
tele… Sé que la gente piensa que, llegada una edad, los matrimonios son algo
así como dos amigos que conviven juntos, se cuidan y, con suerte, se quieren,
pero cuán monjes en convento, no se tocan, como si las arrugas en la piel de
ambos fueran una barrera infranqueable, como si solo los cuerpos jóvenes y
lozanos tuvieran derecho a retozar y disfrutar con las caricias. Pero, mi
marido y yo, al igual que muchos de nuestros amigos, seguíamos disfrutando de
una vida sexual bastante plena. Es más, desde que había dejado de trabajar y
estaba más tiempo en casa, ahora sin niños por medio, teníamos más momentos
para encontrarnos y tentarnos. Habíamos recuperado una chispa casi perdida en la
rutina del trabajo y el estrés y no había día que no nos sorprendiéramos de
algún modo.
Abro el cajón de mi mesilla y
sonrío al ver el aparatito rosa que descansa en él. Todavía recuerdo como si
fuera ayer el día que lo recibió y me lo enseñó.
- - Vamos a probar cosas nuevas… - Me dijo, picarón.
- - Pero, ¿eso para qué sirve?
- - Confía en mí.
Y, cómo no, confié. Confié y,
desde entonces, aquel pequeño aparato fue uno de nuestros compañeros de
aventuras, a los que luego se unieron algunos más.
De todos ellos, el único que no
metí en una caja y subí encima del armario cuando mi amor se marchó fue este. Quizás
porque fue el primero, quizás porque más de una vez él bromeó que ya nunca más
me sentiría sola si tenía a “Rosita” (sí, le pusimos nombre), a mi lado. Aún
hoy, cuando lo utilizo, cierro los ojos y es él quién vuelve a tenerlo en sus
manos, es él quien recorre mi cuerpo y él quien sigue susurrándome hermosas
palabras al oído.
Sí, hay días en que echo de menos
a mi marido más que otros. Y hoy, que sé que me esperan días sin la visita de
los míos, sin poder compartir un beso, un abrazo o una caricia…; hoy, es, sin
duda, uno de ellos.
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