DÍA 3. PRIMER LUNES DE CUARENTENA (1ª parte)


DIANA

Increíble. Eso me parecía a mí tener casi más tareas ahora que no iba al instituto que cuando iba. La verdad es que pareció todo más divertido el primer día. Los profes decidieron usar el Google Classroom, y a mí eso de ver y enviar tareas a través del ordenador me parecía de lo más guay… hasta que me di cuenta de que era lo mismo que hacerlo en la libreta sólo que luego tenía que subir la foto al ordenador.

No tuve demasiados problemas en ponerme al día, pero sí que tuve que ayudar, vía Skype o WhatsApp, a varios compañeros que no parecían haber nacido en la era digital.

-        -  Diana, ¿tú cómo has subido la foto de la libreta?
-        -  Oye, ¿pero qué clave usas para entrar?
-         Diana, ¿cómo se abre una cuenta de Gmail?

Cosas bastante increíbles, la verdad, cuando todos usábamos sin problemas el Facebook, el Instagram, el Twitter y el WhatsApp para comunicarnos a diario.

Mi madre, aprovechando el primer domingo de la cuarentena, se sentó conmigo, me hizo instalarme la aplicación en el móvil y se preocupó de que supiera perfectamente lo que tenía que hacer.

-          - Estupendo. – Me dijo. – Cuando mañana la seño os suba las tareas aquí, ya sabes…
-          - Sí, mamá…
-          - No, Diana, tómatelo en serio. No estás de vacaciones. Te haces un horario parecido al que tenías en el instituto y si acabas antes las tareas, pues eso que te llevas.
-        -  No me dirás que tengo que levantarme a las 7 para estar a las 8 conectada.
-       - A las siete no, pero yo no veo mal que a las nueve, nueve y media ya comenzaras tus rutinas escolares.
-          - Mamá… A esa hora seguro que ni los profes han colgado nada.
-          - Eso ya se verá. Tienes que mantener rutinas, cariño, y esta es la más sencilla.

Tener una madre médico tiene sus ventajas, está claro, pero en casos como este, cuando ella conocía de primera mano lo que estaba pasando y se sentía en la necesidad de hacer que, al menos, su familia, lo llevara del mejor modo posible, podía ser todo un problema.

Me encontré el lunes levantándome a las ocho, (cortesía, esta vez, de mi padre), desayunando juntos por primera vez en mucho tiempo, y conectándome al ordenador segura de que ninguno de mis profes iba a ser tan madrugador…

Pero me equivocaba. Mi tutora ya había colgado las tareas de mates y de física y química, y el profe de lengua había puesto las suyas. ¿En serio?

Resignada, abrí los libros, busqué las páginas que comentaban y me puse a trabajar. ¡Qué se le iba a hacer!

A eso de las once, mi padre se acercó a mí. Como trabaja muchas horas fuera de casa, no solemos hablar demasiado, además, aunque mi madre también trabaja muchas horas fuera de casa, hasta hace unos días se dedicaba, fundamentalmente, a pasar consulta, así que solía estar la mayor parte de las tardes en casa. Desde que el tema del virus este se hizo más cercano a nosotros, ella había dejado la consulta y se había integrado con sus antiguos compañeros en urgencias. Decía que allí la necesitaban más.

Al parecer, su compañera de consulta, Lorena, embarazada, ahora estaba ingresada. Hacía unos días nos lo contó, casi de pasada, sin querer darle importancia, pero sé que eso le había afectado y, de algún modo, tuvo que ser el motor para que cambiara sus rutinas porque, dos días después, nos comentó que volvía a las urgencias (las cuales había dejado años atrás para poder cuidar mejor de mí) y sus horarios (o su falta de ellos) volvieron a ser los que yo recordaba cuando niña.

Sé que papá y ella discutieron por el tema aunque, esta vez, sabía bien que el problema no era que mamá estuviera tanto tiempo fuera de casa. Papá estaba preocupado, no parecía entender que mamá tuviera que arriesgarse tanto, pero tras una breve conversación, mi madre le dio un suave beso en los labios a mi atribulado padre, que desde aquel día vive preocupado cada vez que mamá se marcha de casa y no se queda tranquilo hasta que regresa y comprueba, a su manera, que está bien.

Y ahora él estaba frente a mí, con un tiempo que hacía tiempo que no compartíamos.

-          - ¿Te apetece tomar algo? Es hora de tener un descanso, ¿no?

Él se había pasado la mañana trabajando desde su ordenador, como yo, y supongo que ambos necesitábamos desconectar un rato de la pantalla.

Fue… diferente. Preparamos un pequeño plato con fruta variada, dos vasos de leche caliente y un par de magdalenas con chocolate. A mi padre, al igual que a mí, le puede ese vicio y ¡no todo va a ser sano! Sé que si mi madre nos viera se reiría de nosotros y comentaría algo así de que comemos la fruta para compensar el dulce pero… ¡es que somos así!
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-     - ¿Cómo te van las cosas? – Me preguntó mi padre.

-        -  Bien. – Le dije. La verdad es que no sabía muy bien qué hablar con él. Solía contarle cómo me iba el instituto a nivel académico y… y poco más. Mamá era la que solía escuchar todos mis problemas de amigas, novietes y demás…
-        -  Si necesitas ayuda con algo…
-         -  De momento me apaño bien.- Le dije. E, intentando llenar el incómodo silencio, decidí contarle algo. – Los que no se apañan bien son algunos de mis compañeros. Deberías darles clases de informática. ¡Es increíble lo torpes que son!

No sé cómo, pero aquello derivó en una conversación fluida, amena, normal. Sorprendentemente, mi padre conocía bastante bien las peculiaridades de mis amigos; supongo que mi madre se lo terminaba contando todo tarde o temprano. Bromeó acerca de su torpeza informática y se ofreció, totalmente en serio, a conectarse un día o hacer un directo para explicar cosas básicas sobre el ordenador.
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      - Yo también puedo ser un Youtuber Influencer, ¿eh? – Me sonrió.

Una hora después, con la cocina recogida y el estómago lleno, ambos regresamos a nuestros quehaceres. Y decidí que aprovecharía esos días en casa para conocer mejor a mi padre.


SIMBA

¡Están siendo los días más maravillosos de mi vida! Mi familia se queda conmigo todo el rato. Estamos juntos sentados en el sillón, viendo algo, o les hago compañía mientras juegan a las consolas. Me tumbo junto a mi mamá cuando se echa la siesta o me coloco en el brazo del sofá mientras ella trabaja con su ordenador.

Todo ha cambiado… ¡para mejor! Ahora cocinan siempre algo rico y, como suelo merodear por la cocina mientras ellos trastean la comida, siempre hay suerte y algo pillo, si no es porque se les cae al suelo porque a los dos mi carita de perrito hambriento les suele dar mucha pena y me tiran algo de lo que están haciendo.

Los paseos sí han cambiado un poco. Salimos poco, como cuando por las mañanas mi mamá tenía que irse a trabajar temprano y sólo tenía tiempo para darme una vueltecita por el barrio. Siempre me saca ella. Ya no van los dos juntos hablando, ni comentando cosas. Ella se levanta del sofá, se pone ropa nueva, se abriga, me pone la correa y salimos. Son apenas cinco o diez minutos. No me deja acercarme a otros perros y ella no se acerca a otras personas. No es que me importe mucho, nunca me ha gustado socializar demasiado.

Volvemos a casa enseguida. Ella echa algo que huele raro en un trapo y limpia mis patitas con eso. Se quita los zapatos, se cambia de ropa y volvemos a acurrucarnos juntas en el sofá.

En fin, no puedo quejarme. Ya no me dice nunca “ahora vuelvo”; ni me dice que tiene prisa pero que me porte bien, ni se despide de mí con un beso y se marcha a saber dónde. No. Está siempre conmigo. Me abraza, me da besos y juega conmigo. Me habla más a menudo que antes porque tiene mucho más tiempo. Dormimos todo el tiempo que nos apetece.

Hoy, incluso, mientras limpiaban ambos la casa, he estado, como es costumbre, pisando aquello que mojaban. Me encanta sentir el fresquito en las patas del suelo recién fregado. Mi dueña me ha regañado pero creo que, en el fondo, le hace gracia. Al final, ha sido su pareja el que ha ido cerrando las puertas para que mis patitas no quedaran marcadas por todo el suelo.

Estoy, como aquel que dice, en la gloria. Ojalá pudiera ser siempre así…


JOAQUÍN

Primer lunes en casa. Primer día de “diario” con tintes de domingo. Con dos pequeños en la casa, mi mujer y yo decidimos anoche que debíamos mantener ciertas rutinas para no volvernos locos, no tanto por no salir a la calle sino por tenerlos a ellos más o menos encauzados y que no nos hicieran perder la cabeza a nosotros en su locura.

Así pues, nos levantamos los dos a la vez cuando sonó mi despertador a las ocho de la mañana. Era la primera vez que nos levantábamos juntos un día de diario desde… No sé, supongo que desde casi siempre. Yo suelo entrar a trabajar a esa hora en mi oficina, así que mi despertador suena siempre a las siete menos cuarto. Ella abre la peluquería a las diez, así que suele despertarse a las ocho para preparar a los niños, llevarlos al colegio y dejar las cosas más o menos preparadas para la comida antes irse a trabajar.
Me hizo hasta ilusión, ya ves, qué tontería. Nos levantamos de la cama, entramos al baño y luego nos fuimos a preparar el desayuno juntos. Un desayuno “de domingo”, sin prisas, sin agobios y para todos. Mi mujer fue a levantar a los niños cuando dieron las ocho y media y desayunamos los cuatro en la cocina, temprano como un día de diario, tranquilos como un domingo cualquiera.


Cuando terminamos, me quedé fregando los platos mientras ella ayudaba a los pequeños a hacer la cama y preparar el cuarto para comenzar la “jornada escolar”. Por suerte, los profes del cole de los peques habían decidido no descansar aquel fin de semana y nos habían puesto al día de cómo intentaríamos continuar, con la mayor normalidad posible, con el curso vigente.

Cuando llegué al cuarto, mi mujer lo tenía todo ya controlado. A Elisa, que aún estaba en Infantil, la seño se había comprometido a crear un blog donde nos iría subiendo fichas, cuentos, ideas para hacer manualidades, vídeos diversos… Incluso nos dijo que intentaría grabarse contando cuentos para que nosotros se los pusiéramos todos los días, como hacía en el cole cada semana, de modo que pudieran aprendérselo y recitarlos con ella. La seño de Tomás se había creado, por su parte, un Google Classroom en el que iría subiendo fichas, enlaces a vídeos y audios de dictados para seguir trabajando lo básico de 2º, de modo que se mantuviera el cerebro activo y no se retrocediera lo ya conseguido, sobre todo en la lectoescritura y en las matemáticas.

Para mí, que trabajo con ordenadores, y para mi mujer, que siempre ha sido muy curiosa, eran cosas sencillas, pero los primeros problemas empezaron a llegar al grupo de padres y madres nada más comentarse los planes a seguir el sábado. Desde los más obvios (gente que no tenía a mano internet ni ordenadores) a otros menos obvios (personas que eran incapaces de manejar el ordenador, a pesar de tenerlo, más allá de encender y apagar).

Olga me dijo que me podía ir a trabajar cuando quisiera, que de momento, lo tenía todo bajo control. Le di un beso a ella y otro a mis dos peques y me metí en el cuarto que compartíamos mi mujer y yo y que nos gustaba llamar “despacho”, con su mesa, su ordenador, sus libros, sus juegos… En fin, nuestro pequeño cuarto “desastre”, aunque siempre estuviera bastante ordenado. Encendí el ordenador y comencé a trabajar, como un lunes cualquiera, aunque en la habitación de al lado, en lugar de mis compañeros de oficina, estaba mi familia…

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