DÍA 2. COMIENZA EL CONFINAMIENTO. (2ª Parte)


REBECA

Segundo día encerrada en casa. Para mí no es ninguna novedad, llevo meses sin salir de aquí nada más que para lo justo. Mi marido procura hacer la compra y traer todo lo que hace falta, pero a veces, mientras está trabajando, reúno el valor necesario para cruzar el umbral de la puerta y permitir que el aire refresque mi cara.

No suelo llevar marcas. Al contrario de lo que muchos piensan, él apenas ha tenido que utilizar su fuerza bruta contra mí. En el fondo, supongo, lo agradezco, y hago lo posible por no enfadarle como aquella noche que me dio la primera bofetada. Algo en mí me dice que, realmente, no fue culpa mía, pero entre sus reproches y el paso del tiempo, de algún modo creo que algo hice, que algo lo provocó para que hiciera aquello. Antes, no lo había hecho jamás…

Me cuesta salir de casa porque creo que la gente puede ver a través de mis ojos mi alma y no necesito que nadie observe mi desdicha. Me siento sola, triste, abandonada. El gran amor de mi vida ha resultado ser una especie de condena que yo misma escogí y que, por tanto, tengo que soportar con todo lo que eso conlleve. Estoy convencida de que es así.

Dejé de lado a mis padres para irme con él. Es cierto que ellos no volvieron a hacer amago de buscarme, pero fui yo la que decidió que era él lo que yo quería para mi vida. Muchas veces, cuando me permito lamerme un poco las heridas, me digo a mí misma que en mi casa tampoco hubo nunca un amor desorbitado hacia mi persona. Mis padres no eran unos padres amorosos que lo hubieran dado todo por mí; a veces, incluso, sentía como si les estorbara. De hecho, y como digo, no hicieron mucho por volver a mi lado el día que me marché. Sí, me llamaron, preguntaban cómo estaba… Pero siempre con la puntilla de que tenía que dejar a ese chico, de que no me iba a hacer bien…

Sin embargo, eran mis padres y jamás me sentí en su casa como me siento ahora en la mía propia. Con la perspectiva del tiempo, los días que peor me siento, me pregunto si realmente no hicieron nada para recuperarme o yo no quise ver en sus llamadas, en sus súplicas que yo entendía como imposiciones, el hecho de que desear que volviera a su lado.

Mis amigos… Con quince años los amigos van y vienen y cuando el amor te obnubila la mente y lo ocupa todo, no te importa dejar todo de lado por él. Lo que pasa es que, en mi caso, lo hice definitivamente.

Dos años después de fugarme con él, en cuanto fui mayor de edad, él quiso que nos casáramos y nos fuéramos a vivir lejos de todo lo que yo conocía. Sus palabras, obviamente, no fueron esas, en aquel entonces aún era romántico y tierno y, exceptuando que me prohibió terminantemente buscar un trabajo o seguir estudiando, bajo el pretexto de que él ya podía cuidarnos a los dos y no era necesario, yo me sentía bastante a gusto a su lado. Y, por supuesto, hicimos lo que él deseó. Nos casamos por lo civil en una ceremonia excesivamente privada a la que fueron su padre (su madre había fallecido años atrás), sus amigos de siempre y algún familiar lejano que yo no había conocido hasta ese día.

A pesar de que los invité como último acto de rebeldía contra el que sería mi marido, que se negaba a verlos, mis padres decidieron no asistir. Supongo que ya no se veían con fuerzas de mirar a la cara a mi marido y no darle dos tortas (algo así había intentado mi padre la última vez que nos cruzamos por la calle y, desde entonces, él me había prohibido todo contacto con mi familia, aunque a veces, a escondidas, seguía llamándoles para ver cómo estaban).

Y ahí estaba yo, encerrada ahora en mi casa con el que había sido el gran amor de mi vida pululando por la casa cuán alma en pena, acostumbrado a estar todo el día en el trabajo y en el bar y condenado ahora a estar encerrado a mi lado. Aunque esa condena sería, sin duda, mucho peor para mí…


RAQUEL

El comienzo de aquel confinamiento no supuso nada para mí. Mi vida había cambiado ya algunos días antes cuando, tras enfermar Lorena, decidí dejar la consulta y echar una mano en urgencias, mi antiguo puesto de trabajo.

Mi decisión, siempre guiada por el amor a lo que hago, no fue compartida por mi marido, que alegaba que me exponía de manera innecesaria.

       - Manu, tienes que entenderlo. Me dedico a esto porque me gusta ayudar a la gente.
-         - Pero primero estás tú. Tú y tu familia.
-          - Cariño, de verdad, te prometo que voy a tomar todas las precauciones posibles. No va a pasar nada.
-        - Eso no lo sabes, Raquel. Tu compañera lo ha cogido estando en la consulta, ¿qué no va a pasar si estás en urgencias, exponiéndote todo el rato?
-        - Lorena y yo no estábamos preparadas para un caso así. Ahora, iré con mi traje, mi mascarilla… En serio, Manuel, necesito hacerlo. El trabajo desborda a mis compañeros y yo no quiero quedarme mirando. Soy médico. Ahora me toca ayudar.
-        -   Lo sé, cariño, pero…
-          - No te preocupes por nada.

Le di un beso y aún vi su rostro preocupado. Pero sé que me comprendía, compartiera o no conmigo
mi decisión.

Manuel y yo nos habíamos conocido años atrás, cuando ambos estudiábamos en la facultad. Un futuro ingeniero y una futura médica, ¿quién podría haberlo dicho? Siempre pensé que acabaría con alguien del gremio, pero coincidir en aquella cafetería para comer fue casi una señal del destino que hizo que, desde aquel saludo inocente, no volviéramos a separarnos jamás.

No somos un matrimonio perfecto. Nuestra relación, como todas, se ha visto protagonizada por altibajos, por días de discusión y odio, por días de paz y amor infinito. Pero siempre quedaba lo bueno.

Haberme conocido mientras estudiaba siempre ayudó a que Manuel comprendiera que, si bien mi trabajo no estaba por delante de todos, sí que estaba por delante de muchas cosas. Para mí, la medicina no era sólo el medio con el que me ganaba la vida, era parte de mi vida misma.

Desde que era pequeña había tenido claro que quería ser médico. Me gustaba ayudar a los demás y curarles cuando se caían. La sangre, aún con tres o cuatro años, no se me antojaba nada impactante. Era parte de nuestro cuerpo y nada más. Nunca fui aprensiva, y siempre era la primera en llegar cuando había algún herido en alguna parte. No me daba miedo meter mano allá donde creía que podía estar haciendo algo bueno y… en fin, creo que a mis padres siempre les quedó muy claro que, pasara lo que pasara, ser médico era mi sino, y no mi profesión. Para mí, era una forma de vida.

Manuel, por suerte, lo entendía, si no, nuestro matrimonio habría durado muy poco. Desde el comienzo de nuestra relación, mi carrera me quitó mucho tiempo de estar con él, de salir con él, de hacer cosas con él. Luego, al comenzar a trabajar, fue más de lo mismo. Cómo no, pudiendo elegir, me quedé en Urgencias. La primera línea de batalla, como decía Manu. Lo disfruté muchísimo. Lo disfruté durante años, a pesar de los horarios, a pesar de las dramáticas historias que me tocó vivir y que siempre me llevaba a casa.

Pero, tras el embarazo de Diana y, sobre todo, al ver cómo la infancia de mi niño se me escapaba entre las manos y no la estaba pudiendo disfrutar, hice lo posible y lo imposible por lograr un horario estable y un trabajo más seguro. Y lo logré. Diez años llevo ya en consultas, con un horario estable de mañana y un trabajo… aburrido. Sí, sigo haciendo cosas buenas por la gente e intento ser la chispa de alegría para todo el que entra en mi consulta pero… de alguna manera, echaba de menos muchas cosas.

Pero merecía la pena. El tiempo en casa, con mi familia, con los míos, era impagable. Sin embargo, esta crisis estalló en mitad de mi paz y mi rutina ya adquirida y, el hecho de que Lorena, la enfermera que me acompañaba en las curas y otros temas de la consulta desde hacía cinco años, enfermó estando embarazada tras la visita de un paciente que pensaba que tenía gripe y que, tras la prueba, resultó tener el maldito virus, fue como un resorte que me hizo descomponer de nuevo los esquemas de mi vida laboral para regresar, aunque fuera momentáneamente, a mi antiguo puesto de trabajo.
No fue muy complicado, en mitad de todo aquel caos, cualquier ayuda era buena, más aún si ya veníamos con experiencia en urgencias.

Así pues, comencé la cuarentena en mi trabajo de “siempre”. Echando horas en urgencias, atendiendo como pude a la gente y tratando de tranquilizar a todos los que venían agobiados porque tenían algo de tos.

Pero lo peor estaba por llegar…


TOMÁS

Hoy ha sido un domingo algo diferente… Los domingos normales, por así decirlo, mamá no abre la peluquería a no ser que tenga una boda y deba ir a atender a la novia, y papá no trabaja, así que estamos los cuatro juntos. Es el único día de la semana que todos tenemos tiempo libre y mamá y papá suelen preocuparse por hacer cosas con mi hermana y conmigo.

A veces, vamos al parque por la mañana. Yo suelo encontrarme allí con varios amigos del cole y juego con ellos. Mi hermana juega bajo la atenta mirada de mis padres, que aún no se fían de que le pase algo. Es normal, es tan pequeña y blandita…

Otras veces, cogemos el coche y vamos a pasar el día fuera, de “domingueros”; bromea mi padre a menudo. Vemos pueblos que están cerca de la ciudad y comemos juntos en algún sitio. Como dice mi madre, a mí me gusta todo, así que disfruto mucho de esas salidas. Mi hermana es un poco más especial y mamá siempre tiene que llevar con ella un termo de lentejas para que se la calienten allá donde vayamos porque si no, la jodía, no come.

Otros domingos vamos al pueblo a ver a la tía Isa y a la abuela Encarni. La abuela es súper buena con nosotros. Siempre tiene algún regalito guardado en alguna parte de su casa para mi hermana y para mí, aunque sólo sea una chocolatina o un helado (depende del tiempo). Mi madre a veces la regaña y le pide por favor que nos dé esos caprichos después de comer, que si no mi hermana no come, y tiene razón, así que ahora suele dejarnos la intriga hasta que terminamos de comer, a no ser que haya salido y nos haya comprado algo que no sea de comer, entonces nos lo da según llegamos a su casa.

El pueblo de mi abuela y de mi tía es el pueblo donde papá creció. Le encanta cogerme de la mano y llevarme a pasear por las calles, contándome siempre cosas que hizo en tal o cual sitio. A veces, la abuela viene con nosotros y añade algo más de información a sus historias, aunque a papá no siempre le gusta lo que ella cuenta, dice que ahora es padre y que no puede dar ese ejemplo. La abuela se ríe y suele terminar diciéndome que, en el fondo, mi padre siempre fue un santo, aunque a veces le diera por hacer alguna que otra travesura.

Papá se marchó del pueblo a estudiar y nunca más regresó. Al parecer, era un chico de ciudad, como el abuelo; según dice la abuela, con cierta nostalgia. Hace cuatro años que mi abuelo ya no está, pero la abuela sigue hablando de él con amor y ternura. A veces, incluso, hasta se le escapa una lagrimita. Yo recuerdo cosas de él, pero no demasiadas. Básicamente, lo que la abuela me cuenta enseñándome fotos en las que salimos los dos y, a veces, los tres. Siempre me cuenta que mi hermana no lo conoció por unos meses…

Sin embargo, este domingo no hemos podido hacer nada de eso. Este domingo tocaba quedarse en casa como, al parecer, vamos a hacer durante muchos días. Mis padres, igualmente, han buscado el modo de hacer que el día fuera especial. Mamá ha sacado del armario seis o siete juegos de mesa (no ha sacado más porque papá le ha dicho que vayamos poco a poco, que quedaban muchos días por delante).

Por la mañana, después de desayunar juntos, en lugar de vestirnos para salir, nos hemos quedado en pijama (todos menos mamá, que dice que se siente enferma si va con pijama y se ha puesto una cosa que ella llama “ropa de estar por casa” y que, como dice papá, no es más que una especie de chándal más o menos viejo que no se atreve a sacar ya a la calle). Hemos abierto uno de los juegos que había buscado mamá y hechos echado un rato bastante divertido aprendiendo a jugar y jugando. Yo iba en el equipo con papá y mamá iba con Elisa. A la tercera partida, papá me ha susurrado que teníamos que dejar ganar a mamá y a Elisa una vez, que al ser mi hermana tan pequeña iba en desventaja. No me ha hecho mucha gracia, pero le he hecho caso y al final todos hemos terminado contentos.

Para comer, mamá ha preparado pasta. Papá dice que si fuera por ella sobreviviríamos a base de pasta todos estos días, pero que no me preocupe, que él se encargará de que comamos también otras cosas. Elisa apenas ha tocado el plato, pero mis padres le han dicho que ya no van a estar todo el tiempo haciendo solo lo que le guste, que o se comía eso o se quedaba sin comer. A desgana, ha terminado la mitad de su plato. Yo creo que, en el fondo, sí le gustan otras cosas, pero ya no quiere comerlas por molestar y no dejar de hacer lo que siempre ha hecho. Ella es un poco cabezona, o al menos, eso dicen siempre papá y mamá.

Por la tarde, mamá se ha puesto conmigo a hacer una manualidad que había encontrado por internet y papá ha estado entretenido con Elisa. Luego, nos hemos vuelto a juntar los cuatro para ver una peli. Algo más tarde, papá y mamá nos han recordado, como cada domingo, que necesitaban un tiempo para ellos, y nosotros nos hemos puesto a jugar en nuestro cuarto mientras ellos seguían en el sofá, acurrucados uno con el otro, charlando de sus cosas.

A la hora de cenar, hemos vuelto a estar los cuatro juntos y, poco después, nos hemos ido a la cama, porque papá y mamá iban a ver una serie “de mayores”.

Sí, ha sido un domingo diferente pero… no ha sido, para nada, peor. Me pregunto, ahora que mamá y papá van a estar todos los días en casa como si fuera domingo… ¿serán todos los días así?


Comentarios