DÍA 2. COMIENZA EL CONFINAMIENTO. (1ª parte)
PATRICIA
Imposible. Eso me parecía a mí la
primera vez que escuché que un país se paralizaba a causa de un virus que
llevaba varias semanas escuchando por la televisión. Imposible que pasara aquí.
Supongo que es lo normal. La
primera vez que las noticias nos hablaron de él estaba en China, (China, ya ves
tú, eso está muy lejos de aquí, ¿no?). Las consecuencias devastadoras del mismo
en aquel país oriental podrían habernos dado una idea de lo que se avecinaba
pero, como siempre, dentro de nuestra estupidez, el hecho de que ocurriera en
un lugar tan lejano y con habitantes que no se parecían realmente a nosotros,
nos hacía pensar aquí, a los españoles de turno (supongo que ocurrió igual en
el resto de Europa), que éramos inmunes. Que aquí no iba a llegar.
Nos echamos las manos en la
cabeza pensando en que iban a traerse de Wuhan a la población española que
estuviera allí y nos pareció poco las cuatro paredes del hospital donde todos
ellos pasaron los primeros catorce días de regreso a casa. Aún así, nos
sentíamos a salvo. Estaba pasando en China, y no era para tanto, ¿no?
De repente, el mal llegó a un
país hermano del nuestro, no tanto por proximidad física sino por similitud en
forma de vida: Italia. Y como comenzaba a acercarse a nosotros, comenzamos a
inventar excusas para sentirnos a salvo: era como una gripe, sólo acaba con
personas que tengan problemas o sean mayores… Un partido de fútbol y el turismo
propio del país acabó trayendo a España lo que ya sabíamos que llegaría, tarde
o temprano.
Las cifras eran bajas y parecían
estar bajo control. Pero, incapaces de mirar a China como referente, Italia y
España se confiaron más de la cuenta hasta que, de repente, todo se desbordó.
Y a mí, cuando leí en las
noticias que los colegios se cerraban en Madrid, que era donde más casos estaba
habiendo, me pareció que eso era imposible que pasara. Vale, Madrid es una gran
ciudad, había muchos contagios y había que pararlos, pero no iba a llegar aquí,
eso no iba a pasar en Andalucía. Recuerdo que hasta bromeaba con otros colegas
maestros, en plan de que si cerraban los centros que lo hicieran dos semanas
antes de Semana Santa y así se empalmaba… No parecía que fuera a pasar. Era,
simplemente, algo irreal.
El caso es que comenzaron a
cerrar más comunidades autónomas y, de repente, lo imposible se hizo posible en
un abrir y cerrar de ojos. Ir a comprar al supermercado, algo habitual en mí
que suelo comprar semana a semana, se convirtió en una necesidad después de que
fuera imposible adquirir ciertos productos en mis últimas dos visitas. Y cuando
aquel jueves se cerraron todas las instalaciones municipales de mi pueblo y
comenzó a correr el rumor de que lo siguiente serían los colegios, el pánico,
contenido hasta entonces, cundió del todo.
Y sí, esa misma tarde-noche nos
comunicaron que los centros educativos se cerrarían a partir del lunes.
Recuerdo aquel viernes como algo lejano, aunque sólo han pasado tres días.
Llegar al colegio, la incertidumbre de los compañeros, las preguntas de los
niños… Intentar, en un día, prepararlos para poder seguir dándoles clase a
distancia, a pesar de no tener todos los medios, a pesar de que ni ellos mismos
los poseyeran en casa. Todo a contra reloj, todo rápido, todo sin tiempo para
planificarse debidamente. Pero, sin duda, con algo muy claro en mente: íbamos a
seguir trabajando.
De todas formas y, de alguna
manera, todos intuíamos que esto iba a ir mucho más allá de cerrar el colegio,
y teníamos claro que necesitábamos que nuestra vida laboral continuara y que la
vida educativa de nuestro alumnado lo hiciera también, ya fuera desde el
centro, peleándonos por los pocos ordenadores que hubiera en el centro, o cada
uno desde su casa. Aquel fin de semana, mientras el país se cerraba, mientras
comenzaban las recomendaciones y las prohibiciones, mientras ocurría algo que
jamás pensamos que ocurriría, nosotros seguimos pensando en cómo seguir
adelante con nuestra labor educativa, cómo impedir que el mundo se parara del
todo.
Nos pasamos la vida soportando
críticas y quejas de la sociedad, que sólo ve nuestras vacaciones, nuestro
sueldo y, en algunos casos, que no todos, nuestro trabajo fijo. Como si nos
hubieran regalado cualquiera de esas cosas. Como si eso estuviera vetado para
algunas personas. Como si fuera un don divino que nos ha caído del cielo. Pero
ninguno ve más allá de eso.
Mi cuarentena comenzó con un
trabajo desbordante, aunque pareciera mentira. Ponerme en contacto con mi
alumnado y sus familias, buscar métodos para poder seguir llegando a ellos,
estando cada uno en nuestras propias casas, superar las brechas tecnológicas
que pudieran existir, reinventar mi manera de enseñar y la suya de aprender..
No estábamos preparados para algo como esto, pero si algo he aprendido en mis
años trabajando es que somos un colectivo que, en general, nos adaptamos a
todo. Será por eso de que vivir enseñando nos ayuda también a aprender con
mayor facilidad…
No me ha dado tiempo aún a
aburrirme. Es más, del viernes a hoy, ha habido alguna noche que me he ido a la
cama pensando que me he dejado unas cuantas cosas sin hacer que debería apuntar
para no olvidar mañana. Ya tengo críticas de algunos padres, que no saben bien
cómo inscribirse a la plataforma que he decidido usar para trabajar. También
tengo alumnos que han hecho las tareas de la semana en el día de hoy (“para no
aburrirme, seño”, me comentan). El sábado, a las diez, como nos habían citado
por redes sociales, salí a la ventana a aplaudir a los sanitarios. Desde
entonces, la cita se ha adelantado a las 8, pero sigo haciendo lo mismo. Hoy,
lunes, ya han incluido alguna canción en el repertorio. Y sólo llevamos dos
días encerrados, como aquel que dice…
Aún no he tenido tiempo de
asimilar esto que está pasando, lo sé. En casa, acompañada de mi marido y
nuestro perrito, me siento como cualquier día en los que he tenido que preparar
material para los días siguientes, sólo que sin tener que madrugar y con mi
marido a mi lado. Más allá de encender la televisión y que todo el tiempo estén
hablando de lo mismo, mi vida no ha cambiado demasiado todavía. Quién sabe cómo
continuará esto. Quién sabe qué pasará mañana…
DAVID
La mejor noticia de nuestras
vidas la habíamos recibido mi mujer y yo hacía apenas siete meses. Después de
diez meses intentándolo, aquella mañana Lorena me despertó con un beso y una
sonrisa radiante en aquel hermoso rostro del que yo seguía enamorado cinco años
después de haberla conocido.
- - ¡Buenos días! – Me saludó, entregándome un
palito que y miré, aún medio dormido, sin entender qué me estaba diciendo.
- - Buenos días. – Le contesté, mientras abría lentamente
los ojos e intentaba enfocar lo que mi mujer me mostraba. - ¿Qué es…? – Antes
de terminar la pregunta, intuí dos líneas azules en el palito y comencé a
entenderlo todo. - ¿Estás…?
- - ¡Sí! – Gritó mi alocada esposa, lanzándose a mis
brazos. - ¡Vamos a ser papás!
El beso que acompaño a su grito
derivó en algo más y terminamos por celebrar la noticia por todo lo alto.
Los meses que siguieron a aquella
noticia tuvieron de todo: Alegría, miedos, dudas, ilusión… Lorena, enfermera y con ciertas experiencias
dolorosas por su trabajo, no quiso decirle nada a nadie de la familia hasta que
superó el primer trimestre de embarazo. Cuando la noticia voló entre los
nuestros, el hogar que compartíamos comenzó a llenarse de cosas de bebé,
algunas de las cuales yo ni siquiera sabía para qué existían…
Mi mujer preparó un cuarto para
la pequeña (iba a ser niña) y yo me dediqué a cuidarla a ella. Se negó a darse
de baja a pesar de las recomendaciones de todos y de que su barriga, a partir
del quinto mes, comenzó a ser protagonista de su cuerpo y a causarle, de cuando
en cuando, dolor de pies y de espalda.
- - Estoy bien. – Me decía, cuando llegaba a
mediodía (al menos, había conseguido que la pasaran a consultas y respetaran un
horario fijo de mañana). – Voy a ser mamá, no estoy enferma…
Ninguno dimos importancia a
aquellas noticias que llegaban de China. Ni siquiera cuando el virus llegó a
Italia se le otorgó la importancia necesaria. Mi mujer comentaba que se hablaba
de ello de vez en cuando en el hospital, pero que todos coincidían en que no
podían dejar que el pánico cundiera y que aquello no era más que una gripe
diferente que, de hecho, no era siquiera tan mortal como ésta y que lo único de
lo que había que preocuparse era de su capacidad para contagiarse, pero poco
más.
Cuando quisimos darnos cuenta de
lo que pasaba, era tarde…
Aquella mañana que Lorena llamó a
mi oficina para decirme que se iba a casa, que le habían recomendado dejar de
ir a trabajar para evitar un contagio en su situación, algo pareció quebrarse
dentro de mí. Mi esposa procuraba parecer tranquila, pero en su voz noté cierto
miedo. En su hospital ya había tres casos positivos y uno de ellos había pasado
por su consulta días antes con síntomas propios de la gripe. Cuando llegué a
casa, la encontré en el cuarto de nuestra futura hija, sentada en el pequeño
sofá que habíamos colocado semanas atrás, mirándolo todo sin hacer nada.
- - La he puesto en peligro. – Me dijo, sin mirarme.
– Si algo le pasara…
- - Mírame. – Susurré, sujetando su barbilla con mi
mano. – Todo va a salir bien.
Una semana después, todo dejaba
de ir bien. Lorena comenzó a tener fiebre y, con una mirada triste me pidió que
la llevara al hospital, que tenía que hacerse las pruebas. Aquel positivo nos
partió en dos a ambos. Apenas tuvimos tiempo de decir o hacer nada. Separaron a
mi mujer de mi lado y la ingresaron en aislamiento “por seguridad de todos.” No
podía creérmelo. A apenas dos meses de dar a luz, y mi mujer, enferma, tenía
que estar sola en una cama del hospital sin que yo pudiera verla.
Insistí que me daba igual ponerme
enfermo, que prefería estar enfermo y poder estar con ella, pero, obviamente,
se negaron a permitirme entrar. Cada día, a primera hora de la mañana, me
acercaba antes de ir a trabajar para saber las noticias que pudieran darme del
estado de mi mujer y de mi futura hija. “Todo está estable, no se preocupe.” Me
decía siempre el personal sanitario de turno. Pero yo no podía estar tranquilo,
yo no podía dejar de preocuparme. Si al menos pudiera verla… Si al menos
pudiera estar a su lado unos instantes… Me destrozaba imaginarla sola,
asustada, sintiéndose culpable y sufriendo y yo no poder hacer nada.
A los cuatro días de estar
ingresada, se declaró el estado de alarma. Dejé de ir a trabajar y, aunque
quise pasar todo el tiempo posible en el hospital, de nuevo me lo impidieron.
- - Debe volver usted a casa. Aquí lo único que hace
es ponerse en riesgo. – Me decían constantemente.
Pero sólo cuando Raquel, la
doctora que solía trabajar con mi mujer y amiga suya se acercó a mí y me dijo
que tenía que cuidarme, que mi bebé podía necesitarme pronto y tenía que estar
sano para poder encargarme de ella, me di por vencido y regresé a casa.
Ahora, sólo puedo esperar. Pero
yo, al contrario que todos, no odio estar encerrado sin poder salir. No espero
que vuelvan a darnos permiso para salir ni para tomar algo en un bar. Yo solo
espero que mi mujer se cure. Yo solo anhelo que mi niña nazca sin problemas. Yo
solo deseo poder quedarme en casa con ellas a mi lado. Y que sea pronto…

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