DÍA 1. EL DÍA QUE SE PARÓ EL MUNDO (2ª parte)

JOAQUÍN.

El día que se paró el mundo, yo estaba haciendo la cena con mi mujer. Ya llevábamos algunos días rumiando que algo así podía pasar, sobre todo desde que supimos que también los colegios se cerrarían. Al principio, nos preocupó un poco qué íbamos a hacer con los dos pequeños de la casa, pero en mi oficina apenas tardaron un día más en recomendarnos el teletrabajo y mi mujer, a pesar de ser peluquera y saber lo que supondría para ella y para su negocio, decidió que el último día de escuela de los niños sería también el último que abriría su negocio.
 
Las palabras del presidente comentando que las peluquerías seguirían abiertas por ser un bien de primera necesidad no hicieron cambiar de parecer a mi esposa. Como ella decía, por suerte, mi trabajo seguía sin correr peligro porque podía realizarlo desde casa sin problemas y podríamos sobrevivir un tiempo sin su sueldo. Para ella, su salud y la de su familia era lo primero.

Esa fortaleza, esa decisión y ese empuje, eran cosas que siempre me habían enamorado de ella, aunque su terquedad en ciertos temas también fuera algo que siempre me había sacado de quicio.

Así pues, el mundo se paró oficialmente el sábado por la noche, pero para nosotros la vida en casa había comenzado un día antes. Y, de momento, todo iba bien. Es más, compartir aquellos días con mi familia después de tanto tiempo sin poder estar los cuatro juntos había sido una experiencia muy agradable. Ya veríamos qué tal la convivencia después de unos días. De momento… Todo iba bien.


RAQUEL.

El día que se paró el mundo yo estaba en el hospital, como era natural desde hacía ya varios días. Guardias, urgencias, todo estaba desbordado. Tendríamos que haber estado preparados, habíamos visto el devenir de los acontecimientos en China y, algo más tarde, en Italia, pero aun así, pareció cogernos por sorpresa. Incluso dentro del mismo gremio médico, hasta hacía bien poco muchos compañeros comentaban que esto no era nada, que sólo era una gripe, que las personas a las que atacaba con mayor mortalidad eran las mismas que morían por una gripe común.

Pero, de alguna manera, yo sentía que no era así. Como siempre que nos enfrentábamos a algo nuevo,

primero tendíamos a quitarle importancia para evitar que cunda el pánico pero esta defensa, la mayor parte de las veces lo único que había conseguido es que perdiéramos un tiempo precioso para prepararnos frente a lo que puede venir. Y así era esta vez. Ignorando los antecedentes, los primeros casos en España nos pillaron casi sin recursos y, de alguna manera, no se reaccionó a tiempo como para evitar que se extendiera. Creo que nuestros colegas chinos no se lo creerían si vieran que, sabiendo lo que sabíamos que había pasado en su país, nosotros nos lo tomamos con tanta calma.


En los hospitales, de repente, todo era caos. Pacientes de siempre mezclados con nuevos posibles pacientes, personas que con tos venían preocupadas por si tenían el virus y otras que venían por cualquier otra cosa, exponiéndose sin darle importancia al asunto.

Mientras, en mi casa, mi marido siempre me esperaba preocupado. Nunca le he mentido y esta vez no era distinto. Cada noche (o cada día, según el turno), al llegar a casa, le contaba cómo estaban las cosas y cómo veía yo la evolución del problema. Suelo ser una persona positiva, así que ver mi preocupación día tras día no ayudaba a que mi esposo se quedara tranquilo cada vez que me marchaba de casa a exponerme a algo que ni siquiera teníamos claro qué consecuencias podía traer.

Así pues, a pocos de los que estábamos trabajando aquella noche nos sorprendieron las medidas tomadas por el gobierno. A muchos, de hecho, nos aliviaron. Ya era hora. El país tenía que pararse, el tiempo tenía que detenerse y era hora de darnos cierta ventaja con respecto al “enemigo”, que se expandía ante nuestros ojos sin que pareciera que hiciéramos nada para detenerlo.

El día que se paró el mundo, yo fui una de las que lo celebró. Aunque mi mundo, a partir de entonces, sólo fuera a girar aún más deprisa…


TOMÁS. 

El día que se paró el mundo, yo estaba jugando con mi hermana mientras papá y mamá hacían la cena en la cocina.

El miércoles ya no tuvimos que ir al cole y papá y mamá se han quedado en casa con nosotros desde entonces. La verdad es que ha sido bastante diferente. Papá, a veces, se ha puesto con el ordenador a trabajar, y mamá ha sido entonces la que ha jugado con nosotros. Mi hermana sólo tiene cuatro años, pero aún así podemos jugar a algunas cosas juntos. A veces, le dan algo que colorear y mamá, papá y yo podemos jugar a algunas cosas de “mayores”. Vale, yo sólo tengo ocho años, pero es el doble de lo que tiene mi hermana así que… es un montón.

La verdad es que lo que dijera aquel señor de la tele me daba un poco igual. Yo sólo sé que jugaba con mi hermana, que papá y mamá hacían juntos la cena en la cocina mientras se miraban de un modo especial y que, en casa, todo parecía ir más despacio que nunca. Y eso, a mí, me gustaba. Que el mundo se parara lo que hiciera falta. En mi casa, de momento, todo iba mejor que nunca…


ENCARNACIÓN.

El día que se paró el mundo estaba, como siempre, en mi casa, sola y con la televisión como única compañía. Que nadie me malinterprete, la soledad nunca ha sido mi enemiga y, la verdad es que, desde que era pequeña, disfrutaba de los momentos en que podía estar en mi casa sin nadie a mi alrededor, haciendo y deshaciendo a mi antojo.


Disfruté de esos momentos un par de años, cuando me fui a trabajar fuera. Luego, me casé, tuve a los niños… Los niños crecieron, tuve a mis nietos… Y, tras quince maravilloso años retomando nuestra vida de matrimonio sin hijos, mi marido se marchó para siempre.

Mi hijo, Joaquín, vive en la ciudad con su propia familia. Mi hija, Isabel, vive en el pueblo, pero en otra casa, con los suyos. Ambos se preocuparon al ver que me quedaba sola, pero yo les quité enseguida toda preocupación: “Ahora, toca vivir de otra manera. El día que necesite a alguien para poder subsistir, no os preocupéis, que yo misma elegiré a qué residencia irme.” Se alarmaron un poco, excusándose ambos y tratando de hacerme entender que ninguna de sus preguntas iba en busca de meterme en una residencia, pero por mi parte no había dudas. No iba a dejar que mis hijos se hicieran cargo de mí. A pesar de lo que muchos y muchas de mi edad piensan, la naturaleza establece unos nexos entre padres e hijos que no son realmente bidireccionales. Los padres cuidarán siempre a sus hijos. Pero no al revés. Creo que no debe ser así. Ellos han de cuidar a sus propios hijos, a sus propias familias.

Siempre lo tuve muy claro y mi marido, que en paz descanse, lo tenía claro también. Por suerte, a mis ochenta años, sigo siendo una mujer bastante activa y sana. Al menos, hasta ahora…

El escuchar la televisión tanto tiempo otorga ciertas ventajas pero también ciertos miedos. Joaquín e Isabel hablaban conmigo a diario del tema del virus ese dichoso, pero realmente ninguno teníamos claro qué podía ocurrir. Lo que sí teníamos claro todos, yo la primera, era que, con mi edad, cogerlo no podía traer nada bueno. Dejé de salir a menudo mucho antes de que lo recomendaran los medios de comunicación. Isabel se encargaba de hacerme la mayor parte de los recados y yo me limitaba a dar un paseíto temprano por la mañana y a comprar, de cuando en cuando, ese chocolatito con churros en el quiosco de debajo de mi casa para no perder las buenas costumbres.

Así pues, que el mundo se parara no me pilló demasiado por sorpresa. Lo que sí nos cogió a todos un poco desprevenidos fue el hecho de que se parara del todo. Isabel me llamó poco después de que el presidente diera su comunicado. Estaba preocupada por cómo iba a apañármelas.

-          ¿Tienes de todo, mamá? Mira que yo te hago la compra mañana y te la dejo como sea en la puerta de casa.
-          Cariño, no puedes venir a casa.
-          Lo sé, pero, mamá…
-          No te preocupes hija, seguro que no me falta de nada.

Joaquín también me llamó. Lejos de mí, se sentía aún más impotente que mi hija mayor.

-          ¿Tú estás bien, mamá?
-          Estoy perfectamente hijo, no te preocupes.
-          ¿Tienes de todo?
-          Sí, vida mía, tengo hasta reservas de papel higiénico. – Bromeé.
-          ¡Ay, mamá, cómo eres!

No es que no estuviera preocupada. En parte, lo estaba. De alguna manera, sabía que si aquel virus maldito me cogía, era probable que ni siquiera pudiera despedirme de mis hijos. Pero no podía preocuparles a ellos. Y no podía morir de preocupación en mi casa. Así que, tal y como el mundo se paró, yo cogí mi aguja y mi hilo y seguí cosiendo, como cada noche desde hacía años.

Porque aunque el mundo se parara, yo aún respiraba. Y eso, de momento, no me lo iba a quitar nadie.


REBECA.

El día que se paró el mundo yo ya estaba acostada en la cama. Acurrucada en mi lado del colchón, sólo esperaba que aquella noche mi marido no llegara demasiado temprano ni demasiado borracho a casa. Llevaba varios días sin apenas pisar la casa nada más que para dormir y yo lo agradecía. Mi matrimonio no era, digamos, un matrimonio feliz y yo soñaba con poder dejar atrás todos aquellos años y seguir adelante con una vida libre y a solas. Pero sin trabajo, sin amigos y con la familia tan lejos de mí, tanto física como sentimentalmente hablando, me parecía todo un imposible.

Yo no valía para nada. Eso me decía él a menudo. Y quizás tenía razón. No había terminado ni siquiera la Secundaria; cuando empezamos a salir yo tenía quince años y él rondaba los veinte. Mis padres nunca estuvieron de acuerdo con aquella relación, él no les gustaba, les parecía una mala influencia. No tenía estudios, trabajaba en un taller de coches y era mayor que yo. Definitivamente, no era lo que ellos querían para mí pero, a mis quince años, sí era lo que yo quería para mí, así que un año después, me escapé de casa y me fui a vivir con él.

Así que allí estaba, lejos de los míos y sin posibilidades de buscarme la vida y, al parecer, por lo que leí en el móvil mientras intentaba quedarme dormida, condenada a convivir durante, al menos, quince días, con el hombre del que un día me enamoré y que hoy en día sólo me inspiraba temor. Sí, el coronavirus ese del que hablaban sería algo de lo que preocuparse pero a mí aquella cuarentena me condenaba a algo muchísimo peor. Y es que mi enemigo era algo más grande que un virus. Era la persona con la que compartía cama… Y, por un momento, deseé estar enferma. Total… ¿acaso podía ser algo peor?


TERESA .

El día que se paró el mundo yo estaba en la boda de mi hermana. Se había casado a mediodía, pero aún teníamos fiesta para rato. Alguno de nuestros familiares nos habían llamado para preguntarnos días antes si la boda seguía delante pero no habíamos visto por qué no. Yo, de hecho, me casaba veinte días después, esperando sólo el regreso de mi hermana y mi cuñado de su Luna de Miel.

La televisión decía muchas cosas, pero ya habíamos estado alarmados por otros temas anteriormente
y no había pasado nada. Vacas locas, gripe aviar, ébola… Todo había generado siempre miedos y reticencias pero el mundo no se había parado por eso. Esta vez tampoco iba a ser una excepción, ¿no?

Cuando dos tardes antes informaron de que iban a cerrar los colegios de todas las comunidades en las que quedaban abiertos, mi hermana me llamo algo desesperada.

-          Ay, Tere, que no me caso…
-         Vane, por favor, no seas tremendista. Es normal que quieran proteger a los críos, además, ellos van todos los días y lo cogen todo y lo pueden contagiar, pero no es lo mismo que un evento puntual. Tú no te agobies.
-          Pero, ¿tú ni lo has pensado?
-          Pues la verdad es que no…

Sinceramente, después de casi un año preparando la boda, mi mente había creado una barrera ante cualquier posible contratiempo y eso no iba a ser menos. Ni siquiera se me pasaba por la mente que algo pudiera hacer que la boda no se celebrara. Era… imposible.


Mi padre fue el primero en contármelo. 

-          Hijas, ¿habéis visto lo que dicen por la tele?

Curiosa pregunta, teniendo en cuenta que acabábamos de sentarnos después del último baile.

-          Obviamente no, papá. ¿Qué pasa? – Le dije mientras me quitaba uno de los tacones para frotarme el pie.
-          Que han declarado el estado de alarma.
-          ¿Y eso qué quiere decir? – Preguntó mi hermana, que ya estaba alarmada a juego con el estado.
-          Pues dicen que sólo se podrá salir de casa para comprar comida, farmacia, médico y poco más.
-          Pero… yo mañana tengo mi vuelo a Tailandia…
-          No sé, hija, no sé qué puede pasar con eso.
-          Y, ¿cuántos días va a ser eso? – Pregunté yo.
-          Dicen que, de momento, quince.
-          ¿De momento? ¿Qué significa de momento?
-          Cariño, no te estreses… - Mi futuro marido, la paz hecha persona, me daba la mano justo en ese momento.
-          Pero nosotros nos casamos en veinte días. Eso ya habrá pasado, ¿no?
-          Cielo, todo se andará… - Volvió a intentar tranquilizarme mi marido, sin éxito.
-          Todo se andará, no. Yo me caso en veinte días, por mi madre que me caso…

Cuando, un par de horas después, derrotada física y anímicamente, me abracé al que supuestamente se casaría conmigo en algo más de dos semanas, me derrumbé.

-          ¿Y si es verdad que se alarga? ¿Y si no podemos casarnos? – Le susurré, entre sollozos.
-          Nos casaremos más tarde, Teresa. No pasa nada. Creéme, tal y como están las cosas por ahí fuera, eso no es tan importante…

Pero para mí sí lo era. Para mí, eso era lo único importante. Y acurrucada al hombre al que amaba me dormí, esperando despertar y que nada de aquello hubiera pasado, que sólo fuera, una simple pesadilla...


Comentarios

Publicar un comentario